lunes, 14 de junio de 2021

El tamaño de una esperanza

 A 35 años de la muerte de Jorge Luis Borges

Por Teodoro Boot
En enero de 1926, en Salto Oriental, Jorge Luis Borges ponía punto final a la presentación de un breve compendio de ensayos aparecidos en distintas revistas, así como en la sección literaria del diario La Prensa. Publicados en julio de ese año quinientos ejemplares, libro y prólogo llevaron un mismo título, El tamaño de mi esperanza. Que así comienzan:
A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa. Tierra de desterrados natos es ésta, de nostalgiosos de lo lejano y lo ajeno: ellos son los gringos de veras, autorícelo o no su sangre, y con ellos no habla mi pluma (…) Quiero conversar con los otros, con los muchachos querencieros y nuestros que no le achican la realidá a este país.
Título, libro y prólogo compartirán un mismo destino: la desaparición forzada.

Anteriormente, Borges había publicado los poemarios Fervor de Buenos Aires y Luna de enfrente, así como la colección de ensayos Inquisiciones, pero será uno posterior, El idioma de los argentinos el que, junto a El tamaño de mi esperanza merecerá la inquina del autor, quien jamás permitió que ninguno de ambos fuera reeditado.

Hubo que esperar su muerte –¡véase cómo al fin de cuentas estábamos predestinados a celebrarla!– para que en 1993, llevada por su amor a la literatura, al dinero o al autor –en todo caso, será siempre amor–, su viuda María Kodama decidiera sacarlas de la oscuridad y el olvido.

Cualquiera tiene derecho y hasta el deber de detestar lo que alguna vez ha escrito, pero ¿Cómo no preguntarse, en este caso, de dónde la tirria del autor a esos fragmentos de su obra que de ningún modo desentonan con los que más tarde él mismo celebraría?

¿Había otro Borges ahí, el proyecto de un hombre que no fue, detestado por el que acabó siendo hasta decretar su inexistencia, opacado por el que iba envejeciendo entre halagos, agasajos y esa forma prematura de las honras fúnebres que es la celebridad?

A su regreso de la larga estancia europea en que transcurrió su adolescencia, Borges descubrirá ese Buenos Aires que años antes apenas había entrevisto más allá de los visillos de la casa familiar. Y ocurrió que en ese sorprendente mundo en el que acababa de desembarcar, el recienvenido encontraría un nuevo motivo de fascinación: el radicalismo o, con mayor propiedad, Hipólito Yrigoyen, “el único en nuestro país que, privilegiado por la leyenda, va en ella como en un coche cerrado”.

Hacia fines de 1927, Borges se ha vuelto exaltado líder del Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes, con sede en la casa paterna de la avenida Quintana 222 y, ya dos semanas antes de los comicios de 1928, proclamaba vencedor al líder radical. Dos años después, como tantos correligionarios, se llama a silencio ante el derrocamiento y la prisión de Yrigoyen.

También hará silencio en 1933 ante su fallecimiento, que conmovió los cimientos de la sociedad argentina de entonces. Extrañamente, este joven que apenas si estaba entrando en la treintena, se había lamentado un año antes: "Vida y muerte le han faltado a mi vida".

Habrá sido en busca de esa experiencia que vuelve a viajar a la República Oriental, donde tenía estancia su primo Enrique Amorim, con quien recorrerá las comarcas fronterizas de Artigas, Cuareim, Bella Unión, Rivera, Santana do Livramento. Ahí, mismo, el exiliado José Hernández había empezado a borronear los primeros versos de Martín Fierro. Y ahí mismo Borges vio matar a un hombre y conoció esos gauchos que había creído legendarios, los mismos que veinte años después marcharían en masa hacia Montevideo “por la tierra y con Sendic”.

De alguna manera los conocía. Ya había hablado de ellos en su descubrimiento y reivindicación del entrerriano Evaristo Carriego:
La entonación entrerriana del criollismo, afín a la oriental, reúne lo decorativo y lo despiadado, igual que los tigres. Es batalladora, su símbolo es la lanza montonera de las patriadas. Es dulce: una dulzura bochornosa y mortal, una dulzura sin pudor, tipifica las más belicosas páginas de Leguizamón, de Elías Regules y de Silva Valdés.
Será también en Salto Oriental donde en noviembre de 1934 fechará un prólogo que, curiosamente y a diferencia de todos los prólogos, no será solicitado por el prologado sino por el prologuista. Borges lo pedirá por medio de Homero Manzi, común amigo de ambos. Y será el espaldarazo de un ya prestigioso Jorge Luis Borges lo que llevará a “Julián Barrientos” –paisano que cuenta la patriada simplemente “porque anduvo en ella”–, a salir del anonimato y a firmar con su nombre El paso de los Libres, poema gauchesco escrito en prisión, que daba cuenta de la última de las revoluciones radicales. La había encabezado el coronel Roberto Bosch en diciembre de 1933.

Lo habrán impactado los versos, o tal vez que la irrupción de la columna de 150 hombres de Bosch en Paso de los Libres, su derrota en el encuentro de San Joaquín –tras el que, a la vieja usanza, muchos de los rendidos fueron degollados–, la dispersión y el regreso del coronel a su exilio en Brasil, evocaron en Borges la retirada de Ricardo López Jordán tras la batalla de Ñaembé.
Escribe en ese prólogo:
En la patriada actual, cabe decir que está descontado el fracaso: un fracaso amargado por la irrisión. Sus hombres corren el albur de la muerte, de una muerte que será decretada insignificante. La muerte, siéndolo todo, es nada: también los amenazan el destierro, la escasez, la caricatura y el régimen carcelario.

Afrontarlos, demanda un coraje particular. El fracaso previsto y verosímil borra los contactos de la patriada con las operaciones militares de orden común, sólo atentas a la victoria, y la aproxima al duelo, que excluye enteramente las ideas de ganar o perder –sin que ello importe tolerar la menor negligencia, o escatimar coraje–. Ya lo dice Jauretche en una de sus estrofas más firmes: ‘En cambio murió Ramón/ jugando a risa la herida:/ siendo grande la ocasión / lo de menos es la vida’
Se inflama a continuación el prologuista:
Recordemos que ese Ramón Hernández murió de veras y que el poeta que labró más tarde la estrofa compartió con el hombre que murió, esa madrugada y esa batalla.
Y concluye:
La tradición, que para muchos es una traba, ha sido un instrumento venturoso para Jauretche. Le ha permitido realizar obra viva, obra que el tiempo cuidará de no preterir, obra que merecerá –yo lo creo– la amistad de las guitarras y de los hombres.
Será el prólogo a El Paso de los Libres y no Evaristo Carriego la despedida del Borges criollista, porteño y radical, capaz de emoción ante la lucha en pos de una derrota prevista de antemano, para empezar a ser ese ingenioso escéptico que con distante humor inglés ironizaba sobre los oprimidos, los perseguidos y los sufrientes.

Se dirá –Borges lo dirá– que se habla de aquello de lo que se carece, y para demostrarlo le bastará con asegurar que en todas las páginas del Corán, dictadas en el desierto, el camello no aparece mencionado ni una sola vez.

No podemos dar fe de que esto sea cierto –que con la Palabra eterna e increada no se jode– pero resulta llamativo que de las cientos de estrofas de ese largo poema de “Julián Barrientos”, Borges haya elegido justamente esa, la que con modestia y sencillez nos dice que “siendo grande la ocasión/lo de menos es la vida”.

La ocasión, las ocasiones, irán alejando a Borges de la vida de los hombres de su pueblo para acercarlo, cada vez más, a una cazurra existencia cortesana que, por inteligencia y sensibilidad, seguramente padecía, pero de la que por molicie, comodidad y esa desganada vanidad que tan graciosamente sabía lucir, cada día podría apartarse menos.

Se mentarán sus impedimentos físicos, la ceguera que se ensañó con él con tanta alevosía, las tentaciones del fasto y la fama, las desventajas de compartir los agravios de los vencidos... se dirá que al tiempo que se reducía su estatura humana crecía la del artista capaz de escribir las páginas de Ficciones o El Aleph, se dirán tantas cosas... Lo cierto es que vino a cumplir muy brutalmente en su vida lo que parece ser destino de todos los hombres: hacerse viejo sin volverse mejor.

A veces, más que rememorar su muerte o lamentar su parábola vital, es preferible evocar la esperanza de un joven argentino orgulloso de serlo. Y lo haremos con sus propias palabras: “Nuestra famosa incredulidá no me desanima. El descreimiento, si es intensivo, también es fe y puede ser manantial de obras. Díganlo Luciano Swift y Lorenzo Sterne y Jorge Bernardo Shaw. Una incredulidá grandiosa, vehemente, puede ser nuestra hazaña”.

jueves, 14 de enero de 2021

El frustrado estallido de Donald Trump

 Ene 13 2021

Por José Rodríguez Elizondo*

 Días antes de que Donald Trump ordenara a sus huestes invadir el Capitolio, el New York Post lo había emplazado, en primera plana y con titular catastrófico: “Señor Presidente, detenga la locura”. Fue un llamado ingenuo y tardío para que reconociera su derrota, como si en algún momento hubiera sido un político del establishment.

Es que los estadounidenses ilustrados subestimaron la experiencia previa de Trump como autócrata privado y personaje de farándula. Por eso, con la complicidad de los medios y, en especial. de las redes, sus embustes fueron noticia diaria para consumo masivo. Su mezcla de narcisismo con matonería evocaba el viejo cine de vaqueros y garantizaba diversión gratuita. Pocos captaron que un payaso es peligroso cuando tiene responsabilidades de Estado y, aún más, si funciona en el Salón Oval. Barack Obama, víctima de esos abusos de su poder comunicacional, dice en sus memorias que los periodistas “en ningún momento se plantaron ante Trump y lo acusaron directamente de mentir”.

Con base en la complicidad mediática, sumada a la sumisión de los altos cargos republicanos, la egolatría rústica del autócrata mutó en la locura del gran dictador. Su objetivo, entonces, fue apernarse en el poder a como diera lugar, aunque ello condujera al autogolpe, la guerra civil o la guerra convencional. Desde esa discapacidad empoderada, incubó el más rotundo rechazo a la posibilidad de una alternancia democrática. Un talante similar a la extrañeza de Hitler, ante el fin de la dictadura de Primo de Rivera y el exilio de Alfonso XIII de España: “lo que no llego a comprender es que, una vez conquistado el poder, no se aferren a él con todas sus fuerzas”

LAS GUERRAS QUE NO FUERON

Esa locura con método, hay que decirlo, convirtió al incumbente presidente de los EE.UU. en un fascista del siglo XXI. Y más peligroso que los históricos, por su acceso al maletín nuclear y su incultura enciclopédica.

Desde esa personalidad política, puede sospecharse que la asonada del jueves fue la penúltima y desesperada etapa de una estrategia que debió iniciarse con una tonificante aventura militar. Una versión remasterizada del fraguado incidente bélico del Golfo de Tonkin, de 1964, que catalizó la intervención masiva de los EE.UU en la guerra de Vietnam.  Según analistas de la época, el objetivo político (fracasado) era asegurar un segundo período presidencial a Lyndon Johnson.

Puede que los historiadores descubran huellas delatoras en la beligerancia de Trump contra China e Irán, en sus sondeos respecto a una intervención militar en Venezuela o, por reversa, en la exitosa disuasión nuclear del dictador norcoreano Kim Jong-un. Si aquello sólo quedó en borradores clasificados, lo más seguro es que obedeció al déficit de confianza entre el jefe de Estado y los altos mandos castrenses.

Todo indica que el autócrata presidencial buscó esa relación, pero a su mal modo. Manipulando y maltratando a los ex altos oficiales de su equipo como si fueran simples ordenanzas. Para su sorpresa, terminó recibiendo de vuelta el equivalente a un bofetón institucional: “No juramos lealtad a un rey o una reina, a un tirano o a un dictador… no le juramos lealtad a un individuo”.  Lo dijo muy ronco el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto -la más alta instancia militar norteamericana-, justo cuando Trump comenzaba a fraguar su apernamiento en la Casa Blanca.

LA IMPENSABLE IMPUNIDAD

Si tras la insurrección que indujo Trump logra zafar impune, Richard Nixon dará saltos mortales en su tumba. Ese mandatario, apodado “Tricky” (tramposo), debió abandonar la Casa Blanca sólo por haber espiado a sus adversarios. Sus pillerías fueron gajes del oficio de político y sus crímenes fueron cometidos en el contexto de la Guerra Fría, contra extranjeros (entre ellos vietnamitas, camboyanos y chilenos) y con la excusa patriótica del interés nacional comprometido. Además, siempre estuvo asesorado por el expertísimo Henry Kissinger, 

En cuanto a trapacerías domésticas, Trump lo ha superado lejos. Como contribuyente, paga menos que cualquier oficinista honesto. Normalizó la mentira hasta el punto de que nadie sabe cuándo dice la verdad. Ganó la Presidencia con la ayuda de una potencia extranjera y con menos votos que Hillary Clinton. Desde el gobierno reposicionó el supremacismo blanco y, por tanto, la discriminación racial.

En lo internacional, Trump dilapidó todo lo ganado por sus predecesores durante la Guerra Fría. El resultado es un crimen de leso Estado, sintetizable en cuatro puntos cardinales:  Los EE.UU. dejaron de ser la superpotencia democrática que lideraba el libre comercio y tenía vara alta en la ONU; perdió el respeto de sus aliados europeos, políticos y militares; en los países en desarrollo (para él “países de mierda”), sólo lo aman los ultraderechistas, e ignoró a conciencia la amenaza planetaria del coronavirus. Como corolario, produjo un vacío estratégico que hoy está llenando China, con la cual ya entró en guerra comercial y de acusaciones.

Para completar ese nutrido prontuario, encargó la toma del Capitolio a una fanaticada sin disciplina militar ni objetivos políticos confesables. Esa insurrección artesanal, con cómplices todavía ocultos, ya muestra un balance macabro: cinco muertos, actos vandálicos y vergüenza global para la que solía mencionarse como “gran democracia norteamericana”.

LA OEA TAMBIÉN JUEGA

Tras la escandalera mundial, Trump quiere escabullirse negociando. A cambio de su impunidad ofrece una “transferencia ordenada del poder” y, como garantía, dice que no concurrirá al acto tradicional. Obviamente es una oferta chantajista, pues contiene la amenaza de una última fechoría: rentabilizar la polarización violenta que él mismo catalizó y que ahora respaldarían 75 millones de votantes.

Por el bien de la democracia y por la responsabilidad de los EE.UU. no cabría aceptar esa negociación. La eventual impunidad del autócrata derrotado sería un estímulo global para todos los extremistas, de izquierdas y derechas. Un incentivo para que sigan socavando las democracias supérstites, mediante estallidos que desborden la gobernabilidad y catalicen dictaduras. Una amenaza directa para nuestra atribulada América Latina, donde los gobiernos legítimos hoy cuelgan de un delgado hilo sanitario.

Notablemente, los primeros en sancionar al primer autogolpista de los EE.UU. han sido los directivos de Facebook, Instagram y Twitter. Desde esa “premier league” del sector privado, bloquearon las comunicaciones del presidente, pues se saben corresponsables. En cuanto plataforma de sus provocaciones, cumplieron el mismo rol que el literario doctor Frankenstein: crearon el monstruo que ahora trata de destruir su hábitat.

En ese complicado contexto, el presidente entrante Joe Biden está actuando con prudencia total. Sabe que no puede “vacar” al presidente saliente, que una semana larga es corta para promover un impeachment y que iniciar acción ejecutiva bloquearía el normal inicio de su gestión. Confía en lo que deben hacer los jueces y los congresistas, a sabiendas de que el caso marca los límites reales entre el Derecho, la Política y la Moral.

Bueno sería, por tanto, que mientras las élites norteamericanas se ponen las pilas, los gobiernos democráticos de la OEA visualicen una posibilidad que antes habría parecido insólita: aplicar, ipso facto, la Carta Democrática Interamericana a los EE.UU. ¿Motivo?… el presidente autogolpista sigue en su cargo, tras haber producido una grave alteración en el orden democrático de un Estado miembro. Según las normas de dicha Carta, el gobierno estadounidense no podría participar en los trabajos de la OEA mientras la anomalía persista y el Secretario General “puede solicitar la convocatoria inmediata del Consejo Permanente para realizar una apreciación colectiva de la situación y adoptar las decisiones que estime conveniente”.

Luis Almagro, que ya se atrevió a desafiar la dictadura de Nicolas Maduro, tiene ahora la posibilidad de anotarse otro punto. Esta vez, en defensa de la democracia norteamericana y, por añadidura, de todas las democracias del hemisferio.

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*Abogado chileno, profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Es, además, escritor, periodista, diplomático y dibujante. Ha vivido en Alemania, España, Perú e Israel. Su obra mayor consta de 23 libros. Premio Rey de España 1984 a la mejor labor informativa,  en la revista peruana Caretas y como corresponsal del diario español El País; Premio América del Ateneo de Madrid, 1989, por ensayo Crisis de la izquierda en América Latina

martes, 22 de septiembre de 2020

Julian Assange y la libertad de prensa van a juicio en Londres

21 de septiembre de 2020 

Amy Goodman(*) y Denis Moynihan – Democracy Now!

El papel de la prensa libre es hacerle rendir cuentas al poder, especialmente cuando aquellos poderes están involucrados en una guerra. Sin embargo, es la propia libertad de prensa la que está siendo juzgada actualmente en Londres mientras Julian Assange, fundador y editor en jefe del sitio web de denuncia Wikileaks, lucha contra la extradición a Estados Unidos por una serie de cargos de espionaje y piratería informática que van cambiando constantemente. De ser extraditado, Assange enfrenta una condena casi segura de hasta 175 años de prisión. Su injusto encarcelamiento también encadenaría a periodistas de todo el mundo y serviría de crudo ejemplo para cualquiera que se atreva a publicar información filtrada que critique al gobierno de Estados Unidos.

Los fiscales estadounidenses alegan que Assange conspiró junto con Chelsea Manning, una soldado raso del ejército estadounidense, para descargar ilegalmente cientos de miles de registros de las guerras de Irak y Afganistán, junto con una gran recopilación de cables clasificados del Departamento de Estado de Estados Unidos.

La primera divulgación de este gran archivo de documentos filtrados fue un video que Wikileaks llamó “Asesinato colateral”. El video fue grabado a bordo de un helicóptero de artillería estadounidense Apache mientras patrullaba los cielos de Bagdad el 12 de julio de 2007. La tripulación del Apache grabó video y audio de la masacre que llevó a cabo contra una docena de hombres que se encontraban en la calle, justo debajo del helicóptero, entre los que estaba un camarógrafo de la Agencia Reuters, Namir Noor-Eldeen, de 22 años de edad, y su chofer, Saeed Chmagh, de 40 años de edad y padre de cuatro hijos. Tras el ataque inicial con ametralladora de alto calibre, una camioneta llegó al lugar para ayudar a los heridos. La tripulación del Apache recibió permiso para “entablar combate” contra la camioneta, abrió fuego y destrozó la parte delantera del vehículo. Dos niños que iban en la camioneta resultaron heridos. Reuters había estado reclamando sin éxito durante años el video del ataque.

En poco tiempo, los periódicos The New York Times, The Guardian y Der Spiegel se pusieron a trabajar con Wikileaks y Assange para publicar artículos basados en los documentos filtrados. Detallaron crímenes de guerra cometidos por las fuerzas estadounidenses en Irak y Afganistán, la tortura infringida a los prisioneros en los centros clandestinos de detención de la CIA, los abusos en la prisión estadounidense de la Bahía de Guantánamo y los inescrupulosos cables diplomáticos de los funcionarios del Departamento de Estado.

Jennifer Robinson, una de las abogadas de Julian Assange, recientemente fue entrevistada por Democracy Now! frente al tribunal de Londres: “Es un claro caso de libertad de prensa. Y los intentos del Departamento de Justicia de llevar el asunto hacia un caso de piratería informática, cuando no hay absolutamente ninguna evidencia de este acto por parte del señor Assange, creo que demuestran su deseo de alejarse de los temas importantes sobre la libertad de prensa. Es claro que la Primera Enmienda protege a los medios de comunicación en el hecho de recibir y publicar esa información en pos del interés público, que es exactamente lo que hizo WikiLeaks”.

Las autoridades británicas han mantenido a Julian Assange en aislamiento casi completo en la prisión de alta seguridad de Belmarsh, en Londres, desde que lo arrestaron en abril de 2019, tras sacarlo a la fuerza de la embajada de Ecuador. Con asilo político concedido por Ecuador, vivió dentro de la oscura y pequeña embajada durante más de siete años. Cuando un presidente de derecha tomó el poder en Ecuador, revocó el asilo de Assange, lo que permitió el arresto.

Nils Melzer, relator especial de Naciones Unidas sobre la tortura, visitó a Assange en Belmarsh y luego informó: “Hablé con él durante una hora, suficiente para tener una buena primera impresión. Luego nuestro experto forense realizó un examen físico durante una hora y por último se hizo un examen psiquiátrico de dos horas. Y los tres tuvimos la misma impresión y todos llegamos a la conclusión de que [Assange] mostraba todos los síntomas típicos de una persona que ha estado expuesta a tortura psicológica durante un período prolongado”.

Las condiciones en la prisión de Belmarsh donde se encuentra detenido Julian Assange no han hecho más que empeorar durante la pandemia de COVID-19. Assange habló públicamente ante el tribunal solo una vez, cuando gritó “¡Tonterías!” en respuesta a una de las muchas afirmaciones sin fundamento del fiscal estadounidense. El presidente del tribunal amenazó con sacar a Assange de la sala. Muchos expertos se han alineado para defender a Assange, incluido el legendario denunciante de los Papeles del Pentágono, Daniel Ellsberg.

En 1971, Ellsberg publicó los Papeles del Pentágono, la historia secreta de la guerra de Estados Unidos en Vietnam, que documenta cómo los sucesivos gobiernos le habían mentido a la población estadounidense sobre la guerra. Tal como Assange, Ellsberg proporcionó los documentos filtrados al periódico The New York Times. También como Assange, Ellsberg fue acusado bajo la Ley de Espionaje y podría haber pasado su vida tras las rejas. Finalmente, un juez desestimó su caso cuando se reveló que el entonces presidente Nixon había ordenado allanamientos ilegales en busca de información negativa sobre Ellsberg.

En una declaración en defensa de Assange que presentó al tribunal de Londres, Ellsberg reflexionó sobre la importancia de las revelaciones de Wikileaks. “Considero que se encuentran entre las revelaciones veraces más importantes sobre el comportamiento criminal oculto del Estado que se han hecho públicas en la historia de Estados Unidos”. Ellsberg agregó: “El pueblo estadounidense necesitaba saber con urgencia lo que se hacía de forma rutinaria en su nombre, y no había otra forma de saberlo que mediante la divulgación no autorizada”.

Ellsberg se explayó al respecto en una entrevista para Democracy Now!: “Si este juicio tiene éxito, si la extradición tiene éxito, eso ya tendrá un efecto intimidatorio en los periodistas de todo el mundo y será un ataque directo a la Primera Enmienda de Estados Unidos”.

Muchos de los crímenes de guerra expuestos por Wikileaks, en cooperación con organizaciones de prensa de todo el mundo, ocurrieron bajo la presidencia de George W. Bush. El proceso de enjuiciamiento de Assange comenzó durante la presidencia de Barack Obama. El entonces vicepresidente Joe Biden calificó a Assange como un “terrorista de alta tecnología”: “Yo diría que está más cerca de ser un terrorista de alta tecnología que de los Papeles del Pentágono”.

El presidente Trump dijo durante la campaña presidencial de 2016: “WikiLeaks, me encanta WikiLeaks”.

Ahora el mismo presidente Trump quiere encerrar a Assange y tirar la llave al mar. Ningún presidente, de ningún partido, debería poder amenazar la libertad de prensa. De hecho, esta es esencial para el funcionamiento de una sociedad democrática.


Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en españolspanish@democracynow.org

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*Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

viernes, 12 de junio de 2020

No necesito mensajes de "amor" de mis amigos blancos

Jun 12 2020
Por Chad Sanders* – New York Times en español
–Necesito que, en lugar de compartir conmigo sus sentimientos de culpa, luchen contra el racismo.
–Mi libro saldrá a la venta en unos meses y no sé si estaré vivo para verlo porque soy un hombre negro.
La noche del lunes 1 de junio, mi agente, una mujer blanca y liberal de treinta y tantos años, me envió un correo electrónico para informarme que iba a posponer una reunión importante que teníamos con mi editor al día siguiente. La agencia que representa mi libro quería cumplir con el Blackout Day (día del apagón) “en honor a George Floyd, Ahmaud Arbery, Breonna Taylor y otros incontables hombres y mujeres negros que han sido maltratados y asesinados de manera injustificable”.
La editorial planeaba “emplear ese tiempo para reflexionar y pensar en acciones a largo plazo que pudiéramos llevar a cabo como individuos y como organización para hacer frente al racismo sistémico que persiste en nuestros negocios y nuestras comunidades”, me explicó mi agente.
Para decirlo en otras palabras, mi agente estaba posponiendo una reunión necesaria para finalizar y publicar a tiempo mi libro —que trata de cómo los negros podemos aplicar en nuestras carreras las lecciones obtenidas de experiencias traumáticas— con la finalidad de que los blancos pudieran reflexionar sobre cómo ayudar a los negros. Repliqué, insistiendo en que nuestra reunión tuviera lugar como lo habíamos planeado porque las vidas de la gente de color están en peligro y no se debería desaprovechar el impulso que podría tener en este momento un libro escrito para los negros solo porque los blancos quieren ser empáticos.
El comportamiento de esta agencia es algo común en este momento. La gente blanca me está haciendo a un lado a mí y a otros como yo para aliviar su propia culpa y probar que son distintos a Derek Chauvin, el agente de policía que fue despedido y acusado del asesinato de George Floyd en Mineápolis, y a Amy Cooper, quien trató de usar como arma su raza blanca al llamar a la policía con el fin de denunciar falsamente a Christian Cooper, un observador de aves en Central Park, en Nueva York.
A los negros nos están pisoteando en el proceso. Muchos blancos que conozco están haciendo un gran alboroto por sus sentimientos de culpa y sus intentos exagerados de mostrar empatía. Yo he tratado de evitarlos lo más posible mientras trato de vivir, apoyar a mi familia y amigos negros y seguir con las actividades de la vida cotidiana como trabajar, mudarme a un nuevo apartamento y cocinar la cena para mi novia.
Sin embargo, con total desvergüenza como siempre, los blancos que tienen mi teléfono han estado buscando la manera de consumir mi tiempo y energía. Algunos son amigos; otros, antiguos compañeros de trabajo y conocidos a los que intencionalmente he sacado de mi vida en aras de mi paz mental. Varias veces a la semana recibo varios mensajes de texto como este, de la semana pasada:
“Hola amigo. Solo quería contactarte y hacerte saber que te quiero y valoro profundamente que estés en mi vida y que tus historias estén en el mundo. Y lo lamento mucho. Este país está muy mal, enfermo y lleno de racismo. Perdón. Creo que estoy cansado de esto; mientras tanto, me duermo en mis laureles de privilegio blanco. Te quiero y estoy aquí para luchar y ser útil de todas las formas posibles. **Emojis de corazón**”.
Casi todos los mensajes terminan con seis palabras opresivas: “No sientas la necesidad de contestar”.
Esta gente no solo me está usando como su basurero de culpa y vergüenza, sino que además me está indicando qué no debo sentir, silenciándome en el proceso. En una admisión inusualmente honesta de desequilibrio de poder, el mensajero me informa que no tengo que responder (menos mal, gracias). Esto implica que sin importar si respondo o no —y por lo general no lo hago— el intercambio está completo porque se transmitió el mensaje. El mensajero puede dormir más tranquilamente en sus “laureles de privilegio blanco”.
Muchos de mis amigos negros me dicen que ellos también están recibiendo a raudales estos mensajes unidireccionales que exudan culpa blanca.
Es posible que estas personas blancas que tienen mi teléfono hayan malinterpretado lo que necesito en este momento. A juzgar por el tono ligero, casi juguetón, de los mensajes que están enviando, parece que piensan que lo que experimento en esta era de asesinatos e intentos de asesinato perpetrados contra negros es un vago malestar que puede aliviarse con un abrazo virtual.
Como hombre negro, lo que realmente siento —en todo momento— es temor de morir, temor de no volver a casa cuando salgo a dar mi caminata matutina por Central Park o al 7-Eleven por un té helado AriZona. Temo no llegar a celebrar el cuadragésimo aniversario de bodas de mis padres, no poder hacer otro depósito en la cuenta de mi sobrino en su tercer cumpleaños, no poder salir a bailar con mi pareja a sus bares favoritos del barrio de Bedford-Stuyvesant en Brooklyn.
Pero el miedo no aparece únicamente a consecuencia de los asesinatos de negros como George Floyd, Breonna Taylor y Trayvon Martin, que se viralizaron. Es un temor latente en cada momento de mi vida.
No se siente como el rechazo hueco de una ruptura desagradable. No es la decepción punzante de no obtener un ascenso. Lo que siento es un miedo persistente a morir. Los emojis de corazón y las vibras positivas no ayudan.
He practicado separarme de la distracción de ese temor desde que tengo 7 años, cuando vi por primera vez las imágenes del rostro y el cuerpo desfigurado de Emmett Till en la clase de ciencias sociales de mi escuela primaria. Ese desapego me permite hacer cosas muy básicas como levantarme de la cama en la mañana, ganarme la vida y disfrutar de la música sin sufrir de un continuo estado de pavor.
Cuando me envían mensajes de texto y me dicen que “solo están pensando en mí” porque este temor se volvió momentáneamente evidente para ustedes después de que vieron las atrocidades mostradas por CNN, me generan una carga. Me invitan a consolarlos, a responderles y a decirles que no es su culpa y que ustedes son especiales. Eso es un ataque a mi dignidad y me deshumaniza.
Cuando me dicen que puedo contar con ustedes para decirles cómo me siento, se trata de un acto de intimidad forzada y es un golpe para el desapego que tan intencionalmente he construido a lo largo de mi vida. Me obligan a desenterrar sentimientos profundamente dolorosos que he escondido por salud mental para evitar ofenderlos. Porque sé que ofenderlos es peligroso.
Cuando me dicen que no tengo que contestar, me despojan del último pedazo de voluntad que poseo en este intercambio que no pedí al darme permiso de hacer lo que de todos modos habría hecho.
Así que, por favor, dejen de mandarme su #amor. Dejen de mandarme vibras positivas. Dejen de comentarme lo que piensan. A continuación, tres sugerencias sobre otras cosas que pueden hacer y que tendrán un mayor impacto inmediato:
  • Dinero: Para fondos que pagan los costos legales de los negros que han sido arrestados, encarcelados o asesinados injustamente o para apoyar a los políticos negros que contienden a un cargo público.
  • Mensajes: Para sus parientes y seres queridos diciéndoles que no los van a visitar ni responderán sus llamadas telefónicas sino hasta que realicen acciones significativas para apoyar las vidas negras, ya sea mediante la participación en protestas o contribuciones financieras.
  • Protección: Para los compañeros negros que salen a manifestarse y corren mayor riesgo de salir lesionados durante las protestas.
Sí, estas acciones pueden sonar serias, pero ustedes insisten en que me quieren y el amor exige sacrificios. Los mensajes de texto son ilimitados en muchos planes de telefonía celular. Mandar emoticonos no representa ningún sacrificio.
Si sienten la necesidad de saber cómo me siento porque soy su amigo negro, olvídenlo. Yo les diré lo que necesito. Si no reciben un mensaje mío, ese es el mensaje. 12 de junio de 2020
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*Chad Sanders (@ChadSand)) es escritor, autor del libro de próxima publicación Black Magic.

China despertó


Junio 12 2020

Por Luis Casado *
“Dejad dormir a China, porque cuando China despierte el mundo temblará” es una frase atribuida a Napoleón Bonaparte, que el depuesto emperador habría pronunciado en 1816 en Santa Helena, después de leer la Relación del viaje a China y a Tartaria del aristócrata irlandés Lord Macartney.
En 1973 Alain Peyrefitte, cercano colaborador del General de Gaulle, utilizó la segunda parte de la oración como título de un libro que se transformó en un clásico de la literatura política mundial. Ya he comentado que la edición francesa vendió más de 885 mil ejemplares. Nadie que pretenda comentar algo relativo al Imperio del Medio puede, decentemente, ignorar ese trabajo.
Lo cierto es que China ‘despertó’, si nos referimos a su desarrollo económico, a su fortaleza financiera, a su dominio de las más recientes tecnologías, a la creatividad de su ciencia, a su actividad diplomática y –last but not least– a su poderío militar.
Peyrefitte describe, en las casi 500 páginas de su ensayo, el estado en que se encontraba China en ese momento. No puedo reproducir aquí ese texto, pero puedo resumir, gracias al monumental trabajo del historiador británico Antony Beevor (La Segunda Guerra Mundial – Londres 2012), el estado de la China –país eminentemente campesino– que Mao conquistó el 1º de octubre de 1949.
“Para el campesinado chino el sufrimiento no tenía nada de nuevo. Conocía demasiado bien la hambruna que sucedía a las inundaciones, a la sequía, a la deforestación, a la erosión del suelo y a las depredaciones de los ejércitos de los señores de la guerra. Vivían en endebles casas de tierra y sus existencias estaban afligidas por la enfermedad, el analfabetismo, las supersticiones y la explotación de propietarios que exigían alquileres de entre la mitad y los dos tercios de las cosechas”.
“Agnes Smedley, periodista estadounidense, comparaba su vida a la de los siervos de la Edad Media. Sobrevivían gracias a minúsculas porciones de arroz, de maíz o de zapallos cocidos en un caldero de hierro, su bien más preciado. Muchos iban los pies desnudos, incluso en invierno, y llevaban sombreros de paja para trabajar en el verano, curvados, en los campos. La vida era corta y las viejas campesinas, arrugadas por la edad y oscilando en sus pies vendados, eran un espectáculo relativamente raro. Muchos chinos nunca habían visto un automóvil, ni un avión, ni siquiera una ampolleta eléctrica.”
“En las ciudades, la vida era igual de dura para los pobres, incluso aquellos que tenían un empleo. En Shanghai, escribió un periodista estadounidense, es frecuente, por las mañanas, recoger los cuerpos sin vida de niños obreros cerca de la puerta de las fábricas. Los pobres eran aplastados por los impuestos de colectores de tasas y burócratas codiciosos.”
Como puedes ver, Chile no inventó ni tiene la exclusividad de un gobierno de cleptoparásitos. Los déspotas chinos, por el contrario, nunca tuvieron el descaro de pretenderse demócratas.
La descripción de Peyrefitte, producto de su estadía en China en el año 1971, muestra un país cuyo mayor logro era que cada chino comía al menos una vez al día. Ya no había hambrunas. Por lo demás, los chinos intentaban darle soluciones propias a la miríada de problemas que planteaba una población de 800 millones de habitantes, repartidos en un inmenso territorio de 9.597 millones de km2.
De ahí al país de hoy… que envía cosmonautas al espacio, que construye una estación orbital, que descolla en las más avanzadas tecnologías de la comunicación, que dispone de la más importante red de trenes de alta velocidad del mundo, que inunda el planeta con todo tipo de mercancías y, según quien haga las cuentas, es la primera potencia económica del orbe… media la distancia cronológica de apenas 70 años.
Tal eclosión no podía dejar indiferentes a las potencias que se repartieron el mundo en la Conferencia de Versalles (1919) y luego en Yalta (1945), para no hablar de Bretton Woods (1944), ese Waterloo planetario que le permitió a los EEUU imponer el dólar como moneda de reserva universal.
Ahora bien, como dice el refrán, El ladrón conoce al ladrón, y el lobo al lobo. En su cruzada contra la humanidad Donald Trump desató una guerra comercial contra China, mayormente para preservar lo que queda del Imperio. Para amenizar el jolgorio acusa a Beijing de todos los crímenes cometidos por los EEUU, –en una de esas pasa–, sabiendo que mientras más grande mejor entra. Entre ellos, el de espiar a diestra y siniestra.
No tengo la intención de extenderme sobre los múltiples programas de espionaje yanquis, que no perdonan ni a sus aliados. Como muestra basta un botón, y así nos ahorramos un centenar de escándalos.
El programa ECHELON, considerado la mayor red de espionaje y análisis de la historia, intercepta comunicaciones electrónicas. Controlada por EEUU, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda (en fin, por los EEUU), ECHELON puede capturar comunicaciones por radio y satélite, llamadas de teléfono y correos electrónicos en casi todo el mundo. Se estima que ECHELON intercepta más de tres mil millones de comunicaciones cada día. ¡Alabao!
¿Mencionaré el espionaje interno desatado a partir del ataque a las torres de Manhattan? El USA Patriot Act, es una ley dizque anti-terrorista, votada por el Congreso y firmada por George W. Bush el 26 de octubre de 2001. Gracias a este simpático dispositivo, cada yanqui que pide el libro “Caperucita Roja” para sus niños en la biblioteca, queda fichado como potencial comunista. No es broma.
PRISM es el nombre de un programa de la United States National Security Agency (NSA) que colecta comunicaciones Internet desde varias empresas estadounidenses, entre otras desde Google, apoyándose en una ley (FISA Amendments Act) del 2008 que obliga a entregar esos datos. La NSA usa PRISM para exigir que le entreguen incluso las comunicaciones encriptadas, saludos te mandó la seguridad del cliente.
PRISM comenzó en el 2007 y su existencia fue revelada seis años después por Edward Snowden, quien advirtió que el alcance del espionaje iba mucho más lejos que el propósito inicial (Angela Merkel –espiada gracias a este juguetito– puede dar fe de lo que escribo) convirtiéndose en una actividad “peligrosa y criminal”. Resultado: Edward Snowden es un proscrito en plan Wanted, dead or alive.
Llegados a este punto, debo declarar que no tengo la más pijotera idea sobre la realidad de los eventuales espionajes chinos. No obstante, si se abstienen –cosa que dudo– serían los únicos. El espionaje se transformó en actividad industrial mucho antes de que yo mismo limpiase el suelo de mi primera fábrica en la época en que era mi oficio.
Lo cierto es que lo que está en juego es el dominio de los mercados mundiales, y partiendo, el de las telecomunicaciones, sector vital para el desarrollo económico e industrial del siglo XXI. Visto que los chinos –Huawei, entre ellos– han alcanzado una ventaja decisiva, los EEUU intentan bloquear su entrada en el mercado yanqui, y amedrentan a sus ‘aliados’ (algunos analistas mal intencionados dicen ‘sus perritos falderos’) para evitar que Huawei venda sus sistemas 5G en Europa.
Del mismo modo han intentado bloquear la venta de hidrocarburos rusos (gas y petróleo) en la Unión Europea, y particularmente en Alemania.
Después de boicotear la OMC, la OMS, la Unesco, los tratados comerciales interoceánicos, los acuerdos de control de armas atómicas, de atacar a sus propios ‘aliados’ y a sus supuestos enemigos, y de cagarse en el movimiento antirracista de su propio país, Donald Trump acaba de amenazar con las penas del infierno a los jueces de la Corte Penal Internacional (CPI), cuya eminente tarea consiste en investigar y sancionar los crímenes de guerra.
Algún juez, al que la arrogancia de Donald se la trae al pairo, cometió el delito de lesa majestad de investigar los crímenes de guerra de los EEUU en Afganistán. El pobre jurista no se entera: nunca oyó hablar de Edward Snowden, ni de Julian Assange y aun menos de Chelsea Manning. La democracia y los derechos humanos valen solo para el prójimo. En fin, para el prójimo de Donald. Él mismo los usa para masajearse la región distal vecina al hueso sacro.
De modo que henos aquí, ante la penosa tarea de aceptar que, después de los malos rusos (malos porque rusos), llegaron los chinos malos. En fin, regresaron, visto que los chinos ya eran malos desde la época de Fu Manchú.
A Donald se le cayó la Biblia que deshoja para limpiarse. Nunca escuchó eso de “A todo pecador, misericordia”. Tengo para mí que haría bien leyendo a Mateo 21/31-32:
Jesús dijo entonces a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Os lo declaro, es la verdad: los perceptores de impuestos y las prostitutas llegarán antes que vosotros al Reino de Dios. Porque Juan Bautista vino a vosotros mostrándoos el justo camino y no le creísteis; pero los perceptores de impuestos y las prostitutas le creyeron. E incluso después de ver aquello, vosotros no cambiasteis interiormente para creer en él.”
Mateo (en realidad se llamaba Levi), un pillín, menciona a los perceptores de impuestos visto que, antes de seguir a Jesús, él mismo era concesionario del Imperio Romano para el cobro de impuestos en Galilea, lo que no le ganó mucha popularidad que se diga.
Tengo la debilidad de pensar que añadió las prostitutas dateado por algún arcángel de que muchos años más tarde un hijo de una de ellas llegaría a ser presidente de los Estados Unidos de América. Que Magdalena me perdone…
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*Editor de POLITIKA. Ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, le llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes. Ha publicado varios libros  en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.


sábado, 6 de junio de 2020

Combatir con éxito las pandemias de nuestro tiempo

Jun 5 2020
Prof. Dr. Juan Torres López*
La eficacia de las medidas para combatir una pandemia como la que estamos viviendo y que, por tanto, pueden hacer que sus daños sean mucho mayores. Si somos capaces de evitarlos, tendremos mucha más probabilidad de acabar antes y mejor con cualquiera de ellas.
El primero es creer que se trata de problema que afecta a todas las personas por igual.
Me parece que sobre este error no hay mucho que decir. El simple ejercicio de mirar a nuestro alrededor nos permite comprobar los efectos tan diferentes que tiene la propagación de un virus como el de ahora: no todo el mundo pierde su empleo y hay quien lo pierde pero tiene patrimonio para aguantar durante largo tiempo sin problemas, se puede teletrabajar en casa o no disponer de los medios más elementales para hacerlo, hay quien tiene personas a su servicio y quien tiene que multiplicar las horas dedicadas al trabajo doméstico, en muchos países no todas las personas tienen igual acceso a los servicios sanitarios, las viviendas son muy diferentes, de modo que el confinamiento puede ser una época de gozo o un verdadero infierno, hay quien dispone de conocimientos y tiempo para ayudar en la enseñanza de sus hijos y quien no puede hacerlo y, por supuesto, las condiciones físicas y de salud de partida son muy diferentes en cada uno de nosotros.
Esas diferentes circunstancias no sólo afectan desigualmente al bienestar personal de cada individuo, sino que inciden en la magnitud de la pandemia, en su letalidad, en los brotes que pueda tener, en su alcance. Y, siendo todo eso así, resulta que las medidas para combatirla no pueden ser lineales ni las mismas para todas las personas. No haber puesto personal de apoyo educativo a las familias sin recursos, por ejemplo, traerá unas consecuencias, no diré que decisivas pero sí muy importantes y que se irán manifestando gravemente a lo largo del tiempo, para miles de familias.
Si apenas tenemos consciencia de las diferencias que hay entre los seres humanos, de la enorme desigualdad que nos afecta en la normalidad, si cuando todo va bien apenas nos preocupamos por el impacto tan asimétrico que tienen cualquier medida de política económica, mucho más difícil resulta que tengamos en cuenta su efecto desigual cuando nos encontramos en medio de la calamidad o la emergencia.
No aprendemos, no nos damos cuenta de que tratar igual a los desiguales agranda cada vez más las brechas que tan injusta e injustificadamente nos separan a unos seres humanos de otros. Ni siquiera las desgracias colectivas nos hacen despertar del egoísmo que nos impide entender que dejar atrás a una parte de la humanidad es condenarnos a todos, antes o después, por igual. Y no tener presente este efecto desigual es la semilla de la que brotan, con mucho más fuerza en las pandemias, la xenofobia, el racismo, el machismo… esa estupidez que nos lleva a pensar que podemos salvarnos solos, que podemos sobrevivir a la desgracia sin ir de la mano del otro.
El segundo error quizá sea más sutil y todavía menos tenido en cuenta. Se trata de creer que los efectos de una pandemia, el mayor o menor daño que produce y las posibilidades de combatirla con eficacia tienen que ver simplemente con su naturaleza sanitaria.
Sabemos, por ejemplo, que las epidemias son más mortales en los países con democracia más o menos avanzada que en las dictaduras, según mostró un análisis del semanario The Economist (aquí). Y no sólo eso. Un investigador español que trabaja en la Universidad de Pensilvania, Mauro Guillén, ha analizado brotes epidémicos en 146 países desde 1995 y su conclusión sobre los factores de los que depende la mayor mortalidad que sigue a las pandemias va mucho más allá (aquí).
En su opinión, la mayor transparencia, responsabilidad y confianza pública que se dan en las democracias «reducen la frecuencia y la letalidad de las epidemias, acortan el tiempo de respuesta y mejoran el cumplimiento de las personas con las medidas de salud pública» pero «la democracia no tiene efectos sobre la probabilidad y la letalidad de las epidemias». Por el contrario, Guillén estima que son más influyentes la capacidad de intervención que tengan los Estados y, sobre todo, la desigualdad.
La intervención del Estado sería como un baluarte que puede influir sobre la generación y los efectos nocivos de las crisis sanitarias y la emergencia que producen, mientras que la desigualdad económica es el factor que los exacerba.
De su investigación se deduce que los países que disponen de estructuras gubernamentales más fuertes y sólidas sufren menor número de epidemias y que, cuando las sufren, se producen con menos casos y menor número de muertes.
Por su parte, la desigualdad es el factor que puede empeorar las condiciones en que se dan las pandemia, lo que aumenta su frecuencia y escala y, sobre todo, el número de casos que se producen.
Las experiencias de España o Italia en esta pandemia tienen, así, un perfecto encaje en el análisis de Guillén: la mayor desigualdad que se da en estos países, la menor capacidad de intervención de la que han dispuesto sus gobiernos y, sobre todo en nuestro caso, la intervención estatal fragmentada explicarían que la pandemia se haya producido con mayor gravedad que en otros países de nuestro entorno.
El tercer error está en gran medida relacionado con los anteriores. Se tiende a creer que la propagación de un virus y la pandemia que puede seguirle son hechos naturales, como podrían serlo un terremoto, la erupción de un volcán o el choque de un asteroide. Algo que depende de leyes o circunstancias que quizá podamos llegar a conocer pero que están fuera de nuestro control y que no podemos evitar que se produzca. Pero no es así. Nuestra forma de vida influye en la producción y, sobre todo, en la difusión de las enfermedades como la Covid-19, así como el modo en que organizamos nuestra vida social, económica y política determina -según acabo de señalar- la expansión, el daño y las posibilidades de aliviar o acabar con una pandemia.
Sin ánimo de exagerar, creo que puede decirse con todo fundamento que, hoy día, nuestra forma de producir y consumir es pro-pandémica. Nos saltamos las leyes de la naturaleza para producir de modo más intensivo y rentable, no consumimos lo que mejor satisface nuestra necesidad sino lo que nos pone por delante la industria que sólo busca incrementar el beneficio monetario, generamos y acumulamos más deshechos y basura de lo que gastamos en satisfacernos, rompemos los equilibrios básicos de la naturaleza, contaminamos el medio natural del conjunto de las especies, provocamos mutaciones…
Nuestro modo de vivir, nuestra civilización de patas arriba, está al borde de conseguir que la enfermedad y las pandemias sean, principalmente, un producto social al que, de seguir así, quizá dentro de poco no podamos hacer frente con un mínimo de éxito y seguridad: la desigualdad creciente las va a multiplicar en número y en mortalidad y, debilitada o incluso desmantelada la democracia para poder mantener el privilegio en el que se basa ese modo de vida, nos tendremos que enfrentar a ellas con creciente impotencia, con gobiernos sin recursos, impotentes y con las manos atadas.
Sabemos, pues, cuáles son los errores en los que no podemos caer y las armas con las que podemos vencer con salud y bienestar a los virus y pandemias que están por venir: democracia, Estados inteligentes y con recursos suficientes para intervenir con diligencia, mucha menos desigualdad y un modo de producir y consumir más saludable y acorde con las leyes de la naturaleza.
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* Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla. Dedicado al análisis y divulgación de la realidad económica, en los últimos años ha publicado alrededor de un millar de artículos de opinión y numerosos libros que se han convertido en éxitos editoriales. Los dos últimos, ‘Economía para no dejarse engañar por los economistas’ y ‘La Renta Básica. ¿Qué es, cuántos tipos hay, cómo se financia y qué efectos tiene?’. En Público.es, 05.06.20

viernes, 22 de mayo de 2020

Piketty: La disparidad de la propiedad crea una enorme desigualdad de oportunidades en la vida

Mayo 21 2020
Entrevista en Nuestra República (*)
Thomas Piketty (Clichy, Francia, 1971) propone un pago estatal para todos los ciudadanos, la modificación de la estructura de la riqueza para cambiar el poder de negociación de los actores, discute las consecuencias políticas de la desigualdad.
En esta entrevista, el economista expone los puntos más salientes de un posible programa de izquierdas para salir del actual atolladero histórico. Piketty  es director de investigación en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, profesor en la Paris School of Economics y codirector de la World Inequality Database. Es autor de los libros El capital en el siglo XXI y de Capital e Ideología.
-Uno de los principales argumentos de su libro Capital e ideología es que “la desigualdad es una ideología”. La desigualdad no es un proceso natural, sino que se funda en decisiones políticas. ¿Cómo llegó a esa conclusión?
-En mi libro, el término “ideología” no tiene una connotación negativa. Todas las sociedades necesitan la ideología para justificar su nivel de desigualdad o una determinada visión de lo que es bueno para ellas. No existe ninguna sociedad en la historia donde los ricos digan “somos ricos, ustedes son pobres, fin del asunto”. No funcionaría. La sociedad se derrumbaría inmediatamente.
Los grupos dominantes siempre necesitan inventar narrativas más sofisticadas que dicen “somos más ricos que ustedes, pero en realidad eso es bueno para la organización de la sociedad en su conjunto, porque les traemos orden y estabilidad”, “les brindamos una guía espiritual”, en el caso del clero o del Antiguo Régimen, o “aportamos más innovación, productividad y crecimiento”. Por supuesto, estos argumentos no siempre resultan del todo convincentes. A veces son claramente interesados. Guardan algo de hipocresía, pero al menos este tipo de discurso tiene algo de verosimilitud. Si fueran completamente falsos, no funcionarían.
En el libro, investigo la historia de lo que llamo regímenes de desigualdad, que son sistemas de justificación de distintos niveles de desigualdad. Lo que demuestro es que en realidad hay un aprendizaje de la justicia. Hay una cierta reducción de la desigualdad a largo plazo. Hemos aprendido a organizar la igualdad a través del acceso más igualitario a la educación y de un sistema impositivo más progresivo, por dar algunos ejemplos.
Pero este progreso y el conflicto ideológico continuarán. En la práctica, el cambio histórico proviene de las ideas e ideologías en pugna y no solo del conflicto de clases. Existe esta vieja concepción marxista de que la posición de clase determina por completo nuestra visión del mundo, nuestra ideología y el sistema económico que deseamos, aunque en verdad es mucho más complejo que eso, porque para una posición de clase dada existen distintas formas de organizar el sistema de las relaciones de propiedad, el sistema educativo y el régimen impositivo. Existe cierta autonomía en la evolución de la ideología y de las ideas.
Aun así, en las democracias el pueblo decide colectivamente a través del voto vivir en ese tipo de sociedades desiguales. ¿Por qué?
-En primer lugar, es difícil determinar el nivel exacto de igualdad o desigualdad. La desigualdad no siempre es mala. La gente puede tener objetivos muy diferentes en su vida. Algunos valoran mucho el éxito material, mientras que otros tienen otro tipo de metas. Alcanzar el nivel adecuado de igualdad no es algo sencillo.
Cuando digo que los factores determinantes de la desigualdad son ideológicos y políticos no quiero decir que deban desaparecer y que mañana tengamos una igualdad completa. Me parece que encontrar el equilibrio adecuado entre las instituciones es una tarea muy complicada para las sociedades pese a que, insisto, en el largo plazo la desigualdad se ha reducido un poco. Creo que deberíamos tener un acceso más igualitario a la propiedad y a la educación y que deberíamos continuar en esa dirección.
Hemos aprendido que la historia es un proceso no lineal. Con el tiempo avanzamos hacia una mayor igualdad y esto es lo que también ha creado una mayor prosperidad económica en el siglo XX. Sin embargo, también ha habido reveses. Por ejemplo, el colapso del comunismo produjo una desilusión sobre la posibilidad de establecer un sistema económico alternativo al capitalismo, y esto explica en gran medida el aumento de la desigualdad desde finales de la década de 1980.
Pero hoy día, 30 años más tarde, comenzamos a darnos cuenta de que tal vez hemos ido demasiado lejos en aquella dirección. Entonces, comenzamos a repensar cómo cambiar el sistema económico. El nuevo desafío introducido por el cambio climático y la crisis medioambiental también ha puesto el foco en la necesidad de cambiar el sistema económico. Se trata de un complejo proceso en el que las sociedades intentan aprender de sus experiencias.
A veces se olvidan del pasado lejano, reaccionan de manera exagerada y avanzan demasiado lejos en una dirección. Pero me parece que si ponemos la experiencia histórica sobre la mesa –y ese es el objetivo del libro– podemos entender mejor las lecciones y experiencias positivas del pasado.
-Usted dice que la desigualdad deriva en nacionalismos y populismos. En Alemania y en otros países, los partidos de derecha están en alza. ¿Por qué la derecha suele tener más éxito que la izquierda?
-La izquierda no se ha esforzado por proponer alternativas. Después de la caída del comunismo, la izquierda ha atravesado un largo periodo de desilusión y desánimo que no le ha permitido presentar alternativas para modificar el sistema económico. El Partido Socialista en Francia o el Partido Socialdemócrata en Alemania no han intentado realmente cambiar las reglas del juego en Europa tanto como debieran haberlo hecho.
En algún momento aceptaron la idea de que el libre flujo de capital, la libre circulación de bienes y servicios y la competencia por los mercados entre países eran suficientes para lograr la prosperidad y que todos nos beneficiemos de ella. Pero, en cambio, lo que hemos visto es que esto ha beneficiado principalmente a los sectores con un elevado capital humano y financiero y a los grupos económicos con mayor movilidad. Los sectores bajos y medios se sintieron abandonados.
También hubo partidos nacionalistas y xenófobos que propusieron un mensaje muy simple: vamos a protegerlos con las fronteras del Estado-nación, vamos a expulsar a los migrantes, vamos a proteger su identidad como europeos blancos, etc. Por supuesto, al final esto no va a funcionar. No se reducirá la desigualdad ni se resolverá el problema del calentamiento global. Pero dado que no existe un discurso alternativo, una gran parte del electorado se desplazó hacia estos partidos.
Aun así, una gran parte incluso más grande del electorado decidió quedarse en casa. Simplemente no votan, no debemos olvidar eso. Si los grupos socioeconómicos más bajos demostraran entusiasmo por Marine Le Pen o por Alternativa por Alemania, la tasa de participación ascendería a 90%. Eso no es lo que está ocurriendo. Tenemos un nivel muy reducido de participación, especialmente entre los grupos socioeconómicos más bajos, los cuales están a la espera de una plataforma política o una propuesta concreta que realmente pueda cambiar sus vidas.
-Usted propone un pago estatal único (“herencia para todos”) de 120.000 euros para todos los ciudadanos cuando alcancen la edad de 25 años. ¿Qué se conseguiría con eso?
-En primer lugar, este sistema de “herencia para todos” sería un paso más de un sistema de acceso universal a bienes y servicios públicos fundamentales, incluidos la educación, la salud, las pensiones y un ingreso ciudadano. El objetivo no es reemplazar estos beneficios, sino sumar esta herramienta a las ya existentes.
¿Para qué serviría?
Si uno tiene una buena educación, una buena salud, un buen empleo y un buen salario, pero necesita destinar la mitad de su salario a pagar un alquiler a los hijos de propietarios que reciben ingresos por alquileres durante toda su vida, creo que hay un problema. La desigualdad de la propiedad crea una enorme desigualdad de oportunidades en la vida. Algunos tienen que alquilar toda su vida.
Otros reciben rentas durante toda su vida. Algunos pueden crear empresas o recibir una herencia de la empresa familiar. Otros nunca llegan a tener empresas porque no tienen siquiera un mínimo de capital inicial para empezar. Más que nada, es importante darse cuenta de que la distribución de la riqueza se ha mantenido muy concentrada en pocas manos en nuestra sociedad.
La mitad de los alemanes tiene menos del 3% de la riqueza total del país y, de hecho, la distribución empeoró desde la reunificación de Alemania. ¿Es esto lo mejor que podemos hacer? ¿Qué proponemos para cambiarlo? Esperar que llegue el crecimiento económico y el acceso a la educación sin hacer nada no es una opción. Eso es lo que hemos estado haciendo durante un siglo y la mitad inferior de la escala de distribución de los ingresos todavía no posee nada.
Cambiar la estructura de la riqueza en la sociedad implica cambiar la estructura del poder de negociación. Quienes no tienen riqueza están en una posición de negociación muy débil. Se necesita encontrar un empleo para pagar el alquiler y las cuentas cada mes, y se debe aceptar lo que se ofrece. Es muy distinto tener 100.000 o 200.000 euros en lugar de 0 o 10.000. La gente que tiene millones tal vez no se da cuenta, pero para aquellos que no tienen nada o que a veces solo tienen deudas, significa una gran diferencia.
En su país natal, Francia, el impuesto al carbono derivó en la protesta de los chalecos amarillos. ¿Cuál fue en este caso el error de cálculo político?
-Para que los impuestos sobre el carbono sean aceptables, deben ir acompañados de la justicia tributaria y fiscal. En Francia, el impuesto al carbono solía ser bien aceptado y se aumentaba año tras año. El problema es que el gobierno de Emmanuel Macron utilizó los ingresos fiscales del impuesto sobre el carbono para hacer un enorme recorte de impuestos para el 1% más rico de Francia, suprimiendo el impuesto sobre la riqueza y la tributación progresiva sobre las rentas del capital, los intereses y los dividendos.
Esto enervó a la gente porque se le dijo que la medida era para la lucha contra el cambio climático pero, de hecho, fue solo para hacer un recorte impositivo a aquellos que financiaron su campaña política. Así es como se destruye la idea de los impuestos sobre el carbono. Uno debe ser muy cuidadoso en Alemania porque también puede haber muchos sentimientos negativos, especialmente en los grupos socioeconómicos más bajos. Para que un impuesto al carbono funcione, tiene que incluir los costos sociales y debe ser aceptado por el conjunto de la sociedad. Mayo 20, 2020
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(*) Proyecto sin ánimo lucro  de la asociación REPUBLIKA  fundada oficialmente en Paris el 24 de Noviembre del 2019. Nuestra República tiene como objeto producir y promover intermedio de su plataforma web una información de calidad basada en los tres pilares de su línea editorial: democracia participativa-directa, ecología y justicia social.