lunes, 2 de marzo de 2026

Donald Trump, guerrerista en jefe

Por Branko Marcetic* – Jacobin

Estados Unidos está atacando a Irán porque Donald Trump estaba decidido a arrastrar al país a una guerra a cualquier precio, pese a haber insistido una y otra vez en que haría exactamente lo contrario.

Finalmente lo hicieron. De todas las guerras absurdas y sin sentido que Estados Unidos libró en Medio Oriente, la que lanzó este fin de semana contra Irán puede pasar a la historia como la más absurda e inútil. Es una guerra que no era necesaria y de la que ni siquiera el hombre que la lanzó parece conocer los motivos.

Por supuesto, fue Trump quien lanzó esta guerra. Trump, el «pacificador». Trump, el «Negociador en jefe». Trump, cuyo ascenso político se construyó sobre los ataques a la destructiva guerra de George W. Bush en Irak; quien advertía sin cesar que su rival político iniciaría una guerra con Irán.

Todo el modus operandi de Trump en este mandato consistió en hacer exactamente lo contrario de lo que prometió, ya sea pisoteando la libertad de expresión y escalando la censura en Internet, o recortando Medicaid y la Seguridad Social y encareciendo la vida de la gente. Ahora puede sumar a esa lista el haber involucrado a Estados Unidos en otra sangrienta guerra en Medio Oriente, el último gesto de desprecio hacia los votantes que quizá no estaban de acuerdo con todo lo que el presidente decía o defendía, pero que creían sinceramente que al menos cumpliría esa promesa.

Seamos muy claros al respecto: Estados Unidos está en esta guerra porque Trump estaba decidido a arrastrar al país a ella a cualquier precio. Apenas unas horas antes de que Trump la lanzara, el ministro de Relaciones Exteriores de Omán, que mediaba en las conversaciones de último momento sobre un acuerdo nuclear que tuvieron lugar en los últimos días, reveló las enormes concesiones que los iraníes habían hecho en las negociaciones: no solo acordaron no acumular uranio, haciendo imposible construir una bomba, sino que también aceptaron diluir el uranio que actualmente poseen y una verificación completa por parte de inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Estas concesiones hubieran sido mucho más profundas que las que obtuvo Barack Obama en su acuerdo con Irán, y llegaban acompañadas de una promesa explícita de que el país nunca tendría un arma nuclear, algo que sus líderes afirmaron de manera constante a lo largo de las décadas y reiteraron repetidamente durante la última semana.

No importó. Trump pasó la semana mintiendo al afirmar que los iraníes se negaban a hacer esa promesa y, en una de sus últimas declaraciones públicas antes de lanzar la guerra, lamentó que supuestamente no se hubiera avanzado lo suficiente en las negociaciones. Si realmente lo quería, Trump podía conseguir un acuerdo, y uno del que podría haber presumido el resto de su vida como superior al de Obama. Pero no quiso.

No existe universo alguno en el que esta guerra le sirva a los intereses de Estados Unidos. La vida de miles de soldados estadounidenses está ahora en riesgo, mientras que varias bases estadounidenses en los vecinos Estados del Golfo ya fueron atacadas por drones y misiles iraníes como represalia, a medida que la guerra escala de forma dramática e involucra a los países vecinos. El cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita el 20 por ciento del petróleo mundial, podría, en el mejor de los casos, disparar los costos para los consumidores y agravar la crisis de asequibilidad en Estados Unidos (que Trump ya ignora), y, en el peor, desencadenar una recesión global.

¿Y para qué? El cercado, aislado y lejano Irán no representa una amenaza seria para los estadounidenses, que viven a océanos de distancia y están protegidos por unas fuerzas armadas cuyo presupuesto ronda aproximadamente cuarenta veces lo que Irán destinó recientemente a las suyas. De hecho, ahora que la guerra finalmente está en marcha, los halcones belicistas admiten sin problemas que Irán está muy por debajo de Estados Unidos en términos militares. Precisamente por eso Estados Unidos e Israel lograron salirse con la suya con una serie de ataques no provocados contra el país a lo largo de la última década, y solo enfrentaron represalias teatrales que, hasta el año pasado, estuvieron cuidadosamente calibradas y anunciadas con anticipación para permitir que el régimen salvara las apariencias mientras evitaba una guerra que no quería librar.

Irán no tiene forma de atacar seriamente el territorio continental de Estados Unidos, por más que Trump y sus lacayos repitan la mentira una y otra vez, ni posee ninguna de las armas de destrucción masiva (ADM) que, al igual que ocurrió con la guerra fraudulenta de George W. Bush en Irak, ahora se invocan perezosamente para justificar esta guerra. De hecho, Irán es apenas el último de una serie de Estados relativamente débiles y sin ADM que quedaron en la mira de los intentos de cambio de régimen de Washington en el siglo XXI, entre los que se cuentan Afganistán, Irak, Libia y, más recientemente, Venezuela y Cuba, mientras que una Corea del Norte fuertemente armada permanece a salvo de cualquier ataque estadounidense y Trump le escribe cartas de amor a su líder. Como esos otros países, Irán no está siendo atacado porque represente una amenaza para Estados Unidos; está siendo atacado precisamente porque no la representa.

Por eso, este año Trump y todos los demás neoconservadores que clamaron por esta guerra fueron presentando una justificación tras otra para intentar legitimarla. ¿Recuerdan enero, cuando Trump nos dijo que el gobierno iraní debía ser derrocado para proteger a los valientes civiles iraníes que estaban siendo asesinados por su propio gobierno? Ahora la lógica se invierte: el ejército estadounidense debe matar a esos mismos civiles iraníes para derrocar a su gobierno.

¿Y por qué debe ser derrocado el régimen iraní? El año pasado era por su programa de enriquecimiento nuclear, que Trump afirmó haber destruido la primera vez que inició una guerra contra el país el pasado junio. El mes pasado fueron las armas no nucleares de Irán, su arsenal de misiles balísticos. Durante la última semana, Trump volvió a golpear el tambor del enriquecimiento nuclear, hasta que en las últimas horas decidió que en realidad intentaba llevar la democracia a los iraníes, tarea que emprendió rápidamente bombardeando una escuela primaria y matando a casi un centenar de niñas.

La razón no importa, y Trump y el resto de su banda belicista apenas se molestan en fingir que sí. Según trascendió, en una reunión de alto nivel sobre seguridad nacional de hace dos semanas, Trump le preguntó a su director de la CIA y al jefe del Estado Mayor Conjunto cuál era su evaluación de la estrategia estadounidense más amplia en Irán, aparentemente olvidando que es el presidente quien fija la estrategia y que la cúpula militar simplemente la ejecuta. En otras palabras, Trump no tiene idea de qué intenta lograr aquí, como ya se advierte en sus justificaciones cambiantes, en su enfoque errático de las negociaciones y en el hecho de que ya esté hablando de «vías de salida».

Entonces, ¿a quién beneficia esto? La respuesta evidente es que a una dirigencia israelí ávida de guerra, cada vez más influida por una fantasía neobíblica desquiciada que busca utilizar a Estados Unidos para arrasar Medio Oriente y anexarse lo que quede. Según informó CNN, la guerra se lanzó en la víspera de la festividad judía de Purim, que gira en torno a una historia bíblica sobre una amenaza proveniente del Irán actual, a la que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu hizo amplias referencias en su declaración sobre los ataques.

Funcionarios israelíes le dijeron a Reuters que Israel no solo participó en la planificación de esta guerra durante meses, sino que esta fecha altamente simbólica fue elegida semanas atrás (una línea que desde entonces fue misteriosamente eliminada del informe sin explicación). De ser cierto, sugiere que no solo la diplomacia estadounidense de la última semana fue una farsa, sino que esta es en realidad una guerra israelí, tercerizada para que los estadounidenses la combatan y mueran en ella. Benjamin Netanyahu intentó involucrar a Estados Unidos en esta guerra durante más de treinta años, incluso en repetidas ocasiones cuando el debilitado y enfermo Joe Biden estaba en el poder. Sin embargo, solo consiguió su deseo cuando Trump asumió el cargo, dando pruebas de ser un felpudo aún más servil para que los israelíes se limpiaran los zapatos.

Con informes sobre la muerte del ayatolá Jamenei y de otros altos funcionarios iraníes, es probable que Trump intente presentar esto como una victoria rápida, tal vez incluso usarla como vía para desentenderse de la guerra que inició. Eso puede resultar más fácil de decir que de hacer. Cada vacío de poder creado por Estados Unidos en Medio Oriente derivó en guerra civil y anarquía sin ley, y hasta la propia CIA anticipó que lo que seguiría a Jamenei sería un régimen aún más duro dirigido por miembros del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica.

Otra posibilidad, el colapso total del gobierno iraní, podría generar un caos sin ley al estilo de Libia pero a una escala aún mayor, donde el país se convierta en un semillero y refugio seguro para militantes. En cualquiera de los casos, Trump y todo Washington enfrentarían la disyuntiva de involucrar aún más a Estados Unidos, y arriesgarse a un atolladero para asegurar una transición favorable a sus intereses, o retirarse y dejar que ocurra lo que tenga que ocurrir, lo que podría significar futuras amenazas para las bases estadounidenses y para Israel, potencialmente arrastrando de nuevo a Estados Unidos al conflicto. Trump lanzó esta guerra tomando como referencia el éxito de su secuestro de Nicolás Maduro, pero esta es una operación muy distinta contra un país muy distinto.

No sabemos qué viene ahora, y Trump tampoco lo sabe, por más que espere poder salir rápida y limpiamente de los acontecimientos que puso en marcha. Hay, sin embargo, una cosa que sí podemos afirmar con certeza. Trump está lejos de ser el azote de los neoconservadores que sus seguidores más fervientes esperaban y creían. Trump es el neoconservador en jefe.

*Branko Marcetic, redactor de Jacobin Magazine y autor de Yesterday’s Man: The Case Against Joe Biden 

*Traducción: Pedro Perucca. 

viernes, 12 de diciembre de 2025

Trump y su imperio de arrogancia y brutalidad

Por Jeffrey D. Sachs* – Common Dreams*

El último memorándum del presidente sobre la Estrategia de Seguridad Nacional trata la libertad de coaccionar a otros como la esencia de la soberanía estadounidense. Se trata de un documento ominoso que, de mantenerse, volverá para atormentar a Estados Unidos.

La Estrategia de Seguridad Nacional (National Security Strategy, NSS) para 2025 recientemente publicada por el presidente Donald Trump se presenta como un plan para renovar la fuerza estadounidense. Está peligrosamente mal concebido de cuatro maneras.

Primero, la NSS se ancla en la grandiosidad: la creencia de que Estados Unidos disfruta de una supremacía sin igual en todas las dimensiones clave del poder. En segundo lugar, se basa en una visión del mundo claramente maquiavélica, que trata a otras naciones como instrumentos que pueden manipularse en beneficio de Estados Unidos. Tercero, descansa en un nacionalismo ingenuo que considera las instituciones y el derecho internacional como obstáculos para la soberanía estadounidense, en vez de infraestructuras que incrementan la seguridad de Estados Unidos y del mundo en su conjunto.

En cuarto lugar, demuestra la brutalidad con la que Trump utiliza a la CIA y al ejército. A los pocos días de la publicación de la NSS, Estados Unidos incautó descaradamente un barco que transportaba petróleo venezolano en alta mar, aduciendo que el buque había violado anteriormente sanciones estadounidenses contra Irán.

La incautación no fue una medida defensiva para evitar una amenaza inminente. Tampoco es ni remotamente legal incautar petroleros en alta mar debido a sanciones unilaterales de Estados Unidos. Solo el Consejo de Seguridad de la ONU tiene esa autoridad. Por el contrario, la incautación es un acto ilegal destinado a forzar un cambio de régimen en Venezuela. Se produce tras la declaración de Trump de que ha ordenado a la CIA llevar a cabo operaciones encubiertas dentro de Venezuela para desestabilizar el régimen.

La seguridad estadounidense no se reforzará con el matonaje. Se debilitará, tanto estructural como moral y estratégicamente. Una gran potencia que asusta a sus aliados, coacciona a sus vecinos y desprecia las normas internacionales acaba aislándose a sí misma.

En otras palabras, la NSS no es solo un ejercicio de arrogancia sobre el papel. Se está traduciendo rápidamente en una práctica descarada.

Un destello de realismo, luego una estacada de arrogancia

Para ser justos, la NSS contiene momentos de realismo con un largo retraso. Reconoce implícitamente que Estados Unidos no puede ni debe intentar dominar el mundo entero, y admite acertadamente que algunos aliados han elegido arrastrar a Washington a guerras costosas en desmedro de los verdaderos intereses de Estados Unidos. También da un paso atrás, al menos retóricamente, respecto a una cruzada de gran potencia que lo consume todo. La estrategia rechaza la fantasía de que Estados Unidos puede o debe imponer un orden político universal.

Pero la modestia dura poco. La NSS reafirma rápidamente que Estados Unidos posee «la economía más grande e innovadora del mundo», «el sistema financiero líder en el mundo» y «el sector tecnológico más avanzado y rentable del mundo», todo ello respaldado por «el ejército más poderoso y capaz del mundo». Estas declaraciones no sólo sirven como afirmaciones patrióticas, sino como justificación para el uso del predominio estadounidense para imponer condiciones a otros. Parece que los países más pequeños serán los más afectados por esta arrogancia, ya que Estados Unidos no puede derrotar a las otras grandes potencias, entre otras cosas porque estas poseen armas nucleares.

Doctrina de maquiavelismo al desnudo

La grandilocuencia de la NSS está ligada a un maquiavelismo descarado. La pregunta que plantea no es cómo pueden cooperar Estados Unidos y otros países en beneficio mutuo, sino cómo se puede aplicar la influencia estadounidense —sobre los mercados, las finanzas, la tecnología y la seguridad— para obtener las máximas concesiones de otros países.

Esto es más notorio en la discusión de la NSS dedicada al Hemisferio Occidental, donde declara que la Doctrina Monroe es un «Corolario de Trump». La NSS declara que Estados Unidos asegurará que América Latina «permanezca libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave», y que las alianzas y la ayuda estarán condicionadas a «reducir la influencia adversaria externa». Esa «influencia» se refiere claramente a la inversión, la infraestructura y los préstamos chinos.

La NSS es explícita: los acuerdos de Estados Unidos con los países «que más dependen de nosotros y sobre los que, por lo tanto, tenemos mayor influencia» deben dar lugar a contratos de proveedor único para las empresas estadounidenses. La política de Estados Unidos debe «hacer todo lo posible por expulsar a las empresas extranjeras» que construyen infraestructuras en la región, y Estados Unidos debe reformar las instituciones multilaterales de desarrollo, como el Banco Mundial, para que «sirvan a los intereses estadounidenses».

A los gobiernos latinoamericanos, muchos de los cuales mantienen un intenso comercio tanto con Estados Unidos como con China, efectivamente se les está diciendo: deben negociar con nosotros, no con China, o enfrentarán las consecuencias.

Esa estrategia es estratégicamente ingenua. China es el principal socio comercial de la mayor parte del mundo, incluidos muchos países del hemisferio occidental. Estados Unidos no podrá obligar a los países latinoamericanos a expulsar a las empresas chinas, pero dañará gravemente la diplomacia estadounidense en el intento.

Una violencia tan descarada que incluso los aliados cercanos están alarmados

La NSS proclama una doctrina de «soberanía y respeto», pero su comportamiento ya ha reducido ese principio a soberanía para Estados Unidos y vulnerabilidad para el resto. Lo que hace que la doctrina emergente sea aún más extraordinaria es que ahora está asustando no solo a los pequeños Estados de América Latina, sino incluso a los aliados más cercanos de Estados Unidos en Europa.

En un acontecimiento notable, Dinamarca, uno de los socios más leales de Estados Unidos en la OTAN, ha declarado abiertamente que Estados Unidos es una amenaza potencial para la seguridad nacional danesa. Los responsables de la planificación de la defensa danesa han declarado públicamente que no se puede dar por sentado que el Gobierno de Trump respete la soberanía del Reino de Dinamarca sobre Groenlandia, y que Dinamarca debe prepararse para la eventualidad de que Estados Unidos intente apoderarse de la isla por la fuerza.

Esto sorprende en varios niveles. Groenlandia ya alberga la base aérea estadounidense de Thule y forma parte integrante del sistema de seguridad occidental. Dinamarca no es antiamericana, ni pretende provocar a Washington. Simplemente está respondiendo de manera racional a un mundo en el que Estados Unidos ha comenzado a comportarse de manera impredecible, incluso con sus supuestos amigos.

El hecho de que Copenhague se vea obligada a contemplar medidas defensivas contra Washington lo dice todo. Sugiere que la legitimidad de la arquitectura de seguridad liderada por Estados Unidos se está erosionando desde dentro. Si incluso Dinamarca cree que debe protegerse contra Estados Unidos, el problema ya no es la vulnerabilidad de América Latina. Se trata de una crisis sistémica de confianza entre naciones que antes veían a Estados Unidos como el garante de la estabilidad, pero que ahora lo consideran un posible o probable agresor.

En resumen, la NSS parece canalizar la energía que antes se dedicaba a la confrontación entre grandes potencias hacia la intimidación de los Estados más pequeños. Si bien Estados Unidos parece estar un poco menos inclinado a lanzar guerras de billones de dólares en el extranjero, se muestra más propenso a utilizar como armas las sanciones, la coacción financiera, la incautación de activos y el robo en alta mar.

El pilar que falta: ley, reciprocidad y decencia

Quizás el defecto más grave de la NSS sea lo que omite: un compromiso con el derecho internacional, la reciprocidad y decencia básicas como fundamentos de la seguridad estadounidense.

La NSS considera que las estructuras de gobernanza global son un obstáculo para la acción de Estados Unidos. Desprecia la cooperación climática como «ideología» y, de hecho, como un «engaño», según el reciente discurso de Trump en la ONU. Minimiza la importancia de la Carta de las Naciones Unidas y concibe las instituciones internacionales principalmente como instrumentos que deben adaptarse a las preferencias estadounidenses. Sin embargo, son precisamente los marcos legales, los tratados y las normas predecibles los que han protegido históricamente los intereses estadounidenses.

Los fundadores de los Estados Unidos lo entendieron claramente. Tras la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, los trece nuevos estados soberanos adoptaron rápidamente una constitución para poner en común poderes clave —sobre impuestos, defensa y diplomacia— no para debilitar la soberanía de los estados, sino para garantizarla mediante la creación del Gobierno Federal de los Estados Unidos. La política exterior del Gobierno de los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial hizo lo mismo a través de la ONU, las instituciones de Bretton Woods, la Organización Mundial del Comercio y los acuerdos de control de armas.

La NSS de Trump ahora invierte esa lógica. Considera que la libertad de coaccionar a otros es la esencia de la soberanía. Desde esa perspectiva, la incautación del petrolero venezolano y las inquietudes de Dinamarca son manifestaciones de la nueva política.

Atenas, Melos y Washington

Tal arrogancia volverá para atormentar a Estados Unidos. El historiador griego Tucídides relata que cuando la Atenas imperial se enfrentó a la pequeña isla de Melos en el año 416 a. C., los atenienses declararon que «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Sin embargo, la arrogancia de Atenas también fue su perdición. Doce años más tarde, en el año 404 a. C., Atenas cayó ante Esparta. La arrogancia, la ambición desmesurada y el desprecio de Atenas hacia los estados más pequeños contribuyeron a galvanizar la alianza que finalmente la derrocó.

La NSS de 2025 habla en un tono similarmente arrogante. Es una doctrina de poder por encima de la ley, de coacción por encima del consentimiento y de dominio por encima de la diplomacia. La seguridad estadounidense no se reforzará con el matonaje. Se debilitará, tanto estructural como moral y estratégicamente. Una gran potencia que asusta a sus aliados, coacciona a sus vecinos y hace caso omiso de las normas internacionales acaba aislándose a sí misma.

La estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos debería basarse en premisas totalmente diferentes: la aceptación de un mundo plural; el reconocimiento de que la soberanía se fortalece, y no se debilita, a través del derecho internacional; el reconocimiento de que la cooperación mundial en materia de clima, salud y tecnología es indispensable; y la comprensión de que la influencia mundial de Estados Unidos depende más de la persuasión que de la coacción.

*Jeffrey D. Sachs: Economista de renombre mundial, es un referente en el campo del desarrollo sostenible. Director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia, también preside la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. Es autor de numerosos libros, entre ellos los éxitos de ventas El fin de la pobreza y El precio de la civilización.  

*Originalmente publicado en inglés.

Leer también: https://www.diario-red.com/opinion/william-serafino/donald-trump-quita-mascara-caribe/20251211190955060008.html

 

El humo de Gaza nubla las llamas de Cisjordania: el proyecto colonial se hace permanente

 Análisis – Rebelión*

Mientras los ojos internacionales siguen puestos en Gaza, Tel Aviv está ejecutando su campaña más agresiva de limpieza étnica y robo de tierras en la Cisjordania ocupada desde 1948.

En la mañana del 7 de octubre de 2023, mientras el mundo se preparaba para las consecuencias de la Operación Inundación de Al-Aqsa, otro frente de guerra se abrió silenciosamente. No con ataques aéreos ni artillería, sino con excavadoras, leyes y milicias de colonos. 

Mientras las bombas pulverizaban Gaza, la Cisjordania ocupada se encendió en un fuegodiferente: uno de expulsión sistemática, desposesión violenta y anexión legal.

El estado colono avanza 

Esta guerra no aparece en los titulares ni es tendencia en las redes sociales, a menos que uno siga estos acontecimientos. Pero sus consecuencias podrían ser aún más duraderas. Con el pretexto de la devastación de Gaza, Israel ha acelerado una campaña largamente planificada para desmembrar por la fuerza la Cisjordania ocupada, destruir la vida agrícola palestina y borrar cualquier perspectiva de un Estado palestino soberano. 

Sus instrumentos son a la vez brutales y burocráticos, e incluyen colonos armados, robo de agua, saqueo arqueológico, estrangulamiento económico y la neutralización política de lo que queda de la Autoridad Palestina (AP).

La violencia de los colonos se convierte en doctrina de Estado

Los ataques de colonos contra palestinos ya no son aleatorios ni descontrolados. Antiguamente, eran atribuidos a facciones marginales como la «Juventud de la Cima», esta violencia se ha transformado, desde el 7 de octubre, en una extensión paramilitar semioficial del Estado israelí. Turbas armadas de colonos operan ahora en plena coordinación con el ejército de ocupación, como ejecutores de una política de desplazamiento forzado.

En las zonas B y C de Cisjordania ocupada, los agricultores y aldeanos palestinos han sido perseguidos por estas milicias que irrumpen en las casas, destruyen paneles solares, envenenan los tanques de agua y queman los cultivos, no sólo para intimidar, sino para herir, matar y expulsar a la gente de sus tierras.

Estos ataques reflejan un cambio estratégico. Según la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), solo en octubre se registraron más de 260 ataques de colonos, la cifra más alta desde 2006. Estos ataques, con un promedio de ocho al día, son sistemáticos y se dirigen de forma desproporcionada a agricultores durante la temporada de cosecha y a comunidades de pastores en zonas remotas.

Sin embargo, la verdadera arma es la impunidad. Los colonos ahora actúan con plena confianza en que el Estado los protegerá, no los procesará. En un caso, incendiaron una mezquita en Deir Istiya y pintaron sus paredes con un mensaje desafiante: «No tememos a Avi Bluth», en referencia al jefe del Comando Central del ejército israelí. Respaldados por ministros extremistas como Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir, se sienten —y actúan— como los verdaderos soberanos del territorio.

El grupo israelí de derechos humanos Yesh Din informa que, incluso antes de la guerra, el 94 % de los casos de violencia de colonos terminaban sin acusación. Desde el inicio de la guerra, incluso la apariencia de un proceso legal se ha evaporado.

Criminalización de los olivos 

En la Cisjordania ocupada, la guerra de Israel se extiende literalmente a las raíces. El olivo, elemento vital de la sociedad y la economía rurales palestinas, es ahora un objetivo prioritario. Tel Aviv ha instrumentalizado el control de recursos y las leyes ambientales para desmantelar la agricultura palestina y despojar a la gente de sus tierras.

Según Amnistía Internacional, los agricultores palestinos están sometidos a un régimen de dominación que restringe severamente el acceso a recursos vitales. Israel controla el 85% del agua de la Cisjordania ocupada y prohíbe la excavación de pozos, lo que obliga a muchos a depender de la agricultura tradicional de secano, una práctica que se ha vuelto inestable debido al cambio climático y al robo de aguas subterráneas en beneficio de las exuberantes colonias de colonos cercanas.

Esta guerra contra la agricultura también se libra mediante legalidades kafkianas. Israel ha criminalizado la cosecha de plantas nativas palestinas como el tomillo, el akkoub y la salvia, alegando leyes de «protección de la naturaleza». Mientras las excavadoras arrasan miles de dunams de flora silvestre para expandir los asentamientos, los palestinos que recolectan akkoub para una comida familiar son multados y encarcelados. Los expertos argumentan que esto forma parte de una campaña más amplia para separar a los palestinos de sus tierras, incluso controlando su alimentación y su modo de vida.

Mientras tanto, los colonos lanzan ataques directos contra los cultivos, bloquean el acceso de los agricultores palestinos a cientos de hectáreas de olivares y paralizan la economía local. Cuando los palestinos se resisten, se les acusa de terrorismo. El objetivo es hacer que la permanencia en la tierra sea demasiado peligrosa, demasiado cara y, en última instancia, imposible.

¿Anexión ‘sigilosa’ o abierta?

Junto a la violencia, Israel impulsa una campaña más discreta, quizás más peligrosa: la absorción legal de la Cisjordania ocupada por el Estado colono. Esta anexión progresiva no se basa en declaraciones ni ceremonias. Opera mediante leyes de zonificación, gobernanza civil y arqueología estratégica.

Una de las manifestaciones más alarmantes de este cambio es la instrumentalización de la arqueología. El gobierno israelí pretende someter la Cisjordania ocupada a la autoridad de su «Autoridad de Antigüedades de Israel», despojando de jurisdicción a la administración militar y entregándosela a un organismo civil: una anexión de facto. 

Con el pretexto de preservar el “patrimonio bíblico”, se declaran vastas áreas “sitios arqueológicos” o “parques nacionales”, creando una narrativa exclusivamente judía que automáticamente prohíbe a los palestinos construir o cultivar en esas tierras.

Esta invención histórica borra el pasado multidimensional de la región en favor de un mito judío singular diseñado para justificar la colonización.

Al sustituir el régimen militar por la ley civil, Israel reclasifica la Cisjordania ocupada no como territorio ocupado, sino como una extensión soberana. La frontera entre Tel Aviv y Tulkarem se difumina, y el apartheid se formaliza.

Desmantelando el centro político

Mientras las excavadoras arrasan los campos y las leyes asfixian las aldeas, Tel Aviv también está reestructurando la vida política palestina. El objetivo no es desmantelar por completo la  Autoridad Palestina colaboracionista —que aún cumple una función administrativa y  de seguridad en la Zona A—, sino reducirla a un subcontratista municipal neutralizado.

Israel está ignorando por completo a la Autoridad Palestina, estableciendo relaciones directas con líderes tribales, consejos de aldea y figuras influyentes locales. Esta es una política colonial clásica de dividir la política indígena, promover a los colaboradores locales y eliminar la posibilidad de un liderazgo nacional unificado. 

Esto tiene como objetivo fracturar la cohesión palestina y transformar la causa, desde una lucha de liberación nacional hasta casos humanitarios aislados: aldeas como Hebrón, Nablus y Jenin presentadas como comunidades desconectadas que necesitan caridad. 

Paralelamente, Tel Aviv asfixia financieramente a la Autoridad Palestina al desviar sus ingresos fiscales, tal como lo permiten los Acuerdos de Oslo. A medida que la Autoridad se desmorona y se vuelve disfuncional, el caos resultante se utiliza para justificar un mayor control israelí. 

La nueva Nakba

La suma de estos factores —milicias de colonos, agricultura devastada, apropiaciones ilegales de tierras y fragmentación política— es una campaña de desplazamiento forzoso sin tanques. En resumen, una Nakba (catástrofe) silenciosa. 

Un informe de B’Tselem confirma que la violencia de los colonos ha desplazado a 44 comunidades de pastores palestinos desde el inicio de la guerra. Como explica Yair Dvir, miembro de B’Tselem: «Al observar lo que está sucediendo, se ve que hay todo un sistema en marcha. No se trata solo de colonos rebeldes. Cuentan con el apoyo del establishment israelí. El objetivo es claro: el desplazamiento forzado de palestinos».

Mientras la destrucción de Gaza acapara las cámaras, la Cisjordania ocupada se vacía metódicamente a causa del miedo, la pobreza y la sed. El objetivo estratégico de Israel es eliminar el sistema de dos Estados y consagrar la realidad de un solo Estado donde se reserven plenos derechos para los judíos, mientras que los palestinos son confinados en enclaves aislados, despojados de su soberanía y, finalmente, empujados hacia la orilla este del río Jordán.

Hablar del «día de después» en Gaza sin tener en cuenta lo que se está cimentando en las colinas de la Cisjordania ocupada es pasar por alto la esencia del proyecto. Puede que los aviones de guerra se callen, pero la maquinaria de la colonización —las vallas, los permisos, las leyes, las carreteras y las armas— sigue adelante. Es aquí, en el silencio, donde se completa la eliminación. Un futuro donde se niega el retorno, se proscribe la justicia y la historia se repavimenta con hormigón y mitos.

*Originalmente publicado en The Cradle, traducido del inglés por Marwan Pérez.

lunes, 22 de julio de 2024

¿Hay tiempo todavía para evitar el desastre trumpista?

 Ben Burgis*- Jacobin  América Latina

Joe Biden está fuera de la carrera y un segundo mandato de Trump sería una pesadilla. Para evitarlo, los demócratas necesitan algo más que un candidato que sepa completar frases. Ese candidato debe poner las políticas a favor de los trabajadores en el centro de su campaña.

Hace poco más de tres semanas, Joe Biden y Donald Trump se enfrentaron en un debate. El momento más devastador fue cuando Biden dijo: «Voy a seguir moviéndome hasta que consigamos la prohibición total de la… la… la… iniciativa total relativa a lo que vamos hacer con más Patrulla Fronteriza y más oficiales de asilo». Trump respondió: «Realmente no sé lo que dijo al final de esa frase, y creo que él tampoco lo sabe». La impresión general, incluso por parte de muchos antiguos leales a Biden, era que si este hombre fuera un ciudadano privado, sus hijos estarían teniendo una difícil conversación sobre su traslado a un hogar de ancianos.

Ayer, por fin, ha tirado la toalla. Ya hemos oído un montón de tonterías sobre cómo esto fue un acto de extraordinario patriotismo, que Biden sacrificó sus ambiciones personales en aras de salvar al país de Trump. La realidad es que se aferró obstinadamente a la nominación durante semanas después de que todos, salvo sus leales más fanáticos, tuvieran meridianamente claro que era incapaz de ganar. También hemos oído muchos homenajes a su presidencia que dejan de lado su vergonzosa decisión de dar cobertura diplomática y ayuda material a Israel en su alboroto genocida en Gaza, que ha desplazado a la gran mayoría de su población y ha matado a más niños de los que habían muerto en todas las zonas de guerra del mundo en los últimos años.

Pero no hay que darle a Joe Biden elogios que no merece en absoluto para reconocer que es bueno que se haya retirado de la carrera de 2024. Una victoria de Trump sería un desastre. En el debate del 27 de junio, Trump flanqueó a Biden por la derecha sobre Palestina, diciendo extrañamente que Biden se había convertido en un palestino, «un mal palestino». El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, está deseando una victoria de Trump, sabiendo que el ex presidente daría a Israel una entusiasta luz verde para una matanza mucho peor que la que hemos visto en los últimos diez meses. Y todo indica que el regreso de Trump a la Casa Blanca desataría una ola de crueldad doméstica.

Como mínimo, podemos esperar que Trump haga lo que hizo la última vez. Bajó los impuestos a los ricos, destrozó las normas de seguridad laboral y llenó la Junta Nacional de Relaciones Laborales de rompehuelgas. Y lo peor podría ponerse mucho peor.

En la Convención Nacional Republicana (RNC), los delegados recibieron carteles para ondear exigiendo «Deportaciones masivas ya». Orador tras orador culparon falsamente a los inmigrantes indocumentados de la entrada de fentanilo en el país y, por tanto, de la epidemia de estadounidenses que mueren por sobredosis de fentanilo.

Hay, según una estimación conservadora, 11 millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. Como señala Radley Balko, si Trump realmente sigue adelante con «Deportaciones masivas ya», haciendo un intento serio de acorralar y deportar a los 11 millones, no hay escenario posible que no parezca una pesadilla autoritaria. De hecho, es plausible que Trump pusiera a Steven Miller -el único alto funcionario que no es pariente de Trump que sobrevivió los cuatro años de su primer mandato- a cargo de la operación. Y Miller ha explicado exactamente lo que quiere hacer en entrevistas.

Como escribe Balko:

Miller planea traer a la Guardia Nacional, a la policía estatal y local, a otras agencias policiales federales como la DEA y la ATF, y si es necesario, a los militares. La fuerza de deportación de Miller se infiltraría entonces en ciudades y barrios, yendo de puerta en puerta y de negocio en negocio en busca de inmigrantes indocumentados. Planea alojar a los millones de inmigrantes que quiere expulsar en campamentos de tiendas de campaña a lo largo de la frontera, y luego utilizar aviones militares para transportarlos de vuelta a sus países de origen.

Si a esto le sumamos el constante alarmismo de Trump sobre los inmigrantes que supuestamente son enviados directamente desde prisiones y manicomios a la frontera estadounidense, y cómo algunos de ellos «no son personas», esto podría ser una pesadilla.

Quien no desee averiguarlo debería alegrarse de que Biden haya abandonado. Es casi seguro que habría perdido. Pero eso no significa que la vicepresidenta Kamala Harris -o quienquiera que le sustituya- vaya a ganar. La capacidad de completar frases es un buen primer paso. Pero el contenido de esas frases sigue importando bastante.

Incluso antes de que se pusiera de manifiesto el alcance de las dificultades cognitivas de Biden, éste podría haber echado por tierra sus perspectivas de reelección al respaldar el grotesco ataque de Netanyahu contra la población de Gaza. Independientemente de cómo hubiera actuado en el debate, habría sido muy difícil imaginar, por ejemplo, que Biden ganara mi Estado natal de Michigan, que es a la vez un Estado decisivo y el hogar de la mayor concentración de votantes árabe-americanos del país. Un candidato diferente que no estuviera tan asociado a ese horror podría marcar la diferencia, especialmente si rompiera claramente con la política de Biden, aunque también es posible que a estas alturas el daño ya esté hecho.

En el frente doméstico, Biden estaba lo suficientemente desesperado como para empezar a dar algunos pasos tentativos en una dirección positiva en las últimas semanas de su candidatura. Habló de acabar con la deuda médica, por ejemplo, y de avanzar por fin hacia las desesperadamente necesarias reformas del Tribunal Supremo, una cuestión que había sido planteada por el « Escuadrón» de congresistas de izquierdas. Presentó un plan para limitar los aumentos de los alquileres al 5%, condicionando las exenciones fiscales de los grandes propietarios a que respeten este límite, aunque en un momento decisivo se equivocó al hacer este anuncio, diciendo en la Convención de la NAACP que iba a limitar los aumentos de los alquileres a cincuenta y cinco dólares.

Estas medidas no sólo eran correctas en sí mismas, sino que demostraban que algunos agentes del poder del Partido Demócrata comprendían correctamente que un electorado que desea desesperadamente reformas como éstas podría ser crucial para ganar las elecciones. Un candidato menos proclive que Biden a decir «55 dólares» cuando quiere decir «5%» podría ser capaz de mitigar el atractivo del populismo reaccionario y cínico de Trump y Vance.

Kamala Harris es ahora la favorita para la nominación. Por difícil que sea recordarlo, una vez afirmó que apoyaba Medicare para todos. En el transcurso de la campaña de 2020, se alejó de esto en torpes esfuerzos de moderación, pero podría retomar la idea.

Trump y Vance se están inclinando fuertemente hacia la retórica populista este año. El discurso de Vance en la Convención Nacional Republicana abordó el dolor de las comunidades devastadas por la desindustrialización, la crisis de la vivienda, la crisis de los opiáceos y otros problemas. Líneas como «los puestos de trabajo se enviaron al extranjero y nuestros hijos fueron enviados a la guerra» calaron hondo. Cuando se trata de apoyar políticas que hagan algo para solucionar estos problemas, todo es palabrería. Trump fue un presidente ferozmente antiobrero, y la puntuación legislativa de Vance en la AFL-CIO es del 0%.

Pero el falso populismo se nutre de un dolor muy real, y ese atractivo no se puede contrarrestar insistiendo en que todo está básicamente bien y todo lo que necesitamos son tecnócratas liberales competentes para dirigir con sensatez el barco del Estado.

Incluso si Harris u otro candidato adoptara una agenda política populista, podría ser derrotado. Demasiados votantes podrían descartarlo como retórica vacía de temporada electoral. Harris, en particular, podría no ser una mensajera creíble. Y a poco más de cien días de las elecciones, puede que no haya tiempo suficiente para replantearlas.

Pero un falso populismo contrarrestado con políticas que realmente ayuden a los trabajadores de a pie podría dar a Estados Unidos, y al mundo, la oportunidad de evitar lo que acecha al otro lado de una victoria de Trump este noviembre.

Traducción: Natalia López

………………………………………..

*Ben Burgis es profesor de filosofía y autor de Give Them An Argument: Logic for the Left. Es presentador del podcast Give Them An Argument.

lunes, 4 de diciembre de 2023

La arrogancia israelí frustró una vía política palestina

 Menachem Klein - +972 Magazine (*)

En febrero y marzo de 2021, Al Fatah y Hamás, los dos partidos políticos palestinos rivales, llegaron a un acuerdo para celebrar unas elecciones que decidieran la presidencia de la Autoridad Palestina, su consejo legislativo y la entrada de Hamás en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Estaba previsto que las elecciones se celebraran con arreglo a los Acuerdos de Oslo, tras lo cual continuarían las negociaciones con Israel para la creación de un Estado palestino.

El acuerdo incluía el compromiso de respetar el derecho internacional, establecer un Estado dentro de las fronteras de 1967 cuya capital sería Jerusalén Este, reconocer a la OLP como marco general legítimo y exclusivo, llevar a cabo una lucha popular pacífica y transferir a la Autoridad Palestina el gobierno autónomo de la Franja de Gaza.

El presidente Mahmud Abbas envió el acuerdo a la nueva Administración Biden y a los gobiernos europeos con la esperanza de que apoyaran la celebración de elecciones generales con la participación de Hamás, y posteriormente presionaran a Israel para que permitiera la votación en todos los territorios ocupados, incluido Jerusalén Este. En aquel momento, a ojos de Abbas, la firma del acuerdo por parte de Hamás era una carta ganadora; al parecer, incluía una concesión por parte de Hamás de no presentar un candidato presidencial en su nombre, lo que dejaba a Abbas la posibilidad de presentarse de nuevo prácticamente sin oposición.

El acuerdo entre Al Fatah y Hamás no surgió de la nada. Cuatro años antes, Hamás publicó sus “Principios y Políticas Generales”, un documento organizativo revisado que se apartaba significativamente de los principios fundamentalistas de los estatutos originales del grupo, de 1987, y que efectivamente aceptaba los Acuerdos de Oslo como un hecho político real. Incluso antes, en 2014, en presencia y con la mediación del emir de Qatar en Doha, la dirección de Al Fatah encabezada por Abbas se reunió con la dirección de Hamás encabezada por Jaled Mash’al. Las actas completas de las conversaciones se publicaron en un documento oficial emiratí. En esencia, el mensaje de los dirigentes de Hamás era claro: “Si en Al Fatah estáis convencidos de que mediante negociaciones podéis conseguir que Israel acepte un Estado parecido al de 1967, adelante. Nosotros no interferiremos”.

Como era de esperar, Israel se opuso a incluir Jerusalén Este en las elecciones al considerar que socavaba sus pretensiones de soberanía sobre la parte ocupada y anexionada de la ciudad. Aun así, Hamás se ofreció a celebrar las elecciones de todos modos y aceptó la restricción impuesta por Israel. Pero Israel y Estados Unidos ejercieron una gran presión sobre Abbas para que las cancelara igualmente.

No cabe duda de que había razones políticas para que Abbas suspendiera las elecciones y para que Hamás las impulsara. Las encuestas de opinión pública mostraban que la gran mayoría de los palestinos deseaban que Abbas pusiera fin a su mandato, y que Hamás podría obtener otra victoria electoral. Sin embargo, esos sondeos también indicaban que Marwan Barghouti, el destacado preso político que pretendía presentarse desde su celda de la cárcel israelí, ganaría a cualquier otro candidato presidencial. Si no se hubieran cancelado las elecciones y hubiera surgido un líder popular elegido democráticamente, probablemente la realidad política actual sería muy distinta.

Finalmente, Abbas, sometido a fuertes presiones, capituló. Unos días después comenzó la “Intifada de la Unidad”, y con ella, la operación Espada de Jerusalén, de Hamás, y la operación Guardián de los Muros, de Israel. Según informes de The New York Times y The Washington Post, por esas mismas fechas las brigadas de Al-Aqsa, el ala militar de Hamás, empezaron a concebir y planear lo que se convertiría en el Diluvio de Al-Aqsa, el asalto asesino del 7 de octubre.

Nunca hemos estado mejor”

Como muchos han planteado, existen bastantes paralelismos entre el asalto de octubre y el ataque por sorpresa a Israel que tuvo lugar cinco décadas antes, en la guerra de Yom Kippur. Desde el punto de vista operativo, tanto en 1973 como en 2023, los jefes de inteligencia de Israel no prestaron suficiente atención a los movimientos militares de sus enemigos sobre el terreno. Desde el punto de vista estratégico, un Estado árabe vecino envió a Israel una alerta que no fue tomada en serio: en 1973 fue el rey Hussein de Jordania, y en 2023 la inteligencia egipcia. Ahora bien, en ambos casos, la clase dirigente israelí confió de un modo arrogante en la errónea idea de que sus victorias militares habían logrado disuadir a sus enemigos.

Sin embargo, después de cada uno de estos asaltos, todo cambió. A pesar de haber perdido militarmente, los logros de Egipto y Siria en la guerra de 1973 “restauraron el honor árabe”, según la narrativa egipcia, al recuperar parte de lo que se había perdido en la guerra de 1967 con la victoria de Israel. De manera similar, la ofensiva de Hamás del pasado mes de octubre asestó a Israel un golpe de una escala e intensidad como no lo había hecho nunca ninguna otra organización palestina. E Israel no podrá borrar este hecho.

Como en 1973, el fracaso fundamental del 7 de octubre fue político. En 1971, dos años antes de la guerra, el presidente egipcio Anwar Sadat propuso un acuerdo parcial con Israel, en el que este se retiraría unos treinta kilómetros del canal de Suez hasta el estrecho de Mitla y la estratégica cordillera de Um Hashiba. El canal de Suez se abriría a la navegación internacional y se rehabilitarían las ciudades egipcias del lado occidental del canal destruidas por los bombardeos israelíes durante la “guerra de desgaste” que tuvo lugar después de 1967. También se trasladaría un pequeño número de tropas egipcias a la zona de la que se retiraría Israel para simbolizar la devolución de la soberanía egipcia. Este pacto, a su vez, serviría de eslabón hacia un acuerdo más amplio basado en la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU.

Con esta propuesta –que se correspondía más o menos con las ideas del entonces ministro de Defensa israelí Moshe Dayan– Sadat intentó salir del estancamiento diplomático de la región. Sin embargo, la primera ministra Golda Meir no confiaba en Sadat ni en su declarado objetivo de paz, aunque el secretario de Estado estadounidense William Rogers estaba convencido de su sinceridad. En opinión de Meir, no había diferencia entre Sadat y su predecesor, el nacionalista panárabe Gamal Abdel Nasser, y, a sus ojos, ambos simplemente querían destruir Israel. Meir se enrocó en su posición, Dayan cedió y Rogers regresó a Washington con las manos vacías.

En 1974, tras la terrible guerra, en la que murieron más de 2.600 israelíes y 300 soldados fueron capturados, Israel firmó un acuerdo de armisticio con Egipto, cuyos términos guardaban un notable parecido con la propuesta de Sadat de 1971.

Cuando, en 1971, Meir rechazó por primera vez las propuestas de Sadat creía, como gran parte de la clase dirigente israelí tras la guerra de los Seis Días, que la posición del país “nunca ha sido mejor”. De hecho, en realidad ese era el eslogan del partido gobernante Alineamiento (una encarnación del partido laborista fundador) antes de las elecciones que debían celebrarse a finales de 1973.

La misma arrogancia quedó patente en 2021, cuando Israel se opuso a las elecciones palestinas y presionó a Abbas para que abandonara sus tratos con Hamás. Netanyahu, al igual que Meir, creía que las políticas del gobierno tenían éxito y que permitir las elecciones y la reorganización de la dirección política palestina destruiría todo lo que Israel había construido. El éxito cegó a Israel y, como en 1973, pensó que nunca había estado mejor.

Volver al escenario de 2021

Desde 2006, la política de Israel hacia los palestinos ha consistido en tres elementos clave, todos ellos apoyados por Estados Unidos y los países europeos. En primer lugar, Israel tendrá el control total de la Franja de Gaza desde el exterior para garantizar la separación física, jurídica y política entre Gaza y Cisjordania, y el mantenimiento de la rivalidad entre Al Fatah y Hamás. En este contexto, Israel intentó contener a Hamás permitiendo que la financiación extranjera le ayudara a mantener las riendas del poder, junto con ataques militares periódicos para frenar su poder y obligarle a acatar el orden israelí.

En segundo lugar, Israel prefirió dirigir el conflicto con los palestinos en conjunto en lugar de resolverlo. De hecho, junto con la expansión de los asentamientos en Cisjordania, Israel creó un régimen único con su supremacía entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, y convirtió a la Autoridad Palestina en una subcontratista que controla a los palestinos en su nombre.

En tercer lugar, Israel ha trabajado para reducir significativamente el conflicto árabe-israelí más global mediante acuerdos de normalización con los Estados árabes y para dejar a los palestinos aislados y débiles. La firma de los Acuerdos de Abraham fue, de hecho, una declaración de abandono de los palestinos a merced de Israel.

Justo cuando la política de Israel estaba a punto de alcanzar la cima de su éxito mediante un acuerdo de normalización con Arabia Saudí y la finalización de un sofisticado muro alrededor de la Franja de Gaza, todo se vino abajo el 7 de octubre, con un terrible coste humano para israelíes y palestinos. Y podría haber sido diferente.

No ha sido sólo Netanyahu el que dio forma a la política israelí. Desde 2006, las instituciones políticas y de seguridad de Israel –todos sus políticos, generales y jefes de inteligencia– han participado plenamente en la formulación y aplicación de un planteamiento que ahora se ha venido abajo. Muchos de ellos siguen sin comprender hasta qué punto la sangrienta ofensiva de Hamás exige un drástico cambio de rumbo. Más bien pretenden volver a los principios anteriores y encontrar un subcontratista que gestione la Franja de Gaza en nombre de Israel, ya sea alguna entidad local, la Autoridad Palestina de Abbas o un organismo internacional. Pero ninguna entidad de este tipo puede funcionar sin la legitimidad que le otorguen las elecciones palestinas; de lo contrario, sería percibida simplemente como una colaboradora ilegítima del cruel ocupante.

En otras palabras, debemos volver al esquema político que fue rechazado en 2021 para crear una nueva realidad. Las elecciones no consisten únicamente en obtener resultados, sino en ofrecer un proceso para que los partidos se renueven y transformen sus políticas. Más allá de un alto el fuego, necesitamos elecciones palestinas como punto de inflexión que pueda conducir a una Palestina independiente en todos los territorios ocupados en 1967, en lugar de replicar en la Franja de Gaza el orden fallido que Israel impone en Cisjordania.

Este es el marco que hay que establecer contra la extrema derecha israelí, que ve una oportunidad en este momento. La extrema derecha no quiere volver a los acuerdos precedentes, sino establecer un nuevo y cruel orden tan significativo como la Nakba de 1948, empezando por la Franja de Gaza: exiliar a tantos palestinos de Gaza como sea posible; construir ciudades de asentamientos, incluida la reedificación de las evacuadas en 2005; después, ejecutar el mismo plan con la misma ferocidad en Cisjordania.

La historia tiene precedentes para disuadir de que se tome este terrible camino. En 1973/74 fue Henry Kissinger, el secretario de Estado estadounidense, el que presionó a Israel para que se abstuviera de diezmar una unidad militar egipcia, lo cual frustró un intento israelí de reanudar los combates con Egipto una vez aplicado el alto el fuego; también fue él quien supervisó la firma de dos acuerdos provisionales entre Israel y Egipto que allanaron el camino para el viaje de Sadat a Jerusalén en 1977 y para un acuerdo de paz negociado por el presidente Jimmy Carter en 1978-79.

¿Existe en la actualidad una entidad estadounidense de peso y voluntad similares para hacer lo mismo entre Israel y los palestinos?

—————–

*Menachem Klein es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Bar Ilan. Fue asesor de la delegación israelí en las negociaciones con la OLP en 2000 y uno de los líderes de la Iniciativa de Ginebra. Su nuevo libro, Arafat and Abbas: Portraits of Leadership in a State Postponed, acaba de ser publicado por Hurst London y Oxford University Press New York. +972 Magazine es una revista independiente, en línea y sin ánimo de lucro, dirigida por un grupo de periodistas palestinos e israelíes. Fundada en 2010. Artículo traducido al español por Paloma Farré, de CTXT

……………………

martes, 1 de noviembre de 2022

Ucrania y Palestina, el doble rasero europeo

 Por Teresa Aranguren* – Público.es

"Rusia será aniquilada si decide usar armamento nuclear en esta guerra", lo dijo Josep Borrell hace unos días; la frase está pidiendo una coletilla que hasta al más tonto se le ocurre: «Y nosotros también». Nosotros también seremos aniquilados si la advertencia–amenaza de Borrell llega a cumplirse.

Cuando el jefe de la diplomacia europea, cuya tarea se supone que debe ser facilitar el diálogo y las soluciones negociadas, utiliza este lenguaje de matón de barrio, en este caso el barrio es Europa y quizás el mundo, hay razones para pensar que lo peor se está fraguando paso a paso sin que nadie, nadie de quienes tienen poder para hacerlo, lo evite ni quiera evitarlo. Así que ahí vamos, alegres y confiados, hacia la catástrofe de una tercera gran guerra europea que como las anteriores se llamará mundial.

Como ya me parece escuchar la vocecita indignada que grita, «pero el culpable es Putin», me apresuro a decir que por supuesto Putin es el primer culpable ya que fue él quien lanzó a su ejército a invadir Ucrania, pero que hay también otros culpables y no todos están en Rusia. Cuando la escalada verbal dé paso a la escalada bélica y nos veamos inmersos en una guerra de destrucción mutua- ¿o habrá que decir aniquilación al estilo Borrell? – no creo que entonces importe mucho quién dio el primer paso o quien es el mayor culpable. La pregunta entonces será ¿Por qué quienes podían evitarlo, no lo evitaron? Tan adormecidos estamos que no vemos a dónde conduce tanta retórica belicista, tanto derroche ¿habría que decir negocio? armamentístico, tanto ardor guerrero y tanta unanimidad que no admite dudas, discrepancias ni por supuesto otro discurso que no sea el de «nada que negociar hay que vencer».

Es significativo que en esta Europa de las libertades el hecho de que, a raíz de la invasión y la guerra en Ucrania, se haya prohibido la difusión de los medios de comunicación rusos, la participación de deportistas rusos en competiciones europeas o que un teatro de una ciudad de provincias elimine de su programación una obra de Chejov porque ¡vaya por dios! Resulta que es ruso como Putin, no parece incomodar demasiado a quienes quizás en otras circunstancias hubieran puesto el grito en el cielo pero ahora aplauden con entusiasmo o simplemente callan. Tampoco parece incomodar demasiado que un periodista español es decir ciudadano de la UE, lleve más de nueve meses encarcelado en Polonia, país miembro de la OTAN y de la UE, a la espera de juicio y en régimen de aislamiento inhumano. Por cierto, para quienes no lo sepan que me temo pueden ser muchos, el periodista encarcelado en Polonia se llama Pablo González, es nieto de un «niño de la guerra», aquellos hijos de republicanos españoles que fueron enviados a la Unión Soviética para ponerlos a salvo de la guerra de España, por eso Pablo González nació en Moscú y habla ruso correctamente, razones que al parecer en Polonia son suficientes para acusar a un periodista español de espiar a favor de Rusia. Conviene recordarlo porque hay una estrategia de silenciamiento de todo aquello que pueda suscitar dudas o no cuadre con la versión oficial de las fuerzas del bien luchando contra las fuerzas del mal con la que se presenta esta guerra. Cuando Amnistía Internacional, haciendo gala de su habitual objetividad, presentó un informe que daba cuenta no sólo de atrocidades cometidas por el ejército ruso sino también las del ejército ucraniano, tuvo que retirarlo casi de inmediato, por presiones, mucho me temo, de EEUU y países de la OTAN. Ocultar información no es una manera muy fiable de contar lo que está ocurriendo, pero es la manera en la que se está contando lo que ocurre en esta guerra. También lo que ocurrió antes y lo que ocurrirá después si lo que dice el jefe de la diplomacia europea llega a cumplirse.

Uno de los argumentos que se esgrime con más ardor tanto en el ámbito político como en los medios de comunicación para justificar la negativa a toda posible cesión en una hipotética mesa de negociación, es el de que Europa está obligada a defender el derecho internacional porque ese es el modo civilizado de gestionar las relaciones entre naciones. Pero el derecho internacional en versión europea tiene una aplicación muy selectiva, puede llevarnos a la guerra total con Rusia pero no interfiere para nada en nuestras excelentes relaciones con Israel, país que viola sistemáticamente las resoluciones de la ONU, ha invadido en más de una ocasión el vecino Líbano, emplea en sus incursiones armas como las bombas de fósforo blanco y de fragmentación cuyo uso en zonas densamente pobladas está prohibido por la legislación internacional y sobre todo mantiene desde hace décadas una atroz ocupación militar del territorio palestino en el que, según acuerdos firmados con el aval de la ONU, EEUU y Europa, debería levantarse el futuro estado palestino. Mientras escribo estas líneas me llega un wasap de una amiga de Ramala, me cuenta que un médico de 42 años que estaba atendiendo a una niña en el hospital de Yenín, ha muerto de un disparo en el cabeza realizado por un francotirador del ejército israelí, el método es similar al del asesinato de la periodista Shireen Abu Akleh hace unos meses también en Yenín. En este mismo día y en esta misma ciudad del norte de Cisjordania, otros tres jóvenes palestinos han muerto por disparos del ejército de ocupación israelí… He dudado al escribir «ejército de ocupación» porque sé que eso suena a lenguaje de activistas, no de periodistas. La realidad es que el ejército israelí en Gaza, en Cisjordania y en Jerusalén oriental es una fuerza de ocupación, pero llamar a las cosas por su nombre en el caso de Palestina ha dejado de ser «lenguaje periodístico». No es nada excepcional, nada de lo que ha ocurrido mientras escribo estas líneas, un doctor y tres jóvenes palestinos muertos, es excepcional, ocurre a diario en los territorios palestinos bajo ocupación militar israelí. Y no pasa nada. No hay mandatarios europeos clamando por algún tipo de acción de castigo, más bien al contrario, la Unión Europea mantiene relaciones comerciales preferentes con Israel, sus dirigentes intercambian visitas amistosas y en el festival de Eurovisión Israel participa, y hasta gana, sin problemas, aunque en esos mismos días su ejército esté bombardeando una vez más la franja de Gaza.

El derecho internacional que Israel viola a diario en Palestina parece importar un comino a los dirigentes de la UE que sin embargo lo utilizan como excusa para justificar la escalada belicista en la que nos han embarcado.

Esto no va de derecho sino de hegemonía, la que Estados Unidos estaba perdiendo y ha recuperado tan fácilmente. Y de dependencia, la que Europa ha aceptado de manera tan dócil como insensata. No se trata de defender a la población ucraniana sino de utilizar Ucrania para aplastar a Rusia.

Y habrá muchos muertos, ucranianos, rusos y si nadie lo para habrá muchos muertos en toda Europa.

……………………..

*María Teresa Aranguren Amézola es una periodista española cuya trayectoria profesional ha estado ligada a la información internacional del mundo árabe y zonas en conflicto. 

jueves, 18 de noviembre de 2021

La lengua excluyente

 Cristina Peri Rossi

Yo tenía cinco años. La maestra escribió en la pizarra: "Todos los hombres son mortales". Sentí un enorme alivio, un gran regocijo.

Esa tarde, cuando salí del colegio, corrí a mi casa y abracé muy estrechamente a mi madre.
"Qué suerte, mamita, tú no te vas a morir nunca!" le dije, arrebatadamente.
"Qué?" preguntó mi madre, sorprendida.
Me separé apenas de ella y le expliqué:
-La maestra escribió en la pizarra que los hombres son mortales.
Y tú eres mujer!. Por suerte, eres mujer, dije y volví a abrazarla.
Mi madre me separó tiernamente de sus brazos.
-Esa frase, querida mía, incluye a hombres y mujeres. Todos y todas moriremos algún día.
Me sentí completamente consternada y desilusionada.
-Entonces, por qué no escribió eso?: "Todos los hombres y mujeres son mortales"?, pregunté.
-Bueno- dijo mi madre, en realidad, para simplificar, las mujeres estamos encerradas en la palabra "hombres".
-Encerradas?- pregunté. Por qué?
-Porque somos mujeres- me contestó mi madre.
La respuesta me desconcertó.
Y por qué nos encierran? le pregunté.
Es muy largo de explicar, respondió mi madre. Pero acéptalo así. Hay cosas que no son fáciles de cambiar.
-Pero si digo "todas las mujeres son mortales"?también encierra a los hombres?
-No- contestó mi madre. Esa frase se refiere sólo a las mujeres.
Me entró una crisis de llanto.
Comprendí súbitamente muchas cosas y algunas muy desagradables, como que el lenguaje no era la realidad, sino una manera de encerrar a las cosas y a las personas, según su género, aunque apenas sabía qué era género: además de servir para hacer faldas, el género era una forma de prisión.