lunes, 2 de marzo de 2026

Donald Trump, guerrerista en jefe

Por Branko Marcetic* – Jacobin

Estados Unidos está atacando a Irán porque Donald Trump estaba decidido a arrastrar al país a una guerra a cualquier precio, pese a haber insistido una y otra vez en que haría exactamente lo contrario.

Finalmente lo hicieron. De todas las guerras absurdas y sin sentido que Estados Unidos libró en Medio Oriente, la que lanzó este fin de semana contra Irán puede pasar a la historia como la más absurda e inútil. Es una guerra que no era necesaria y de la que ni siquiera el hombre que la lanzó parece conocer los motivos.

Por supuesto, fue Trump quien lanzó esta guerra. Trump, el «pacificador». Trump, el «Negociador en jefe». Trump, cuyo ascenso político se construyó sobre los ataques a la destructiva guerra de George W. Bush en Irak; quien advertía sin cesar que su rival político iniciaría una guerra con Irán.

Todo el modus operandi de Trump en este mandato consistió en hacer exactamente lo contrario de lo que prometió, ya sea pisoteando la libertad de expresión y escalando la censura en Internet, o recortando Medicaid y la Seguridad Social y encareciendo la vida de la gente. Ahora puede sumar a esa lista el haber involucrado a Estados Unidos en otra sangrienta guerra en Medio Oriente, el último gesto de desprecio hacia los votantes que quizá no estaban de acuerdo con todo lo que el presidente decía o defendía, pero que creían sinceramente que al menos cumpliría esa promesa.

Seamos muy claros al respecto: Estados Unidos está en esta guerra porque Trump estaba decidido a arrastrar al país a ella a cualquier precio. Apenas unas horas antes de que Trump la lanzara, el ministro de Relaciones Exteriores de Omán, que mediaba en las conversaciones de último momento sobre un acuerdo nuclear que tuvieron lugar en los últimos días, reveló las enormes concesiones que los iraníes habían hecho en las negociaciones: no solo acordaron no acumular uranio, haciendo imposible construir una bomba, sino que también aceptaron diluir el uranio que actualmente poseen y una verificación completa por parte de inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Estas concesiones hubieran sido mucho más profundas que las que obtuvo Barack Obama en su acuerdo con Irán, y llegaban acompañadas de una promesa explícita de que el país nunca tendría un arma nuclear, algo que sus líderes afirmaron de manera constante a lo largo de las décadas y reiteraron repetidamente durante la última semana.

No importó. Trump pasó la semana mintiendo al afirmar que los iraníes se negaban a hacer esa promesa y, en una de sus últimas declaraciones públicas antes de lanzar la guerra, lamentó que supuestamente no se hubiera avanzado lo suficiente en las negociaciones. Si realmente lo quería, Trump podía conseguir un acuerdo, y uno del que podría haber presumido el resto de su vida como superior al de Obama. Pero no quiso.

No existe universo alguno en el que esta guerra le sirva a los intereses de Estados Unidos. La vida de miles de soldados estadounidenses está ahora en riesgo, mientras que varias bases estadounidenses en los vecinos Estados del Golfo ya fueron atacadas por drones y misiles iraníes como represalia, a medida que la guerra escala de forma dramática e involucra a los países vecinos. El cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita el 20 por ciento del petróleo mundial, podría, en el mejor de los casos, disparar los costos para los consumidores y agravar la crisis de asequibilidad en Estados Unidos (que Trump ya ignora), y, en el peor, desencadenar una recesión global.

¿Y para qué? El cercado, aislado y lejano Irán no representa una amenaza seria para los estadounidenses, que viven a océanos de distancia y están protegidos por unas fuerzas armadas cuyo presupuesto ronda aproximadamente cuarenta veces lo que Irán destinó recientemente a las suyas. De hecho, ahora que la guerra finalmente está en marcha, los halcones belicistas admiten sin problemas que Irán está muy por debajo de Estados Unidos en términos militares. Precisamente por eso Estados Unidos e Israel lograron salirse con la suya con una serie de ataques no provocados contra el país a lo largo de la última década, y solo enfrentaron represalias teatrales que, hasta el año pasado, estuvieron cuidadosamente calibradas y anunciadas con anticipación para permitir que el régimen salvara las apariencias mientras evitaba una guerra que no quería librar.

Irán no tiene forma de atacar seriamente el territorio continental de Estados Unidos, por más que Trump y sus lacayos repitan la mentira una y otra vez, ni posee ninguna de las armas de destrucción masiva (ADM) que, al igual que ocurrió con la guerra fraudulenta de George W. Bush en Irak, ahora se invocan perezosamente para justificar esta guerra. De hecho, Irán es apenas el último de una serie de Estados relativamente débiles y sin ADM que quedaron en la mira de los intentos de cambio de régimen de Washington en el siglo XXI, entre los que se cuentan Afganistán, Irak, Libia y, más recientemente, Venezuela y Cuba, mientras que una Corea del Norte fuertemente armada permanece a salvo de cualquier ataque estadounidense y Trump le escribe cartas de amor a su líder. Como esos otros países, Irán no está siendo atacado porque represente una amenaza para Estados Unidos; está siendo atacado precisamente porque no la representa.

Por eso, este año Trump y todos los demás neoconservadores que clamaron por esta guerra fueron presentando una justificación tras otra para intentar legitimarla. ¿Recuerdan enero, cuando Trump nos dijo que el gobierno iraní debía ser derrocado para proteger a los valientes civiles iraníes que estaban siendo asesinados por su propio gobierno? Ahora la lógica se invierte: el ejército estadounidense debe matar a esos mismos civiles iraníes para derrocar a su gobierno.

¿Y por qué debe ser derrocado el régimen iraní? El año pasado era por su programa de enriquecimiento nuclear, que Trump afirmó haber destruido la primera vez que inició una guerra contra el país el pasado junio. El mes pasado fueron las armas no nucleares de Irán, su arsenal de misiles balísticos. Durante la última semana, Trump volvió a golpear el tambor del enriquecimiento nuclear, hasta que en las últimas horas decidió que en realidad intentaba llevar la democracia a los iraníes, tarea que emprendió rápidamente bombardeando una escuela primaria y matando a casi un centenar de niñas.

La razón no importa, y Trump y el resto de su banda belicista apenas se molestan en fingir que sí. Según trascendió, en una reunión de alto nivel sobre seguridad nacional de hace dos semanas, Trump le preguntó a su director de la CIA y al jefe del Estado Mayor Conjunto cuál era su evaluación de la estrategia estadounidense más amplia en Irán, aparentemente olvidando que es el presidente quien fija la estrategia y que la cúpula militar simplemente la ejecuta. En otras palabras, Trump no tiene idea de qué intenta lograr aquí, como ya se advierte en sus justificaciones cambiantes, en su enfoque errático de las negociaciones y en el hecho de que ya esté hablando de «vías de salida».

Entonces, ¿a quién beneficia esto? La respuesta evidente es que a una dirigencia israelí ávida de guerra, cada vez más influida por una fantasía neobíblica desquiciada que busca utilizar a Estados Unidos para arrasar Medio Oriente y anexarse lo que quede. Según informó CNN, la guerra se lanzó en la víspera de la festividad judía de Purim, que gira en torno a una historia bíblica sobre una amenaza proveniente del Irán actual, a la que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu hizo amplias referencias en su declaración sobre los ataques.

Funcionarios israelíes le dijeron a Reuters que Israel no solo participó en la planificación de esta guerra durante meses, sino que esta fecha altamente simbólica fue elegida semanas atrás (una línea que desde entonces fue misteriosamente eliminada del informe sin explicación). De ser cierto, sugiere que no solo la diplomacia estadounidense de la última semana fue una farsa, sino que esta es en realidad una guerra israelí, tercerizada para que los estadounidenses la combatan y mueran en ella. Benjamin Netanyahu intentó involucrar a Estados Unidos en esta guerra durante más de treinta años, incluso en repetidas ocasiones cuando el debilitado y enfermo Joe Biden estaba en el poder. Sin embargo, solo consiguió su deseo cuando Trump asumió el cargo, dando pruebas de ser un felpudo aún más servil para que los israelíes se limpiaran los zapatos.

Con informes sobre la muerte del ayatolá Jamenei y de otros altos funcionarios iraníes, es probable que Trump intente presentar esto como una victoria rápida, tal vez incluso usarla como vía para desentenderse de la guerra que inició. Eso puede resultar más fácil de decir que de hacer. Cada vacío de poder creado por Estados Unidos en Medio Oriente derivó en guerra civil y anarquía sin ley, y hasta la propia CIA anticipó que lo que seguiría a Jamenei sería un régimen aún más duro dirigido por miembros del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica.

Otra posibilidad, el colapso total del gobierno iraní, podría generar un caos sin ley al estilo de Libia pero a una escala aún mayor, donde el país se convierta en un semillero y refugio seguro para militantes. En cualquiera de los casos, Trump y todo Washington enfrentarían la disyuntiva de involucrar aún más a Estados Unidos, y arriesgarse a un atolladero para asegurar una transición favorable a sus intereses, o retirarse y dejar que ocurra lo que tenga que ocurrir, lo que podría significar futuras amenazas para las bases estadounidenses y para Israel, potencialmente arrastrando de nuevo a Estados Unidos al conflicto. Trump lanzó esta guerra tomando como referencia el éxito de su secuestro de Nicolás Maduro, pero esta es una operación muy distinta contra un país muy distinto.

No sabemos qué viene ahora, y Trump tampoco lo sabe, por más que espere poder salir rápida y limpiamente de los acontecimientos que puso en marcha. Hay, sin embargo, una cosa que sí podemos afirmar con certeza. Trump está lejos de ser el azote de los neoconservadores que sus seguidores más fervientes esperaban y creían. Trump es el neoconservador en jefe.

*Branko Marcetic, redactor de Jacobin Magazine y autor de Yesterday’s Man: The Case Against Joe Biden 

*Traducción: Pedro Perucca. 

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