Luis Casado
(POLITIKA, Chile)
En la muy malograda Unión Europea la solidaridad no tiene cabida. Los incautos pensaban que el proceso de integración traería consigo, entre otras, la ventaja de formar parte de un conjunto coherente y fraterno dispuesto a compartir catre y macarrones, los buenos y malos momentos, penas y alegrías y un futuro promisorio.Olvidaban que el coso se limita a un “mercado común”, en el que prima el mercado y hay muy poco en común, como no sea el sometimiento a los mercados financieros y a una burocracia designada a dedo.
Una vez dentro, cada cual se rasca con sus propias uñas. Los fondos estructurales del inicio, destinados a promover el desarrollo y la modernización de las regiones más atrasadas, encogieron a medida que llegaban los países miserables. De modo que obligados a competir con los grandes –Alemania, Francia, Reino Unido, Italia– los Estados picantes, dirigidos por una elite tan mediocre como la nuestra, no encontraron nada mejor que imitar al campo de flores bordado. Me explico.
Comenzaban los años funestos del gobierno de Ricardo Lagos, cuando un alto funcionario del Estado de Chile me comentó ‘los planes’: generarle las mejores condiciones a la inversión extranjera organizando ‘la pensión Soto’. Otorgar ‘patente de corso’ era la consigna. Del mismo modo, la ‘periferia’ de la Unión Europea, y porqué no decirlo, los ‘grandes’, no encontraron nada mejor que montar un competitivo burdel.
Visto que los gobiernos nacionales ya no pintan, habiendo dimitido en favor de los mercados financieros y la burocracia designada a dedo, lo único que les queda es ofrecer sus encantos. Uno de ellos, –encantos digo–, reside en bajar la tasa del impuesto a los beneficios con el propósito de sustraerle inversión a los otros miembros de la UE. Irlanda se tiró de cabeza. Hoy en día ostenta la tasa más baja de impuesto a las sociedades del llamado primer mundo: un pinche 12,5%. Las multinacionales se precipitaron a Dublin e Irlanda conoció un período de bonanza como no te imaginas.
Todo dios debía partir a Irlanda, sobre todo las sedes de las multinacionales, los jóvenes y dinámicos ejecutivos de dientes largos, las start-up, los promotores inmobiliarios y cuanto ambicioso soñador con fortunas rápidas hubiese en la Unión Europea.La razón es muy sencilla: puedes vender lo que te de la gana en la Unión Europea, y facturar desde Irlanda. De ese modo el país que consume no recibe un chavo de impuestos, ni siquiera el IVA, y todo el billete va a parar a Irlanda, cuyo gobierno recibe muy poco o nada.
A fines del año 2007 se escuchó un ruidito sospechoso, algo así como una crujidera de tripas seguida de una pedorrea interminable, y todo se vino abajo. La banca irlandesa quebró –como la banca chilena en 1982– y adivina qué: los irlandeses tuvieron que comprometerse a pagar la borrachera durante casi 40 años. En esa están. La deuda soberana se empina por sobre el 125% del PIB, y cada irlandés –incluyendo los babies y los granddadies– debe el equivalente a 43 mil 509 euros.Y eso… ¿cuanto hace en plata? Unos 270 mil millones de euros. Retén la cifra in mente, te será útil.
Jamás satisfechas con los gigantescos beneficios que obtienen mediante la ‘optimización fiscal’ que consiste en evadir impuestos, ni con la ventaja desleal que consiste en instalar sus sedes en paraísos fiscales, las multinacionales exigen un tratamiento de favor. Apple presionó al fisco irlandés y obtuvo durante una década (2004-2013) pagar aún menos que la tasa del 12,5%. ¿Cuánto? Aproximadamente un 2% anual de los beneficios obtenidos por sus dos filiales locales, Apple Operations Europe y Apple Sales International. Eso equivale a un subsidio permanente del Estado irlandés a una empresa privada, colocándola, de cara a sus competidores, en una posición ilegalmente ventajosa. De ahí que la Comisión Europea le haya impuesto a Apple la mayor sanción de la historia de la Unión Europea y de Apple: una multa de 13 mil millones de euros.
Bruselas estima que las ventajas que Irlanda le otorgó a la multinacional son subvenciones de Estado ilegales, rebajas fiscales que distorsionan la competencia. Si la Comisión Europea reacciona no es porque le estuviesen robando una verdadera fortuna al pueblo irlandés, sino porque hubo un atentado a las reglas de ‘la libre competencia no distorsionada’.Que le roben a los pringaos no es delito, incluso aplauden. Lo que les molesta es que las multinacionales se pasen por los higadillos las pinches reglas que buscan organizar ‘un mercado de competencia perfecta.’ Los miembros de la Comisión Europea son como el Papa: no creen, pero hacen como si creyesen.
Apple, es sabido, no aprecia los impuestos. Dispone fuera de los EEUU de un tesoro de guerra superior a los 130 mil millones de euros de beneficios, y no quiere repatriarlos a los EEUU porque tendría que… pagar impuestos. En los EEUU la tasa que grava los beneficios está en torno al 40%. Ante la decisión de la Comisión Europea, Tim Cook, consejero delegado de Apple, hizo lo que saben hacer los mafiosos: amenazó con “profundos y dañinos efectos” a la inversión y la creación de empleo en Europa. Nótese que el muy descarado ni siquiera negó haber sido el beneficiario de un fraude al Fisco: todo el mundo sabe que “La evasión fiscal es un deporte nacional para los gigantes americanos” (LuxLeaks : L’évasion fiscale, un sport national pour les géants américains).
De ese modo, un pueblo endeudado hasta el cuello para salvar a los bancos privados (en particular Anglo Irish Bank y Irish Nationwide), practica la caridad con la empresa más rica del planeta. En realidad con sus dueños, que no saben qué hacer con la plata que ganan gracias a una actividad filibustera.
Si no sabías porqué la gran minería casi nunca pagó impuestos en Chile, ahora lo sabes. Si no habías comprendido nada del fraude fiscal de Johnson’s ni de la movida de cayana del director del Servicio de Impuestos Internos, persevera.
Porque, para decirlo claramente: ¡te están robando!
jueves, 7 de mayo de 2020
martes, 5 de mayo de 2020
Un mundo de fantasía
Mayo 4 2020
Por Luis Casado*
“Este virus ha hecho aflorar la realidad de un mundo desigual” (Pilar Mateo)
Hay quienes -numerosos- imaginan el mundo después del coronavirus. Entre ellos, Wall Street. Esa cruda visión es radicalmente opuesta a las esperanzas de las almas ingenuas
La cuestión es acojonante: ¿cómo escribir algo sobre el coronavirus y sus consecuencias sin caer en banalidades, repitiendo ecolálicamente –e in extenso– lo que dicen epidemiólogos, científicos, investigadores, médicos, periodistas, políticos, expertos, economistas, sociólogos, catastrofistas, chamanes, milenaristas, sacerdotes, empresarios, gurúes, adivinos, complotistas, paranoicos, psicópatas y otros benefactores de la Humanidad?
Afortunadamente, leer la prensa planetaria esclarece el pensamiento, mejora la digestión, aligera el paso, evita la caída del pelo, alivia la aerofagia y cura de la halitosis.
Por ahí leí una entrevista a la eminente investigadora española Pilar Mateo. Allí, Mateo recuerda un hecho que sin relativizar el peligro del coronavirus lo pone en perspectiva: “La gente no se daba cuenta de que millones de personas en el mundo se estaban muriendo de enfermedades que podemos tener aquí, como se ha demostrado ahora.”
Entre ellas el ébola, el mal de Chagas, el dengue, la malaria, la leishmaniasis, el chikungunya o el zika. No está prohibido añadir el virus hanta, ni la pobreza, la indigencia y la miseria para tener un cuadro más completo. La gran diferencia reside en que cuando se mueren los pringaos, –esos que no tienen poder adquisitivo y por consiguiente no generan ni una pinche oportunidad de negocio–, le vale madre a Hollywood, a la TV, a los medios, a la opinión que dicen pública y a los príncipes que nos regentan.
Otros, como John Mauldin, mi analista financiero de predilección, se inquietan por lo que constituye SU negocio, es decir el mercado. Johnny no puede darse el lujo de ser pesimista sin correr el riesgo de ver desaparecer sus clientes, esos que le pagan para saber cómo ganar aun más dinero. Por eso Johnny se esfuerza en aparecer moderadamente optimista, o sea no tanto como para que sus clientes pudiesen prescindir de sus consejos. Mira ver:
“El sentimiento del mercado refleja el sentimiento humano que, últimamente –comprensiblemente– ha sido muy negativo, vista la gran incertidumbre que rodea la pandemia del coronavirus. Hace un mes no sabíamos dónde iba todo esto, pero era potencialmente serio.”
John Mauldin le ofrece al mercado características antropomórficas que el hombre suele adjudicarle solo a los dioses. Así, el mercado tiene sentimientos, se emociona, se pasma, se entusiasma, se deprime o exulta. Wall Street, algo menos portado al lirismo romántico, lo califica adjetivando animales: el mercado es bullish si está como un tren, o bien bearish si tose, palidece, estornuda y se queja de cefalea.
Felizmente, no todo está perdido. Mauldin es un tío sensible, muy sensible, lo que le facilita fingir algo de optimismo:
“Casi puedo empezar a sentir el cambio de sentimiento. Están anunciando nuevas drogas y terapias, y docenas de vacunas están en desarrollo. Hay una alta probabilidad de que una o más funcionen antes de fin de año. Su despliegue será difícil, pero factible. Este cambio de sentimiento, combinado con un generoso apoyo fiscal e inyecciones de liquidez, le da confianza a los inversionistas, y así vemos subir el precio de las acciones”.
Así, terapias improbables y vacunas embrionarias por las cuales nadie apostaría un penny en el momento en que esto escribo, sumadas –esto sí es cueca– a la generosidad del Estado y el descontrol de los esfínteres del Banco Central, explican que la Bolsa no termine de hundirse definitivamente. En claro, hay un billete que ganar en la especulación bursátil.
Nótese que a este profesional del libre mercado invocar la intervención del Estado en la economía no le afecta el credo en lo más mínimo. Luego, que la FED –banco central de los EEUU– emita dólares a destajo no le parece tener ninguna relación de causa a efecto con la especulación bursátil. Ni con un eventual aumento de la inflación, visto que ese dogma ya sirvió para limpiarse.
Que, por definición, un inversionista dispone de liquidez y a priori no necesita el dinero que la FED distribuye alegremente es un hecho que no le acaricia los lóbulos parietales. Lo importante es que la fiesta especulativa continúe gracias al dinero que ya no arrojan desde un pijotero helicóptero sino desde aviones cargo en plan Antonov-225.
Otra publicación financiera, europea para más señas, describe el mundo después del coronavirus según Wall Street.
“Viendo el trayecto de Amazon, Tesla o Procter & Gamble, los inversionistas estiman que el mundo de mañana será más ‘cartelizado’, más globalizado y más tecnológico. Al revés de quienes defienden una demundialización y un retorno a lo local”.
En otras palabras, viva la ‘destrucción creativa’ (concepto que dicho sea de paso Schumpeter le copió a Marx y a Engels): honor a los vencedores, escarnio y ludibrio a los perdedores.
La mencionada publicación precisa:
“La crisis ligada al coronavirus debía anunciar una demundialización, un regreso a los circuitos cortos y a economías a escala humana. Wall Street emite una predicción radicalmente inversa. El mundo de mañana será como el de ayer, pero más cartelizado, más globalizado, más tecnológico y más virtual. Con la victoria de los poderosos, comenzando por los gigantes de Internet, a pesar de la corrección (bursátil) del viernes 1º de mayo.”
¿Te gustó? Vas a adorar lo que sigue:
“Es lo que da a entender la Bolsa de los EEUU, cuyo principal índice, el S&P 500, no ha perdido sino un 12% desde principios de año, cuando el CAC 40 (francés) ya cedió 25%. La catástrofe es espantosa, con 65 mil muertos, 30 millones de desempleados y una recesión del 5,7% en el 2020, según el Fondo Monetario Internacional. Pero Wall Street sueña con franquear la crisis, dopado por la ‘mano invisible del mercado’, o sea la Reserva Federal (FED) y el Congreso, que, advertidos por la crisis de 1929, inundan el mercado de liquidez y de subvenciones.”
Como puede verse, la “mano invisible del mercado” tiene nombre, sede y bandera a tope. La de los piratas. La abundante liquidez y las no menos abundantes subvenciones de dinero público tienen destinatario y propósito claros: la ‘comunidad financiera’, y otra vuelta de tuerca en el garrote vil de la acumulación de la riqueza en pocas manos.
El Wall Street Journal –diario de las finanzas planetarias– osa afirmar: “La subida de la Bolsa no es tan loca como parece.” La publicación europea explica:
“Ella (la Bolsa) procedió a una selección draconiana entre los valores (…) El hundimiento no es general, y ya aparecen los vencedores (la Silicon Valley, los oligopolios ricos en cash-flow como la gran distribución) y los perdedores (energía, transportes, PYMEs, agricultores). Así como los vencedores entre los perdedores, los gigantes Exxon o Chevron que pueden aprovecharse de la quiebra de los productores de petróleo independientes de Texas.”
Solo les faltó agregar, como Don Corleone: “No es nada personal, solo negocios”.
Ya puestos, el Wall Street Journal y otros diarios usan libremente el lenguaje que conviene para llamar lo que según la teoría económica no existe: los oligopolios, los carteles y las subvenciones a la actividad privada con dinero público.
¿Y los perdedores? ¿Las víctimas de la ‘destrucción creativa’? Ellos son evidentemente una de las variables de ajuste de las crisis del capitalismo. En particular de esta, gatillada por el desastre sanitario, sabiendo que tarde o temprano hubiese sido desatada por cualquier otra razón: Marx y Engels habían identificado el problema de fondo allá por 1848, en el Manifiesto:
“Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, pues? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas.”
Nótese que entre los perdedores mencionados por la prensa financiera figuran solo las empresas que mata la crisis: ni una palabra acerca de los millones de trabajadores que pierden su empleo y con ello el medio de ganarse la vida y alimentar a sus familias. Los autores del Manifiesto lo pusieron claro sin florituras ni ringorrangos:
“…la clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición de encontrar trabajo y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital. Estos obreros, obligados a venderse a trozos, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio, sujeta, por tanto, a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado.”
Paul Krugman, conocido economista yanqui, lanza un grito de alerta: «No le presten atención al Dow Jones; concéntrense en esos puestos de trabajo que están desapareciendo…»
Entre las consecuencias de la presente crisis, aparece como un peligro evidente la muy probable reducción de los salarios en el ámbito planetario. Ella tomará tres formas principales: caída del salario nominal, prolongación del tiempo de trabajo, o ambas simultáneamente. La preservación, y aun el incremento, de la tasa de ganancia es a ese precio. Eso es lo que está en juego.
Quienes lo olvidaron son almas generosas pero ingenuas que se ilusionaron y soñaron con un mundo de fantasía. Entretanto, la lucha de clases continúa. El milmillonario Warren Buffet, haciendo suyo el aforismo que dice ‘el que previene no es traidor’, previno: “Hay una guerra de clases y la estamos ganando los ricos”.
Las últimas noticias del frente parecen darle la razón.
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*Editor de POLITIKA. Ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, le llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes. Ha publicado varios libros en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.
viernes, 1 de mayo de 2020
La excepción de Estados Unidos
Mayo 1 de 2020
Por Zadie Smith*
La muerte ha llegado. Siempre estuvo aquí, oscurecida y negada, pero ahora todos pueden verla. Y puede que muchos entiendan que hay ámbitos, como la sanidad, que no pueden regirse por intereses privados
Dice la verdad tan pocas veces que, cuando se le oye en sus propios labios —como el 29 de marzo de 2020—, adquiere la fuerza de una revelación: “Ojalá pudiéramos recuperar nuestra vida de antes. Teníamos la mejor economía de la historia, y no teníamos la muerte”.
Bueno, quizá no es una verdad total y sin adornos. La primera frase no era verdad ni mentira, sino simplemente un deseo. Un deseo que, cuando lo oí, cuando sentí el eco de su lamento en mi interior, reconozco que lo sopesé durante un instante en mi mano, como una manzana reluciente. Me pareció un deseo digno de “tiempos de guerra”, dado que la guerra es la analogía que prefiere utilizar. Aunque, en 1945, nadie quería regresar a la “vida de antes”, a 1939, salvo para resucitar a los muertos. El desastre exigía un nuevo amanecer. Y lo único que puede llevar a un nuevo amanecer son nuevas ideas. Sin embargo, cuando pronunció esa frase —“Ojalá pudiéramos recuperar nuestra vida de antes”—, atrapó a su público en un momento de debilidad: en bata, llorando, o en una llamada de trabajo, o con un bebé en brazos y en una llamada de trabajo, o poniéndose un sucedáneo casero de mono protector para atreverse a coger el metro, de camino a un trabajo que no se podía hacer desde casa, mientras millones de niños aburridos se subían por las paredes en todo el país. Y, claro, en ese frágil contexto, “la vida de antes” eran palabras reconfortantes, aunque fueran retóricas, como “érase una vez” o “¡pero es que estoy enamorada de él!” La segunda parte de la declaración me devolvió la cordura. Ungüento amarillo. El diablo nunca engaña. Solté la manzana y, en efecto, estaba podrida y llena de gusanos.
Porque ahí sí dijo la verdad: “No teníamos la muerte”.
Teníamos muertos. Teníamos bajas y víctimas. Teníamos espectadores más o menos inocentes. Teníamos cifras de fallecidos e incluso, a veces, fotos de bolsas de cadáveres en los periódicos, aunque muchos opinaban que estaba mal mostrarlas. Teníamos “desigualdades sanitarias”. Ahora bien, en Estados Unidos, todas esas cosas implicaban cierto grado de culpa por parte de los muertos. Estaban en el sitio equivocado en el momento inoportuno. Tenían un color de piel inapropiado. Procedían de un mal barrio, creían en lo que no debían, vivían en una ciudad problemática. No levantaban las manos cuando se les pedía que salieran del vehículo. Su seguro de salud era mediocre o inexistente. Mostraban una actitud desafiante ante la policía.
Lo que no teníamos era el concepto de muerte, la muerte absoluta. Esa muerte que nos llega a todos, independientemente de quiénes seamos. La muerte absoluta es la verdad de toda nuestra existencia, por supuesto, pero Estados Unidos, en general, no ha tenido mucha inclinación filosófica a pensar en la existencia en su conjunto, sino que ha preferido abordar la muerte como una serie de problemas separados. Guerras contra las drogas, contra el cáncer, contra la pobreza, y así sucesivamente. No es que intentar alargar la distancia entre la fecha de nuestro certificado de nacimiento y la que figura en nuestra lápida tenga nada de ridículo: la vida ética depende de lo sustancial que sea ese esfuerzo. Pero quizá no hay ningún otro lugar en el mundo en el que dicho empeño, y su éxito relativo, estén tan claramente vinculados al dinero como en Estados Unidos. Tal vez ese es el motivo de que, en la imaginación del norteamericano, las plagas —que se consideran demasiado poco jerárquicas, demasiado poco pendientes de la disparidad de rentas— se vean desde hace mucho tiempo como algo perteneciente a la historia o a otros continentes. De hecho, como dijo él rotundamente en los primeros tiempos de su presidencia, había países “de mierda” que tenían la culpa de sus elevadas tasas de mortalidad, porque estaban, por definición, en el lugar equivocado (allí) y en el momento inoportuno (en una fase primitiva de desarrollo). Eran unos lugares permanentemente apestados por no haber tenido la previsión de ser Estados Unidos. Ni siquiera una extinción planetaria masiva —en forma de catástrofe medioambiental— llegaría a Norteamérica, o llegaría en el ultimísimo momento. Con una seguridad relativa, en su refugio amurallado, Estados Unidos disfrutaría de lo que quedara de sus recursos y seguiría siendo grande en comparación con las penalidades de otros países, fuera de sus fronteras.
Sin embargo, como él mismo señala con razón, ahora somos grandes en muerte, estamos llenos de ella. Existe el temor de que, cuando haya pasado todo esto, Estados Unidos se ponga al frente de ese mundo. Pero resulta que el supuesto carácter democrático de la plaga, el hecho de que puede afectar a todos los votantes por igual, es una ligera exageración. Es una plaga, pero las jerarquías, formadas hace cientos de años, no son tan fáciles de trastocar. En Estados Unidos, en medio de la muerte indiscriminada, persisten viejas distinciones. Los negros y los hispanos tienen el doble de mortalidad que los blancos y los de origen asiático. Mueren más pobres que ricos. Más gente en las ciudades que en el campo. El mapa del virus en los distritos de Nueva York se vuelve más rojo con arreglo a las mismas líneas que delimitan niveles de rentas y tiroteos en institutos. A la hora de la verdad, la muerte no suele ser aleatoria en estos Estados Unidos. Suele tener una fisonomía, una localización y un trasfondo muy precisos. Para millones de estadounidenses, siempre ha sido una guerra.
La diferencia es que parece que ahora, por primera vez, él lo ve así. Y, deseoso de gloria, se llama así mismo un presidente en tiempos de guerra. Que se atribuya el título, igual que, al otro lado del océano, el primer ministro británico trata de situarse en un papel churchilliano. Churchill (que sí cumplió su papel en tiempos de guerra) aprendió a las malas que, incluso cuando todos siguen al líder a la guerra, e incluso cuando están de acuerdo en que lo ha hecho “bien en la guerra”, eso no significa necesariamente que quieran volver a la “vida de antes” ni que ese líder los dirija al empezar la nueva. La guerra transforma a los que participan en ella. Lo que antes era necesario, ahora no lo parece; lo que se daba por descontado, se menospreciaba y se maltrataba, ahora es esencial para nuestra existencia. Proliferan vuelcos de lo más extraño. La gente aplaude a una sanidad pública que su propio gobierno ha dejado empobrecido y abandonado desde hace 10 años. Da gracias a Dios por unos trabajadores “esenciales” a los que antes consideraban insignificantes, a los que despreciaban por querer ganar 15 dólares la hora.
La muerte ha llegado a Estados Unidos. Siempre estuvo aquí, oscurecida y negada, pero ahora todos pueden verla. La “guerra” que libra el país contra ella tiene que poder sortear a un mascarón hueco y triunfar por encima de él. Es un esfuerzo colectivo; hay millones de personas involucradas, a las que les será difícil olvidar lo que han visto. No olvidarán la lamentable situación, exclusivamente estadounidense, de ver cómo cada estado pujaba “en eBay” —en palabras del gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo— por un material de protección crucial. La muerte llega a todo el mundo pero, en EE UU, hace mucho que se considera razonable ofrecer la mejor oportunidad de retrasarle al mejor postor.
Una posible esperanza de la nueva vida en Estados Unidos es que, en ella, por fin sea inconcebible una idea como esta, y que la próxima generación de dirigentes se inspire, más que en la retórica belicista de Winston Churchill, en las palabras pronunciadas en tiempo de paz por Clement Attlee, el líder del Partido Laborista que le infligió una derrota abrumadora al acabar el conflicto: “La guerra se ha ganado gracias a los esfuerzos de todo nuestro pueblo, que, con muy escasas excepciones, puso la nación muy por delante de sus intereses privados y sectoriales… ¿Por qué vamos a pensar que podemos lograr nuestros objetivos de paz -alimentos, ropa, vivienda, educación, ocio, seguridad social y pleno empleo- dando prioridad a los intereses privados?”
Como los estadounidenses nunca se cansan de decir, es posible que haya muchos ámbitos de nuestras vidas en los que el interés privado sea lo principal. Pero, como decidió colectivamente la Europa de la posguerra, exhausta después de tanta muerte absoluta, la sanidad no debe ser uno de ellos.
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* Zadie Smith (Londres, 27 de octubre de 1975) novelista, ensayista, y escritora de relatos cortos, considerada como una de las más talentosas de la literatura británica actual. Este artículo ha sido publicado en The New Yorker. Reproducido con el permiso de su autora a través de la agencia Rogers, Coleridge & White. En El País de Madrid, el 30.04.20. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
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sábado, 18 de abril de 2020
Cheques contra el virus electoral
Ramón Lobo – El País
Congelar el pago a la OMS no ayudará al magnate a ganar la reelección el 3 de noviembre, pero puede costar la vida a decenas de miles de personas en países vulnerables
Congelar el pago a la Organización Mundial de la Salud (OMS) no ayudará a Donald Trump a ganar la reelección el 3 de noviembre, pero puede costar la vida a decenas de miles de personas en países vulnerables. El coronavirus que ridiculizó y minusvaloró en febrero va a superar en breve los 30.000 fallecidos, tres veces más muertos que en el cerco de Sarajevo. La economía se dirige a una recesión que se prolongará más allá de las elecciones. De momento se han perdido 22 millones de empleos.
Sus objetivos son embarrar y desviar la atención, aunque tiene un problema, la hemeroteca. Estados Unidos se enfrenta a la mayor crisis desde Pearl Harbor con el líder menos capacitado para entender cualquier realidad que no sea él mismo. Sus ruedas de prensa son un reality show en las que exhibe su desprecio a la ciencia y a la Constitución. Fue una provocación afirmar que tiene el poder legal para decretar el fin del confinamiento por encima de los gobernadores. No es cierto.
Acaba de retrasar el envío de millones de cheques de ayuda a sus compatriotas porque quiere que lleven estampado su nombre. Se trata de otro caso de abuso y de utilización de recursos del Estado para fines particulares. No es EE UU, es él. Aún falta mucho para noviembre, la tinta de los cheques se evaporará. El desempleo y el pago de cuentas desorbitadas a los hospitales permanecerán.
La semana pasada tuvo lugar una batalla barriobajera en Wisconsin, un anuncio de las que vendrán. Estaban previstas las primarias demócratas y se elegía un juez para el Tribunal Supremo de ese Estado, uno de los que pueden decidir la presidencia. En 2016, Trump ganó a Hillary Clinton por 22.748 votos. El gobernador demócrata intentó aplazar los comicios para habilitar el voto ausente, previsto en casos de emergencia. Hubo un bloqueo republicano apoyado por los jueces. La gente respondió echándose a la calle a votar. Algunos llevaban carteles alusivos al peligro que corrían por defender la democracia. El resultado fue la victoria contra pronóstico de la juez Jill Karofsky. Perdió la opción de Trump. Se trata del primer aviso en las urnas desde que estalló la pandemia.
La retirada de Bernie Sanders de la carrera demócrata tiene que ver con estos sucesos, y con sus nulas posibilidades de ganar la nominación. El camino queda expedito para el oficialista Joe Biden. Sanders le ha brindado su apoyo y ha pedido a los suyos que se vuelquen en la defensa de cada candidato demócrata. El objetivo es echar a Trump de la Casa Blanca. Esto puede indicar que se ha alcanzado un compromiso entre las dos alas del partido que influirá en el perfil de la futura candidata a la vicepresidencia y en un programa basado en tres pilares: una sanidad más justa y universal, un New Deal verde y una pronta salida de la crisis. Hay un cuarto urgente: restaurar los principios éticos de EE UU, ahora en peligro.
Orden y desorden
Abr 17 2020
Editorial – El País
Trump utiliza la pandemia contra el sistema multilateral
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció la congelación de los fondos que su país aporta a la Organización Mundial de la Salud (OMS), equivalentes al 15% de su presupuesto. El motivo de la decisión sería la deficiente labor de esta agencia de Naciones Unidas en la gestión de la crisis del coronavirus, relacionada, siempre según Washington, con las presiones que habría ejercido el Gobierno chino para que no se informara de la aparición de la nueva enfermedad. Por el momento, ningún otro miembro ha secundado la suspensión presupuestaria del presidente Trump ni sus especulaciones conspirativas. Y aunque el vacío financiero que dejará Estados Unidos podría ser colmado por otros donantes privados o estatales, evitando que los principales programas se vean afectados, lo cierto es que el alcance político del gesto norteamericano sobrepasa la mera cuestión presupuestaria.
En esta ocasión, Washington se ha valido de la pandemia para abrir un nuevo frente de tensión con China, y, de paso, avanzar en el objetivo declarado de desmantelar el sistema multilateral construido al término de la Segunda Guerra Mundial. Otros organismos de Naciones Unidas, como la Unesco o la agencia encargada de aliviar la situación de los refugiados palestinos, la UNRWA, han estado en el punto de mira de la diplomacia norteamericana, y no es posible descartar que la nómina se amplíe a medida que se vayan sucediendo las crisis de alcance mundial. Los papeles internacionales de las dos mayores potencias del momento parecen estar invirtiéndose: mientras que Estados Unidos apuesta bajo la dirección de Trump por un nuevo proteccionismo, China se inclina por la apertura de los mercados. De ahí que no sea posible descartar nuevas tensiones en las agencias consagradas al comercio y la economía.
La posibilidad de que la realidad internacional esté asistiendo a un cambio en la hegemonía no puede ocultar un proceso más profundo que, de progresar y consumarse, tendrá unos efectos más desestabilizadores que el simple hecho de que China ocupe la posición de Estados Unidos. Se trata de que las reglas que conformaron el orden mundial se encuentran en unos casos amenazadas y en otros en abierto retroceso, inclinando las relaciones entre las grandes potencias, y, en general, entre los Estados, hacia una descarnada competición de poder. Este debería ser el mundo según Trump, convencido no solo de que su poder internacional es el mayor en estos momentos, sino también de que seguirá siéndolo indefinidamente. Un error más modesto que este, como el de que Estados Unidos estaba capacitado para librar guerras con éxito en dos frentes distintos, concebido por la Administración de Bush, marcó el inicio de un desorden mundial del que Washington no parece el mayor beneficiario.
El confinamiento individual y el cierre de fronteras e intercambios que ha propiciado la pandemia de coronavirus está rehabilitando, simultáneamente, las actitudes insolidarias y los reflejos proteccionistas. Esta circunstancia juega a favor de los objetivos inmediatos de la diplomacia de Trump, por más que puede poner en peligro el papel internacional que ha venido desempeñando Estados Unidos durante más de medio siglo. El verdadero peligro no es que China llegue a ser hegemónica, sino que tarde o temprano llegara a serlo en un mundo sin reglas.
viernes, 17 de abril de 2020
El programa del miedo
Abril 16 2020
Por Lluís Bassets * – El País
La demolición trumpista del orden internacional amenaza ahora a la salud pública
Donald Trump tiene muy pocas ideas. Una, o dos como máximo, si acaso pueden recibir tal nombre. La más importante se la regaló a Bob Woodward en 2016 cuando todavía era candidato presidencial: “El poder efectivo es el miedo”, le dijo. El periodista la utilizó como título de su libro Miedo cuando apenas había transcurrido un año y medio de su presidencia. Woodward incluyó unas declaraciones del secretario presidencial de entonces, Rob Porter, útiles todavía hoy para explicar las decisiones de estos últimos días, cuando Estados Unidos se ha situado, ahora sí, en el liderazgo mundial, tal como rezaba el programa electoral, pero en cifras de infectados y de fallecidos por el coronavirus: “Me siento como si estuviéramos paseando constantemente por el borde de un acantilado”.
La última y la más grave ha sido la congelación de la aportación financiera a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Trump también ha reivindicado, en desafío de la Constitución, su “autoridad total” para decretar el fin de los confinamientos organizados por los poderes locales. Ha amenazado con echar a su asesor personal para la pandemia, el epidemiólogo Anthony Fauci, la única persona con autoridad para explicarle la verdad y dar seguridad a los ciudadanos. Y ha conseguido, en contra de todas las normas del Tesoro, que su nombre figure en los cheques de 1.200 dólares de ayuda directa que recibirán millones de ciudadanos como parte del paquete de tres billones aprobado por el Congreso.
Es difícil encontrar a alguien que no se haya equivocado en su diagnóstico de la epidemia, como es difícil encontrar a alguien a quien la epidemia no haya subvertido sus planes. Trump no admite lo primero: el presidente de las 13 mentiras diarias de promedio jamás se equivoca. Y no está dispuesto a aceptar lo segundo: ni el balance trágico del coronavirus ni la catástrofe económica que se avecina servirán para doblegar su ambición de renovar el mandato presidencial. Tiene el estímulo del cierre de filas de los demócratas alrededor de su candidato, Joe Biden, que ha recibido el apoyo explícito de Bernie Sanders, después de que este se retirara de la campaña. También se lo ha dado el expresidente Barack Obama. Trump ha recibido el aviso adicional de la severa derrota sufrida por los republicanos en Wisconsin, donde se celebraron primarias y elecciones para jueces locales y del Estado en las peores condiciones posibles para los votantes demócratas, obligados a salir de su confinamiento para votar aun a riesgo de su salud.
La demolición trumpista del orden internacional amenaza ahora a la salud pública. Seguro que la OMS también se ha equivocado y necesita reformas, pero sin ella todo sería peor, también para Estados Unidos. Después de superar la pandemia, el mejor regalo que Xi Jinping podría recibir de Trump sería la oportunidad de construir instituciones internacionales a su gusto y medida.
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*Director adjunto de El País. Licenciado en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona.
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Anexo:
Trump cosecha rechazos por desfinanciar a la OMS
PÁGINA12, ARGENTINA
La decisión norteamericana de suspender los aportes a la Organización Mundial de la Salud provocó el rechazo de los líderes del mundo, que alertaron de los peligros de desfinanciar al organismo en plena pandemia del coronavirus.
Ayer, Donald Trump anunció que ordenó cortar los fondos a la OMS (EE.UU. aportó 400 millones de dólares el último año) mientras se investiga la «desastrosa» gestión del organismo de las Naciones Unidas. Según Trump, la OMS ayudó a «encubrir» la responsabilidad de China en el origen de la Covid-19. Desde que se originó la pandemia, la OMS ha elogiado la gestión china de la crisis destacando la transparencia con la que actuó y ha aconsejado a otros países seguir su ejemplo.
No obstante, el gobierno chino recién aceptó una misión de la OMS para investigar la pandemia después de que el jefe del organismo, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, se reuniera con el presidente Xi Jinping el 28 de enero pasado en Beijing.
Adhanom lamentó la decisión de Trump y dijo que espera que la falta del aporte estadounidense, el más importante que recibe el organismo, no impida la lucha global contra el virus. «Revisaremos el impacto de esta retirada en nuestra financiación y trabajaremos con otros para intentar llenar ese vacío con el fin de garantizar que el trabajo continúe sin interrupciones», afirmó el médico etíope en una conferencia de prensa.
La Unión Africana (UA) lamentó que Estados Unidos, el país que más aporta a la OMS, decida dejar de hacerlo en este momento. «Hoy más que nunca, el mundo depende del liderazgo de la OMS para dirigir la respuesta mundial a la pandemia de Covid-19», escribió en Twitter el secretario general de la UA, Moussa Faki Mahamat, quien una semana antes había dicho que ya «habrá tiempo para pedir responsabilidades».
Adhanom lamentó la decisión de Trump y dijo que espera que la falta del aporte estadounidense, el más importante que recibe el organismo, no impida la lucha global contra el virus. «Revisaremos el impacto de esta retirada en nuestra financiación y trabajaremos con otros para intentar llenar ese vacío con el fin de garantizar que el trabajo continúe sin interrupciones», afirmó el médico etíope en una conferencia de prensa.
La Unión Africana (UA) lamentó que Estados Unidos, el país que más aporta a la OMS, decida dejar de hacerlo en este momento. «Hoy más que nunca, el mundo depende del liderazgo de la OMS para dirigir la respuesta mundial a la pandemia de Covid-19», escribió en Twitter el secretario general de la UA, Moussa Faki Mahamat, quien una semana antes había dicho que ya «habrá tiempo para pedir responsabilidades».
Asimismo, otros líderes africanos salieron en defensa de la OMS, entre ellos, los presidentes de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa; Ruanda, Paul Kagame; Namibia, Hage Geingob, y Nigeria, Muhammadu Buhari, entre otros.
La presidenta de Etiopía, Sahle-Work Zewde, compatriota de Tedros, subrayó que la OMS, bajo el liderazgo de su actual director general, «está cumpliendo con su mandato en el momento en que más los necesitamos», informó la agencia de noticias EFE.
La presidenta de Etiopía, Sahle-Work Zewde, compatriota de Tedros, subrayó que la OMS, bajo el liderazgo de su actual director general, «está cumpliendo con su mandato en el momento en que más los necesitamos», informó la agencia de noticias EFE.
China, a su vez, expresó su «seria preocupación» por la decisión del gobierno estadounidense de cortar los fondos.
En Europa, en tanto, los miembros de la Unión Europea advirtieron que no hay razón para congelar los fondos de la OMS en esta etapa crítica. El alto representante de la UE para Política Exterior, Josep Borrell, dijo que la OMS se necesita ahora más que nunca y destacó que «solo uniendo fuerzas se podrá superar esta crisis que no conoce fronteras».
Por su parte, el Reino Unido ratificó su intención de seguir aportando a la OMS, debido a que el organismo tiene un rol importante que desempeñar. «El coronavirus es un desafío global y es esencial que los países trabajen juntos para enfrentar esta amenaza compartida», subrayó un vocero del gobierno británico.
Mientras, el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Heiko Maas, aseguró en Twitter que «Culpar no ayuda. El virus no conoce fronteras. Debemos trabajar estrechamente contra la Covid-19. Fortalecer a la ONU, en particular a la OMS, es una mejor inversión, por ejemplo, para desarrollar y distribuir pruebas y vacunas”.
El único líder que respaldó a Trump fue el primer ministro de Australia, Scott Morrison, quien, sin embargo, aseguró que seguirá aportando fondos a la agencia de salud de la ONU. En declaraciones a Perth Radio 6PR, Morrison dijo que tiene algunas criticas contra la OMS y China pero que no le parece momento para «arrojar al bebé agua».
Desde Estados Unidos, la presidenta de la Cámara baja, la demócrata Nancy Pelosi, calificó de ilegal la suspensión de fondos a la OMS y prometió «desafiar» esa decisión presidencial, según la agencia DPA. «La decisión es peligrosa, es ilegal y será desafiada rápidamente», detalló Pelosi.
jueves, 9 de abril de 2020
Perdone la muerte del niño...
Abr 6 2020
Por Luis Casado*
El ‘mundo libre’, las organizaciones internacionales (comenzando por la OMS) y el ‘mercao’ han mostrado sus falencias de cara a la salud pública. Y el coronavirus sigue ahí… delante de nosotros
Cunde en el mundo, con encomiable premura, la preocupación relativa al qué hacer después de la pandemia. Los artículos, notas y crónicas abundan. El tono evoca los buenos propósitos de fin de año, y uno teme con alguna razón que la férrea voluntad que anima a los autores -como siempre- dure lo que ‘la virginidad y las flores’ (Ch. de Gaulle).
Entretanto la pandemia remite en Asia, se instala con fuerza en Europa y los EEUU, y se propaga –cansina, indolente, como en cámara lenta– en América Latina.
Los EEUU y Europa parecen ser las regiones que, hasta ahora, más brutalmente sufren los efectos del coronavirus. Tanto más cuanto que en la UE, décadas de incuria, irresponsabilidad y tacañería neoliberal dañó gravemente la Salud pública y su capacidad para hacerle frente a desafíos de esta naturaleza. Los EEUU, que carecen de algún sistema de protección social comparable a los que conocemos en Europa, asisten impotentes a lo que se parece malamente a una masacre, esta vez sin pistolas, ni rifles ni armas automáticas. El “mundo libre” (¿libre de qué?), ese “occidente” que se reserva el apelativo de “comunidad internacional”, ante el coronavirus se parece en demasía a Primo Carnera, boxeador italiano que la mafia yanqui coronó campeón del mundo de peso pesado en 1933.
Un gigante (1,95m por 125 kg), Carnera era lo que en la jerga del ring llaman un “paquete”, o sea un boxeador nulo, cuyos rivales eran aun más “paquetones” que él, y solían ‘dormirse’ en el primer round previo acuerdo a título oneroso. Transformado en ídolo del pueblo italiano bajo el fascismo, el propio Duce –Mussolini– asistió a sus combates en Roma. Las apuestas ilegales hicieron la fortuna del hampa neoyorquina, que no tardó en descubrir que podía ganar aún más dinero apostando contra su pupilo. Entonces el pobre Primo Carnera sufrió las peores palizas que haya recibido boxeador alguno, primero ante Max Baer y luego frente el célebre Joe Louis.
Ahí están los EEUU y la Unión Europea… tambaleantes, groggies, knock-out, como si hubiesen recibido el derechazo que Mohamed Alí le ajustó a Georges Foreman en el 8º round del combate que sostuvieron la noche del 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, Zaire (actual República Democrática del Congo).
Antes de pensar en el día después, sin embargo, hay que tomar en serio la proverbial expresión de la que usan y abusan los periodistas yanquis: “It gonna get worse, before it get better”. Esto se va a poner crudo antes de amainar.
La “estrategia” (según nuestros gobernantes estamos “en guerra”…) de lucha contra el coronavirus en “occidente” le debe mucho a los trucos, artilugios, trampas y pillerías del llamado marketing, que te aconseja transformar tus debilidades –o las de tu producto– en fortalezas. Así, el chillón color amarillo pato se transforma “en un elemento que llama la atención como una poderosa señal de identidad y reconocimiento”. Del mismo modo el marketing político ha logrado la hazaña de transformar –¡Oh magia!– algunos trous-du-cul en diputados, senadores, e incluso presidentes de alguna república al pedo . Si no me crees… mira los casos de Chile y EEUU.
De modo que en Francia, constatando que la Reserva Estratégica de Mascarillas había sido suprimida con el loable propósito de reducir el gasto público (orgullo supremo: la ministro de Salud era Marisol Touraine, una ‘shilena’…), el gobierno de Macron decretó que las mascarillas eran inútiles.
Al advertir que los reactivos y otros elementos necesarios para proceder a un diagnóstico masivo de la población ya no se fabrican en la dulce Francia visto que es más barato hacerlo en China, y que las reservas eran mínimas por las mismas razones de reducción del gasto público, la “estrategia” elegida fue la de confinar a toda la población, lo que –simple detallito– va a costar mil veces más que haber conservado esa industria en Francia.
Poco a poco, no obstante, la palabra de los científicos, de los médicos y el personal sanitario se va imponiendo. A correr llaman. Ahora las mascarillas sí sirven y hay que utilizarlas masivamente. ¿Cómo hacer si China no da abasto? Ahí comienza a operar el maravilloso “sistema D”, notable recurso galo conocido desde la noche de los tiempos. Démerde-toi, es la consigna. Mal traducido: Arréglatelas como puedas.
En el norte de Francia, a alguien se le ocurrió llamar a las numerosas costureras que durante la cuarentena no tienen mucho que hacer. En menos de 10 días recibió la respuesta de 18 mil costureras que comenzaron a fabricar mascarillas homologadas en su propia casa: unas 300 mascarillas al día cada una de ellas, en su máquina de coser personal. Ninguna exige remuneración: lo hacen por la patria, por la República, por sus semejantes. El tipo de la iniciativa tiene el respaldo de las autoridades locales que financian los materiales y declara, orgulloso: “En 10 días monté el más grande taller de costura del mundo”. No lo hizo movido por el lucro sino por su amor de la Humanidad: las mascarillas son distribuidas gratuitamente a médicos, enfermeras, centros médicos, fuerzas del orden y público en general.
Allí donde las autoridades políticas hacen lo de siempre, chamullar, otros actúan. Ciudadanos de a pie que rehúsan dejarse atropellar por un virus cuyos efectos hubiesen sido infinitamente menores si los políticos hubiesen hecho su trabajo y asumido sus responsabilidades, si solo hubiesen pensado un poquito menos en los “negocios”.
Los politólogos, economistas, filósofos, expertos y otros cantamañanas que se inquietan del día después, harían bien en considerar que solo los pueblos tienen la habilidad, la voluntad, la legitimidad, la fuerza y la inteligencia para reconstruir lo que 40 años de dogma neoliberal han destruido.
La consabida frase pronunciada por los mangantes que están en el poder, Perdone la muerte del niño… no es aceptable ni como respuesta, ni como excusa.
El día después comienza hoy. Comenzó ayer. Antes de ayer. El futuro no es lo que viene. Es lo que seamos capaces de construir nosotros mismos.
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*Editor de POLITIKA. . Ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, le llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes. Ha publicado varios libros en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.
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