sábado, 18 de abril de 2020

Cheques contra el virus electoral

Ramón Lobo – El País
Congelar el pago a la OMS no ayudará al magnate a ganar la reelección el 3 de noviembre, pero puede costar la vida a decenas de miles de personas en países vulnerables
Congelar el pago a la Organización Mundial de la Salud (OMS) no ayudará a Donald Trump a ganar la reelección el 3 de noviembre, pero puede costar la vida a decenas de miles de personas en países vulnerables. El coronavirus que ridiculizó y minusvaloró en febrero va a superar en breve los 30.000 fallecidos, tres veces más muertos que en el cerco de Sarajevo. La economía se dirige a una recesión que se prolongará más allá de las elecciones. De momento se han perdido 22 millones de empleos.
Sus objetivos son embarrar y desviar la atención, aunque tiene un problema, la hemeroteca. Estados Unidos se enfrenta a la mayor crisis desde Pearl Harbor con el líder menos capacitado para entender cualquier realidad que no sea él mismo. Sus ruedas de prensa son un reality show en las que exhibe su desprecio a la ciencia y a la Constitución. Fue una provocación afirmar que tiene el poder legal para decretar el fin del confinamiento por encima de los gobernadores. No es cierto.
Acaba de retrasar el envío de millones de cheques de ayuda a sus compatriotas porque quiere que lleven estampado su nombre. Se trata de otro caso de abuso y de utilización de recursos del Estado para fines particulares. No es EE UU, es él. Aún falta mucho para noviembre, la tinta de los cheques se evaporará. El desempleo y el pago de cuentas desorbitadas a los hospitales permanecerán.
La semana pasada tuvo lugar una batalla barriobajera en Wisconsin, un anuncio de las que vendrán. Estaban previstas las primarias demócratas y se elegía un juez para el Tribunal Supremo de ese Estado, uno de los que pueden decidir la presidencia. En 2016, Trump ganó a Hillary Clinton por 22.748 votos. El gobernador demócrata intentó aplazar los comicios para habilitar el voto ausente, previsto en casos de emergencia. Hubo un bloqueo republicano apoyado por los jueces. La gente respondió echándose a la calle a votar. Algunos llevaban carteles alusivos al peligro que corrían por defender la democracia. El resultado fue la victoria contra pronóstico de la juez Jill Karofsky. Perdió la opción de Trump. Se trata del primer aviso en las urnas desde que estalló la pandemia.
La retirada de Bernie Sanders de la carrera demócrata tiene que ver con estos sucesos, y con sus nulas posibilidades de ganar la nominación. El camino queda expedito para el oficialista Joe Biden. Sanders le ha brindado su apoyo y ha pedido a los suyos que se vuelquen en la defensa de cada candidato demócrata. El objetivo es echar a Trump de la Casa Blanca. Esto puede indicar que se ha alcanzado un compromiso entre las dos alas del partido que influirá en el perfil de la futura candidata a la vicepresidencia y en un programa basado en tres pilares: una sanidad más justa y universal, un New Deal verde y una pronta salida de la crisis. Hay un cuarto urgente: restaurar los principios éticos de EE UU, ahora en peligro.

Orden y desorden

Abr 17 2020
Editorial – El País
Trump utiliza la pandemia contra el sistema multilateral
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció la congelación de los fondos que su país aporta a la Organización Mundial de la Salud (OMS), equivalentes al 15% de su presupuesto. El motivo de la decisión sería la deficiente labor de esta agencia de Naciones Unidas en la gestión de la crisis del coronavirus, relacionada, siempre según Washington, con las presiones que habría ejercido el Gobierno chino para que no se informara de la aparición de la nueva enfermedad. Por el momento, ningún otro miembro ha secundado la suspensión presupuestaria del presidente Trump ni sus especulaciones conspirativas. Y aunque el vacío financiero que dejará Estados Unidos podría ser colmado por otros donantes privados o estatales, evitando que los principales programas se vean afectados, lo cierto es que el alcance político del gesto norteamericano sobrepasa la mera cuestión presupuestaria.
En esta ocasión, Washington se ha valido de la pandemia para abrir un nuevo frente de tensión con China, y, de paso, avanzar en el objetivo declarado de desmantelar el sistema multilateral construido al término de la Segunda Guerra Mundial. Otros organismos de Naciones Unidas, como la Unesco o la agencia encargada de aliviar la situación de los refugiados palestinos, la UNRWA, han estado en el punto de mira de la diplomacia norteamericana, y no es posible descartar que la nómina se amplíe a medida que se vayan sucediendo las crisis de alcance mundial. Los papeles internacionales de las dos mayores potencias del momento parecen estar invirtiéndose: mientras que Estados Unidos apuesta bajo la dirección de Trump por un nuevo proteccionismo, China se inclina por la apertura de los mercados. De ahí que no sea posible descartar nuevas tensiones en las agencias consagradas al comercio y la economía.
La posibilidad de que la realidad internacional esté asistiendo a un cambio en la hegemonía no puede ocultar un proceso más profundo que, de progresar y consumarse, tendrá unos efectos más desestabilizadores que el simple hecho de que China ocupe la posición de Estados Unidos. Se trata de que las reglas que conformaron el orden mundial se encuentran en unos casos amenazadas y en otros en abierto retroceso, inclinando las relaciones entre las grandes potencias, y, en general, entre los Estados, hacia una descarnada competición de poder. Este debería ser el mundo según Trump, convencido no solo de que su poder internacional es el mayor en estos momentos, sino también de que seguirá siéndolo indefinidamente. Un error más modesto que este, como el de que Estados Unidos estaba capacitado para librar guerras con éxito en dos frentes distintos, concebido por la Administración de Bush, marcó el inicio de un desorden mundial del que Washington no parece el mayor beneficiario.
El confinamiento individual y el cierre de fronteras e intercambios que ha propiciado la pandemia de coronavirus está rehabilitando, simultáneamente, las actitudes insolidarias y los reflejos proteccionistas. Esta circunstancia juega a favor de los objetivos inmediatos de la diplomacia de Trump, por más que puede poner en peligro el papel internacional que ha venido desempeñando Estados Unidos durante más de medio siglo. El verdadero peligro no es que China llegue a ser hegemónica, sino que tarde o temprano llegara a serlo en un mundo sin reglas.

viernes, 17 de abril de 2020

El programa del miedo

Abril 16 2020

Por Lluís Bassets * – El País
La demolición trumpista del orden internacional amenaza ahora a la salud pública
Donald Trump tiene muy pocas ideas. Una, o dos como máximo, si acaso pueden recibir tal nombre. La más importante se la regaló a Bob Woodward en 2016 cuando todavía era candidato presidencial: “El poder efectivo es el miedo”, le dijo. El periodista la utilizó como título de su libro Miedo cuando apenas había transcurrido un año y medio de su presidencia. Woodward incluyó unas declaraciones del secretario presidencial de entonces, Rob Porter, útiles todavía hoy para explicar las decisiones de estos últimos días, cuando Estados Unidos se ha situado, ahora sí, en el liderazgo mundial, tal como rezaba el programa electoral, pero en cifras de infectados y de fallecidos por el coronavirus: “Me siento como si estuviéramos paseando constantemente por el borde de un acantilado”.
La última y la más grave ha sido la congelación de la aportación financiera a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Trump también ha reivindicado, en desafío de la Constitución, su “autoridad total” para decretar el fin de los confinamientos organizados por los poderes locales. Ha amenazado con echar a su asesor personal para la pandemia, el epidemiólogo Anthony Fauci, la única persona con autoridad para explicarle la verdad y dar seguridad a los ciudadanos. Y ha conseguido, en contra de todas las normas del Tesoro, que su nombre figure en los cheques de 1.200 dólares de ayuda directa que recibirán millones de ciudadanos como parte del paquete de tres billones aprobado por el Congreso.
Es difícil encontrar a alguien que no se haya equivocado en su diagnóstico de la epidemia, como es difícil encontrar a alguien a quien la epidemia no haya subvertido sus planes. Trump no admite lo primero: el presidente de las 13 mentiras diarias de promedio jamás se equivoca. Y no está dispuesto a aceptar lo segundo: ni el balance trágico del coronavirus ni la catástrofe económica que se avecina servirán para doblegar su ambición de renovar el mandato presidencial. Tiene el estímulo del cierre de filas de los demócratas alrededor de su candidato, Joe Biden, que ha recibido el apoyo explícito de Bernie Sanders, después de que este se retirara de la campaña. También se lo ha dado el expresidente Barack Obama. Trump ha recibido el aviso adicional de la severa derrota sufrida por los republicanos en Wisconsin, donde se celebraron primarias y elecciones para jueces locales y del Estado en las peores condiciones posibles para los votantes demócratas, obligados a salir de su confinamiento para votar aun a riesgo de su salud.
La demolición trumpista del orden internacional amenaza ahora a la salud pública. Seguro que la OMS también se ha equivocado y necesita reformas, pero sin ella todo sería peor, también para Estados Unidos. Después de superar la pandemia, el mejor regalo que Xi Jinping podría recibir de Trump sería la oportunidad de construir instituciones internacionales a su gusto y medida.
——————-
*Director adjunto de El País. Licenciado en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. 
—————-
Anexo:
Trump cosecha rechazos por desfinanciar a la OMS
PÁGINA12,  ARGENTINA
La decisión norteamericana de suspender los aportes a la Organización Mundial de la Salud provocó el rechazo de los líderes del mundo, que alertaron de los peligros de desfinanciar al organismo en plena pandemia del coronavirus. 
Ayer, Donald Trump anunció que ordenó cortar los fondos a la OMS (EE.UU. aportó 400 millones de dólares el último año) mientras se investiga la «desastrosa» gestión del organismo de las Naciones Unidas. Según Trump, la OMS ayudó a «encubrir» la responsabilidad de China en el origen de la Covid-19. Desde que se originó la pandemia, la OMS ha elogiado la gestión china de la crisis destacando la transparencia con la que actuó y ha aconsejado a otros países seguir su ejemplo.
No obstante, el gobierno chino recién aceptó una misión de la OMS para investigar la pandemia después de que el jefe del organismo, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, se reuniera con el presidente Xi Jinping el 28 de enero pasado en Beijing.

Adhanom lamentó la decisión de Trump y dijo que espera que la falta del aporte estadounidense, el más importante que recibe el organismo, no impida la lucha global contra el virus. «Revisaremos el impacto de esta retirada en nuestra financiación y trabajaremos con otros para intentar llenar ese vacío con el fin de garantizar que el trabajo continúe sin interrupciones», afirmó el médico etíope en una conferencia de prensa.

La Unión Africana (UA) lamentó que Estados Unidos, el país que más aporta a la OMS, decida dejar de hacerlo en este momento. «Hoy más que nunca, el mundo depende del liderazgo de la OMS para dirigir la respuesta mundial a la pandemia de Covid-19», escribió en Twitter el secretario general de la UA, Moussa Faki Mahamat, quien una semana antes había dicho que ya «habrá tiempo para pedir responsabilidades».
Asimismo, otros líderes africanos salieron en defensa de la OMS, entre ellos, los presidentes de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa; Ruanda, Paul Kagame; Namibia, Hage Geingob, y Nigeria, Muhammadu Buhari, entre otros.

La presidenta de Etiopía, Sahle-Work Zewde, compatriota de Tedros, subrayó que la OMS, bajo el liderazgo de su actual director general, «está cumpliendo con su mandato en el momento en que más los necesitamos», informó la agencia de noticias EFE.
China, a su vez, expresó su «seria preocupación» por la decisión del gobierno estadounidense de cortar los fondos.
En Europa, en tanto, los miembros de la Unión Europea advirtieron que no hay razón para congelar los fondos de la OMS en esta etapa crítica. El alto representante de la UE para Política Exterior, Josep Borrell, dijo que la OMS se necesita ahora más que nunca y destacó que «solo uniendo fuerzas se podrá superar esta crisis que no conoce fronteras».
Por su parte, el Reino Unido ratificó su intención de seguir aportando a la OMS, debido a que el organismo tiene un rol importante que desempeñar. «El coronavirus es un desafío global y es esencial que los países trabajen juntos para enfrentar esta amenaza compartida», subrayó un vocero del gobierno británico.
Mientras, el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Heiko Maas, aseguró en Twitter que «Culpar no ayuda. El virus no conoce fronteras. Debemos trabajar estrechamente contra la Covid-19. Fortalecer a la ONU, en particular a la OMS, es una mejor inversión, por ejemplo, para desarrollar y distribuir pruebas y vacunas”.
El único líder que respaldó a Trump fue el primer ministro de Australia, Scott Morrison, quien, sin embargo, aseguró que seguirá aportando fondos a la agencia de salud de la ONU. En declaraciones a Perth Radio 6PR, Morrison dijo que tiene algunas criticas contra la OMS y China pero que no le parece momento para «arrojar al bebé agua».
Desde Estados Unidos, la presidenta de la Cámara baja, la demócrata Nancy Pelosi, calificó de ilegal la suspensión de fondos a la OMS y prometió «desafiar» esa decisión presidencial, según la agencia DPA. «La decisión es peligrosa, es ilegal y será desafiada rápidamente», detalló Pelosi.

jueves, 9 de abril de 2020

Perdone la muerte del niño...

Abr 6 2020
Por Luis Casado*
El ‘mundo libre’, las organizaciones internacionales (comenzando por la OMS) y el ‘mercao’ han mostrado sus falencias de cara a la salud pública. Y el coronavirus sigue ahí… delante de nosotros

Cunde en el mundo, con encomiable premura, la preocupación relativa al qué hacer después de la pandemia. Los artículos, notas y crónicas abundan. El tono evoca los buenos propósitos de fin de año, y uno teme con alguna razón que la férrea voluntad que anima a los autores -como siempre- dure lo que ‘la virginidad y las flores’ (Ch. de Gaulle).
Entretanto la pandemia remite en Asia, se instala con fuerza en Europa y los EEUU, y se propaga –cansina, indolente, como en cámara lenta– en América Latina.
Los EEUU y Europa parecen ser las regiones que, hasta ahora, más brutalmente sufren los efectos del coronavirus. Tanto más cuanto que en la UE, décadas de incuria, irresponsabilidad y tacañería neoliberal dañó gravemente la Salud pública y su capacidad para hacerle frente a desafíos de esta naturaleza. Los EEUU, que carecen de algún sistema de protección social comparable a los que conocemos en Europa, asisten impotentes a lo que se parece malamente a una masacre, esta vez sin pistolas, ni rifles ni armas automáticas. El “mundo libre” (¿libre de qué?), ese “occidente” que se reserva el apelativo de “comunidad internacional”, ante el coronavirus se parece en demasía a Primo Carnera, boxeador italiano que la mafia yanqui coronó campeón del mundo de peso pesado en 1933.
Un gigante (1,95m por 125 kg), Carnera era lo que en la jerga del ring llaman un “paquete”, o sea un boxeador nulo, cuyos rivales eran aun más “paquetones” que él, y solían ‘dormirse’ en el primer round previo acuerdo a título oneroso. Transformado en ídolo del pueblo italiano bajo el fascismo, el propio Duce –Mussolini– asistió a sus combates en Roma. Las apuestas ilegales hicieron la fortuna del hampa neoyorquina, que no tardó en descubrir que podía ganar aún más dinero apostando contra su pupilo. Entonces el pobre Primo Carnera sufrió las peores palizas que haya recibido boxeador alguno, primero ante Max Baer y luego frente el célebre Joe Louis.
Ahí están los EEUU y la Unión Europea… tambaleantes, groggies, knock-out, como si hubiesen recibido el derechazo que Mohamed Alí le ajustó a Georges Foreman en el 8º round del combate que sostuvieron la noche del 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, Zaire (actual República Democrática del Congo).
Antes de pensar en el día después, sin embargo, hay que tomar en serio la proverbial expresión de la que usan y abusan los periodistas yanquis: “It gonna get worse, before it get better”. Esto se va a poner crudo antes de amainar.
La “estrategia” (según nuestros gobernantes estamos “en guerra”…) de lucha contra el coronavirus en “occidente” le debe mucho a los trucos, artilugios, trampas y pillerías del llamado marketing, que te aconseja transformar tus debilidades –o las de tu producto– en fortalezas. Así, el chillón color amarillo pato se transforma “en un elemento que llama la atención como una poderosa señal de identidad y reconocimiento”. Del mismo modo el marketing político ha logrado la hazaña de transformar –¡Oh magia!– algunos trous-du-cul en diputados, senadores, e incluso presidentes de alguna república al pedo . Si no me crees… mira los casos de Chile y EEUU.
De modo que en Francia, constatando que la Reserva Estratégica de Mascarillas había sido suprimida con el loable propósito de reducir el gasto público (orgullo supremo: la ministro de Salud era Marisol Touraine, una ‘shilena’…), el gobierno de Macron decretó que las mascarillas eran inútiles.
Al advertir que los reactivos y otros elementos necesarios para proceder a un diagnóstico masivo de la población ya no se fabrican en la dulce Francia visto que es más barato hacerlo en China, y que las reservas eran mínimas por las mismas razones de reducción del gasto público, la “estrategia” elegida fue la de confinar a toda la población, lo que –simple detallito– va a costar mil veces más que haber conservado esa industria en Francia.
Poco a poco, no obstante, la palabra de los científicos, de los médicos y el personal sanitario se va imponiendo. A correr llaman. Ahora las mascarillas sí sirven y hay que utilizarlas masivamente. ¿Cómo hacer si China no da abasto? Ahí comienza a operar el maravilloso “sistema D”, notable recurso galo conocido desde la noche de los tiempos. Démerde-toi, es la consigna. Mal traducido: Arréglatelas como puedas.
En el norte de Francia, a alguien se le ocurrió llamar a las numerosas costureras que durante la cuarentena no tienen mucho que hacer. En menos de 10 días recibió la respuesta de 18 mil costureras que comenzaron a fabricar mascarillas homologadas en su propia casa: unas 300 mascarillas al día cada una de ellas, en su máquina de coser personal. Ninguna exige remuneración: lo hacen por la patria, por la República, por sus semejantes. El tipo de la iniciativa tiene el respaldo de las autoridades locales que financian los materiales y declara, orgulloso: “En 10 días monté el más grande taller de costura del mundo”. No lo hizo movido por el lucro sino por su amor de la Humanidad: las mascarillas son distribuidas gratuitamente a médicos, enfermeras, centros médicos, fuerzas del orden y público en general.
Allí donde las autoridades políticas hacen lo de siempre, chamullar, otros actúan. Ciudadanos de a pie que rehúsan dejarse atropellar por un virus cuyos efectos hubiesen sido infinitamente menores si los políticos hubiesen hecho su trabajo y asumido sus responsabilidades, si solo hubiesen pensado un poquito menos en los “negocios”.
Los politólogos, economistas, filósofos, expertos y otros cantamañanas que se inquietan del día después, harían bien en considerar que solo los pueblos tienen la habilidad, la voluntad, la legitimidad, la fuerza y la inteligencia para reconstruir lo que 40 años de dogma neoliberal han destruido.
La consabida frase pronunciada por los mangantes que están en el poder, Perdone la muerte del niño… no es aceptable ni como respuesta, ni como excusa.
El día después comienza hoy. Comenzó ayer. Antes de ayer. El futuro no es lo que viene. Es lo que seamos capaces de construir nosotros mismos.
——————-
*Editor de POLITIKA. . Ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, le llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes. Ha publicado varios libros  en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Un cataclismo previsto

Mar 23 2020
Por Juan Luis Cebrián*
Las principales instituciones mundiales denunciaron hace meses que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como realista y alertaron de que ningún Gobierno estaba preparado.

En septiembre del año pasado, un informe de Naciones Unidas y el Banco Mundial avisaba del serio peligro de una pandemia que, además de cercenar vidas humanas, destruiría las economías y provocaría un caos social. Llamaba a prepararse para lo peor: una epidemia planetaria de una gripe especialmente letal transmitida por vía respiratoria. Señalaba que un germen patógeno de esas características podía tanto originarse de forma natural como ser diseñado y creado en un laboratorio, a fin de producir un arma biológica. Y hacía un llamamiento a los Estados e instituciones internacionales para que tomaran medidas a fin de conjurar lo que ya se describía como una acechanza cierta. La presidenta del grupo que firmaba el informe, Gro Harlem Brundtland, antigua primera ministra de Noruega y ex directora de la Organización Mundial de la Salud, denunció que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como absolutamente realista y podía encaminarnos hacia el equivalente en el siglo XXI de la “gripe española” de 1918, que mató a cerca de 50 millones de personas. Denunció además que ningún Gobierno estaba preparado para ello, ni había implementado el Reglamento Sanitario Internacional al respecto, aunque todos lo habían aceptado. “No sorprende” —dijo— “que el mundo esté tan mal provisto ante una pandemia de avance rápido transmitida por el aire”.
Los llantos de cocodrilo de tantos gobernantes, en el sentido de que nadie podía haber imaginado una cosa así, no tienen por lo mismo ningún sentido. No solo hubo quienes lo imaginaron: lo previeron, y advirtieron seriamente al respecto. Ha habido sin ninguna duda una negligencia por parte de los diversos ministros de Sanidad y sus jefes, y en Francia tres médicos han presentado ya una querella contra el Gobierno por ese motivo. La consecuencia es que la mayoría de las naciones occidentales están hoy desbordadas en sus capacidades para luchar contra la epidemia. Se ha reaccionado tarde y mal. Faltan camas hospitalarias, falta personal médico, faltan respiradores, y falta también transparencia en la información oficial. En nuestro caso los periodistas tienen incluso que soportar que sus preguntas al poder sean filtradas por el secretario de Comunicación de La Moncloa.
El 24 de febrero la OMS declaró oficialmente la probabilidad de que nos encontráramos ante una pandemia. Pese a ello y a conocer la magnitud de la amenaza, ya hecha realidad con toda crudeza en varios países, apenas se tomaron medidas en la mayoría de los potenciales escenarios de propagación del virus. En nuestro caso se alentó la asistencia a gigantescas manifestaciones, se sugirió durante días la oportunidad de mantener masivas fiestas populares, no se arbitró financiación urgente para la investigación, se minimizó la amenaza por parte de las autoridades, e incluso el funcionario todavía hoy al frente de las recomendaciones científicas osó decir entre sonrisas que no había un riesgo poblacional.
No es momento de abrir un debate sobre el tema, pero es lícito suponer que además de las responsabilidades políticas los ciudadanos, que ofrecen a diario un ejemplo formidable de solidaridad en medio del sufrimiento generalizado, tendrán derecho a demandar reparación legal si hay negligencia culpable. Cunden a este respecto las dudas sobre la constitucionalidad en el ejercicio del estado de alarma. Se han suspendido en la práctica, aunque el decreto no lo establezca así, dos derechos fundamentales, el de libre circulación y el de reunión. No se discute el contenido de las medidas, del todo necesarias, sino la decisión de no declarar el estado de excepción que sí cubriría sin duda alguna dichos extremos, como también la movilización del Ejército. La impresión dominante es que el Gobierno es prisionero en sus decisiones de los pactos con sus socios de Podemos y los independentistas catalanes y vascos. En una palabra, la conveniencia política prima, incluso en ocasiones tan graves como esta, sobre la protección de la ciudadanía.
En descargo de nuestras autoridades puede apelarse por desgracia a parecidos errores cometidos en la Unión Europea, cuyo fracaso institucional, si no despierta a tiempo de la parálisis, amenaza con ser definitivo. La falta de coordinación entre los Gobiernos, la variedad de las decisiones adoptadas, la incapacidad para dar una respuesta global a un problema global, es ultrajante para la ciudadanía. La Comisión, el Consejo y el Parlamento europeos deberían haber adoptado medidas homogéneas para el conjunto de sus miembros. Europa ya venía fracasando en las políticas sobre emigración o refugiados, y solo se ha mostrado firme y coherente en la exigencia de austeridad que garantice los equilibrios presupuestarios. Dicha austeridad, aplicada con criterios cortoplacistas, está en la base de la escasa inversión en los sistemas de salud, cuyas carencias nos conducen ahora al mayor desequilibrio económico y fiscal imaginable. A medida que se cierran las fronteras y se expulsa a los extranjeros, crece el nacionalismo de viejo cuño, incapaz como es de dar respuesta a problemas planetarios, y en el que se engendran desde hace siglos sangrientos conflictos.
Pero el desorden no es solo europeo. No se han reunido el G20 y el G7, los supuestos amos del mundo; los llamamientos del secretario general de la ONU a proteger a los países más desfavorecidos e inermes ante la amenaza letal no son escuchados; y al presidente de Estados Unidos no se le cae de la boca la acusación a China de ser la responsable de esta catástrofe porque el primer ataque del virus tuvo lugar en Wuhan. Uno de los principales deberes pendientes, cuando la situación se haya estabilizado, será tratar de analizar el verdadero foco del patógeno, y establecer si tiene su origen natural o fue un invento humano. Al fin y al cabo, también la pandemia de 1918 recibió el apelativo de “gripe española” cuando en realidad la transmitieron soldados norteamericanos que habían desembarcado en un puerto francés.
Dure dos semanas o dos meses (más probablemente esto último) la batalla ciudadana contra el virus, lo que se avecina tras la victoria, cuyo precio habrá que contabilizar en vidas humanas antes que en datos económicos, es una convulsión del orden social de magnitudes todavía difíciles de concebir. El poder planetario se va a distribuir de forma distinta de como lo hemos conocido en los últimos 70 años. El nuevo contrato social ya ha comenzado a edificarse además gracias al empleo masivo de la digitalización durante el confinamiento de millones de ciudadanos en todo el orbe. En el nuevo escenario, China no será ya el actor invitado, sino el principal protagonista. La eficacia de sus respuestas en las dos últimas crisis globales, la financiera de 2008 y la pandemia de 2020, le va a permitir liderar el nuevo orden mundial, cuyo principal polo de atención se sitúa ya en Asia. No por casualidad países como Corea del Sur, Singapur y Japón sobresalen en el podio de los triunfadores frente al coronavirus. Este nuevo orden mundial ha de plantear interrogantes severos sobre el futuro de la democracia y el desarrollo del capitalismo. También sobre el significado y ejercicio de los derechos humanos, tan proclamados como pisoteados en todo el orbe. Por mucho que griten los populistas es la hora de los filósofos. Uno de los más respetados en el ámbito del Derecho, el profesor Luigi Ferrajoli, llamaba precisamente desde Roma, apenas días antes de que la ciudad se cerrara al mundo, a levantar un constitucionalismo planetario, “una conciencia general de nuestro común destino que, por ello mismo, requiere también de un sistema común de garantías de nuestros derechos y de nuestra pacífica y solidaria coexistencia”. Palabras que me hubiera gustado escucharan los españoles días atrás en alguno de los mensajes a la nación, tan bienintencionados como poco inspiradores.
——————
*Periodista, escritor y empresario español. Fue director-fundador del diario El País, que dirigió desde 1976 hasta noviembre de 1988. Desde el 19 de diciembre de 1996 es académico de la Real Academia Española. Artículo publicado en El País,  el 23.03.2020
——————–

lunes, 23 de marzo de 2020

La peste será un acontecimiento decisivo y un punto de inflexión

Para muchos, la peste puede convertirse en un acontecimiento decisivo y basal para la continuidad de sus vidas. Cuando finalmente amaine, y la gente salga de sus casas y del prolongado encierro, puede ser que se formulen nuevas y sorprendentes posibilidades: Tal vez el tomar contacto con lo fundamental de la existencia lo haga. Quizás lo concreto de la muerte y el milagro de salvarse sacudan y conmuevan a mujeres y a hombres. Muchos perderán a sus seres queridos. Muchos perderán sus lugares de trabajo, su sustento, su dignidad. Pero cuando termine la peste, habrá quizás también quienes no quieran volver a su vida anterior
Por David Grossman – Traducción:  Margalit Mendelson

Es más potente que nosotros, la peste, y de algún modo, inconcebible. Más potente que todo enemigo de carne y hueso con que nos hemos topado y que todo superhéroe que hemos inventado en imaginarios y en films. A veces se nos cuela al alma la idea paralizante de que quizás esta vez, perdamos la guerra, la perdamos de verdad. Una derrota mundial. Como en los tiempos de la “gripe española”. Una idea que desechamos de inmediato, porque ¿cómo nos va a ganar? ¡Si nosotros somos la humanidad del siglo XXI! Perfeccionados, computarizados, armados con infinidad de armas destructivas, defendidos por antibióticos, inmunes… y sin embargo, algo en ella, en esta peste, nos dice que esta vez las leyes del juego han cambiado y ya no son las conocidas, hasta el punto de poder decir que este juego no tiene reglas. Aterrados contamos hora tras hora los enfermos y los muertos en todas partes del mundo. En cambio, el enemigo que tenemos enfrente no muestra signos de cansancio ni de moderación, y sigue golpeándonos sin impedimento alguno, valiéndose de nuestro cuerpo para multiplicarse.

Algo en la falta de rostro de esta peste, en su violento vacío, como amenazando absorber todo nuestro existir, que de pronto aparece tan frágil e indefenso. Las innumerables palabras vertidas sobre ella los últimos meses no logran hacerla un poco más comprensible y previsible.

“La peste no está hecha a la medida del hombre”, escribía Albert Camus en su libro La peste, “y por eso el hombre se dice que la peste no es concreta. Es una pesadilla que pasará. Pero no siempre pasa y de pesadilla en pesadilla, los hombres son los que pasan. Suponían que todo les era posible, lo que implica que las pestes están más allá de lo posible. Siguieron haciendo negocios, preparando viajes y sosteniendo concepciones. ¿Cómo podían pensar en la peste, que pondría fin a su futuro?”

Nosotros ya sabemos: cierto incierto porcentaje de población se contagiará del virus. Un porcentaje morirá. En EEUU hablan de más de un millón de personas que morirán. La muerte es ahora muy concreta. El que puede  lo niega. Pero quien tiene una imaginación muy activa – como quien suscribe, por ejemplo, razón por la cual hay que tomar lo que diga dubitativamente – se convierte en víctima de imaginarios que se reproducen a una velocidad que no le va en zaga al ritmo de contagio del virus. Casi todas las personas con las que me encuentro me devuelven en un instante las distintas posibilidades que le depara la ruleta de la peste. Y mi vida sin ella. Y su vida sin mí. Toda conversación puede ser la última.

Tal vez la conciencia de la brevedad de la vida y su fragilidad muevan a hombres y mujeres a fijarse una nueva escala de prioridades. Insistir mucho más en discriminar lo importante de lo superfluo. Comprender que el tiempo –y no el dinero– es el recurso más preciado cuando el círculo se va cerrando: al principio nos decían, “Se cierran los cielos” (¡qué expresión! Sólo “la barrera de la nostalgia” la iguala en cuanto a absurdo y preciso). Después se cerraron los cafés de tu preferencia, los teatros, las canchas, los museos. Los jardines de infantes, las escuelas, las universidades. Uno tras otro la humanidad apaga sus faroles. De pronto se da en nuestras vidas un drama catastrófico de bíblicas proporciones. “Y Dios azotó al pueblo”. Y el mundo fue azotado. Todos los humanos participan de este drama. Ninguno queda afuera. Ninguno participa en menor medida que los demás. Por una parte, debido a la naturaleza masiva de la catástrofe, los muertos que no conocemos son sólo un número, anónimos y carentes de rostro. Y por otra, cuando miramos hoy a nuestros parientes, a nuestros seres queridos, percibimos hasta qué punto cada uno es toda una cultura, interminable, cuya desaparición dejará al mundo con una falta irremediable. La unicidad de cada uno clama desde la persona, y así como el amor nos hacer darle un valor único a una persona entre las tantas que fluyen por nuestras vidas, así, resulta, que nos lo hace también la conciencia de la muerte.

Para muchos, la peste puede convertirse en un acontecimiento decisivo y basal para la continuidad de sus vidas. Cuando finalmente amaine, y la gente salga de sus casas y del prolongado encierro, puede ser que se formulen nuevas y sorprendentes posibilidades: Tal vez el tomar contacto con lo fundamental de la existencia lo haga. Quizás lo concreto de la muerte y el milagro de salvarse sacudan y conmuevan a mujeres y a hombres. Muchos perderán a sus seres queridos. Muchos perderán sus lugares de trabajo, su sustento, su dignidad. Pero cuando termine la peste, habrá quizás también quienes no quieran volver a su vida anterior. Habrá quienes – los que puedan, obviamente – dejen trabajos que por años los asfixió y los reprimió. Quienes decidan abandonar a sus familias. Separarse de sus parejas. Concebir un hijo, o evitar tenerlo. Habrá quienes salgan del armario (de todo tipo de armarios). Habrá quienes empiecen a creer en Dios. Habrá religiosos que dejen de serlo. Quizás la conciencia de la brevedad y la fragilidad de la vida induzcan a hombres y mujeres a plantearse una nueva escala de prioridades. A insistir mucho más en diferenciar lo importante de lo superfluo. A comprender que el tiempo – y no el dinero – es el recurso más preciado que tenemos.

Habrá quienes se pregunten por primera vez por qué hicieron las elecciones que hicieron, las renuncias y las concesiones. Amores que no se atrevieron a amar. Vidas que no se atrevieron a vivir. Hombres y mujeres se preguntarán –por poco tiempo, al parecer, pero la posibilidad sin embargo se dará– por qué dejan pasar sus días en vínculos que les amargan la vida. Habrá quienes cuyas concepciones políticas les parezcan de pronto erradas, basadas sólo en miedos y en valores que la peste desintegró. Quizás habrá quienes de pronto pongan en duda las razones que los han llevado a luchar contra un enemigo a lo largo de generaciones, creyendo que la guerra era un designio del cielo. Puede ser que superar una prueba humana tan dura y profunda ocasione que la gente deseche posiciones nacionalistas, por ejemplo, y todo aquello que preserve lo que separa, divide, margina y odia. Quizás haya quienes por primera vez se preguntarán, por ejemplo, por qué los israelíes y los palestinos siguen guerreando entre sí, dedicando sus energías vitales a eso desde hace más de cien años, una guerra que de qué rato ya podía haber terminado.

El solo hecho de poner en funcionamiento la imaginación desde el abismo de la desesperación y el miedo reinantes, tiene fuerza propia. La imaginación puede no sólo verlo todo negro, sino también preservar la libertad del alma. En tiempos paralizantes como estos, la imaginación es como un ancla que arrojamos a las profundidades de la desesperanza de futuro, para empezar a izarnos hacia él. La sola posibilidad de imaginar una situación mejor está diciendo que aún no le permitimos a la enfermedad, ni al temor a ella, nacionalizar todo nuestro ser. De ahí que podamos abrigar la esperanza de que cuando la peste se acabe y el aire se llene de sensaciones de sanación y rehabilitación, la gente se anime de otro espíritu. Un espíritu de levedad y de frescura renovada. Tal vez se corporicen en nosotros, por ejemplo, gratas señales de una ingenuidad desprovista de todo cinismo. Tal vez incluso la ternura se vuelva de pronto, por un tiempo, legal. Tal vez comprendamos que la peste asesina nos brinda la posibilidad de quitarnos de encima capas de grasa, de puerca codicia. De pensamiento grosero e indiscriminado. De una abundancia convertida en bulto que ya empezaba a asfixiar (y ¿por qué diablos hemos acumulado tantos objetos? ¿Por qué hemos amontonado tanta sobrecarga que nuestras vidas han quedado sepultadas bajo tantos objetos inútiles?)

Tal vez la gente mire todo tipo de distorsiones de la sociedad de consumo y le den ganas de vomitar. Quizás los ilumine de pronto la conciencia banal e ingenua, de que es horrible que haya gente tan rica y otros tan pobres. Que es horrible que un mundo tan rico y saciado no de igualdad de oportunidades a toda criatura que nace. Ya que somos todos un mismo tejido de contagio, tal como descubrimos ahora. Ya que el bien de los demás es finalmente nuestro propio bien. Que el bien del planeta que habitamos es nuestro propio bien, nuestro bienestar y nuestra posibilidad de respirar, el futuro de nuestros hijos.

Y quizás también los medios de comunicación, cuya presencia es casi absoluta en nuestras vidas y en nuestro tiempo, se pregunten honestamente qué responsabilidad les cabe en la sensación de hartazgo generalizado en que estábamos embarrados antes de la peste. Qué responsabilidad les cabe en la sensación de que ininterrumpidamente personas con intereses muy claros nos manipulan lavándonos el cerebro y derrochando nuestro dinero. Que nos narra el complejo y trágico relato de nuestras vidas cínica y groseramente. No hablo del periodismo serio, de investigación, valiente, sino de la supuesta “comunicación de masas” que desde hace tiempo se convirtió en una comunicación que convierte a las personas en una masa. Y no pocas veces, incluso en una horda primitiva.

¿Acaso algo de lo aquí descrito sucederá? Quién sabe. Y aun si sucede, temo que se esfume rápidamente y las cosas vuelvan a ser como antes de apestarnos, antes del diluvio. Qué sucederá hasta entonces es difícil de adivinar. Pero vale la pena seguir preguntando y repreguntándonos, a modo de remedio sanador, hasta que se le encuentre inmunización a la peste.


David Grossman es un reconocido escritor israelí.
* Fuente: Diario Haaretz, 19/3/2020

sábado, 18 de enero de 2020

Roberto Arlt: "Un hombre extraño" (de "Los siete locos")

A las diez de la mañana Erdosain llegó a Perú y Avenida de Mayo. Sabía que su problema no tenía otra solución que la cárcel, porque Barsut seguramente no le facilitaría el dinero. De pronto se sorprendió.

En la mesa de un café estaba el farmacéutico Ergueta.

Con el sombrero hundido hasta las orejas y las manos tocándose por los pulgares sobre el grueso vientre, cabeceaba con una expresión agria, abotagada, en su cara amarilla.

Lo vidrioso de sus ojos saltones, su gruesa nariz ganchuda, las mejillas fláccidas y el labio inferior casi colgando, le daban la apariencia de un cretino.

Enfundaba su macizo cuerpazo en un traje de color de canela y, a momentos, inclinado el rostro, apoyaba los dientes en el puño de marfil de su bastón.

Por ese desgano y la expresión canalla de su aburrimiento tenía el aspecto de un tratante de blancas. Inesperadamente sus ojos se encontraron con los de Erdosain, que iba a su encuentro, y el semblante del farmacéutico se iluminó con una sonrisa pueril. Aún sonreía cuando le estrechaba la mano a Erdosain, que pensó:

­

¡Cuántas lo han querido por esa sonrisa!
Involuntariamente, la primera pregunta de Erdosain fue:
­ Y, ¿te casaste con Hipólita?
­ Sí, pero no te imaginás el bochinche que se armó en casa...
­ ¿Qué..., supieron que era de la vida?
­ No... eso lo dijo ella después. ¿Vos sabés que Hipólita antes de hacer la calle trabajó de sirvienta?...
­ ¿Y?
­ Poco después que no casamos, fuimos mamá, yo, Hipólita y mi hermanita a lo de una familia. ¿Te das cuenta qué memoria la de esa gente? Después de diez años reconocieron a Hipólita que fue sirvienta de ellos. ¡Algo que no tiene nombre! Yo y ella nos vinimos por un camino y mamá y Juana por otro. Toda la historia que yo inventé para justificar mi casamiento se vino abajo.
­ ¿Y por qué confesó que fue prostituta?
­ Un momento de rabia. Pero, ¿no tenía razón? ¿No se había regenerado? ¿No me aguantaba a mí, a mí, que les he sacado canas verdes a ellos?
­ ¿Y cómo te va?
­ Muy bien... La farmacia da sesenta pesos diarios. En Pico no hay otro que conozca la Biblia como yo. Lo desafié al cura a una controversia y no quiso agarrar viaje.

Erdosain miró repentinamente esperanzado a su extraño amigo. Luego le preguntó:
­ ¿Jugás siempre?
­ Sí, y Jesús, por mi mucha inocencia, me ha revelado el secreto de la ruleta.
­ ¿Qué es eso?
­ Vos no sabés... el gran secreto... una ley de sincronismo estático... ya fui dos veces a Montevideo y gané mucho dinero, pero esta noche salimos con Hipólita para hacer saltar la banca.

Y de pronto lanzó la embrollada explicación:
­ Mirá, le jugás hipotéticamente una cantidad a las tres primeras bolas, una a cada docena. Si no salen tres docenas distintas se produce ferozmente el desequilibrio. Marcás, entonces, con un punto la docena salida. Para las tres bolas que siguen quedará igual la docena que marcaste. Claro está que el cero no se cuenta y que jugás a las docenas en series de tres bolas. Aumentás entonces una unidad en la docena que no tiene alguna cruz, disminuís, en una, quiero decir, en dos unidades la docena que tiene tres cruces, y esta sola base te permite deducir la unidad menor que las mayores y se juega la diferencia a la docena o las docenas que resulten.

Erdosain no había entendido. Contenía su deseo de reír a medida que su esperanza crecía, pues era indudable que Ergueta estaba loco. Por eso replicó:
­ Jesús sabe revelar esos secretos a los que tienen el alma llena de santidad.

­

Y también a los idiotas ­arguyó Ergueta, clavando en él una mirada burlona, a medida que guiñaba el párpado izquierdo­. Desde que yo me ocupo de esas cosas misteriosas he hecho macanas grandes como casas, por ejemplo, casarme con esa atorranta...

­

¿Y sos feliz con ella?
­ ... creer en la bondad de la gente, cuando todo el mundo lo que tira es a hundirlo a uno y hacerle fama de loco...

Erdosain, impaciente, frunció el ceño; luego:
­ ¿Cómo no querés que te tengan por loco? Vos fuiste, según tus propias palabras, un gran pecador. Y de pronto te convertís, te casás con una prostituta porque eso está escrito en la Biblia, le hablás a la gente del cuarto sello y del caballo amarillo... claro... la gente tiene que creer que estás loco, porque esas cosas no las conoce ni por las tapas. ¿A mí no me tienen también por loco porque he dicho que habría que instalar una tintorería para perros y metalizar los puños de las camisas?... Pero yo no creo que estés loco. No, no lo creo. Lo que hay en vos es un exceso de vida, de caridad y de amor al prójimo. Ahora, eso de que Jesús te haya revelado el secreto de la ruleta me parece medio absurdo...

­

Cinco mil pesos gané en las dos veces...

­

Pongamos que sea cierto. Pero lo que te salva a vos no es el secreto de la ruleta, si no el hecho de tener una hermosa alma. Sos capaz de hacer el bien, de emocionarte ante un hombre que está a las puertas de la cárcel...

­

Eso sí que es verdad ­interrumpió Ergueta­. Fijate que hay otro farmacéutico en el pueblo que es un tacaño viejo. El hijo le robó cinco mil pesos... y después vino a pedirme un consejo. ¿Sabés lo que le aconsejé yo? Que lo amenazara al padre con hacerlo meter preso por vender cocaína si lo denunciaba.

­

¿Ves cómo te comprendo yo? Vos querías salvar el alma del viejo haciéndole cometer un pecado al hijo, pecado del que éste se arrepentirá toda la vida. ¿No es así?
­ Sí, en la biblia está escrito: "Y el padre se levantará contra el hijo y el hijo contra el padre"...
­ ¿Ves? Yo te entiendo a vos. No sé para lo que estás predestinado... El destino de los hombres es siempre incierto. Pero creo que tenés por delante un camino magnífico. ¿Sabés? Un camino raro...

­

Seré el Rey del Mundo. ¿Te das cuenta? Ganaré en todas las ruletas el dinero que quiera. Iré a Palestina, a Jerusalén y reedificaré el gran templo de Salomón...

­

Y salvarás de angustia a mucha gente buena. ¡Cuántos hay que por necesidad defraudaron a sus patrones, robaron dinero que les estaba confiado! ¿Sabés? La angustia... Un tipo angustiado no sabe lo que hace... Hoy roba un peso, mañana cinco, pasado veinte y cuando se acuerda debe cientos de pesos. Y el hombre piensa. Es poco... y de pronto se encuentra con que han desaparecido quinientos, no, seiscientos pesos con siete centavos. ¿Te das cuenta? Ésa es la gente que hay que salvar..., a los angustiados, a los fraudulentos.

El farmacéutico meditó un instante. Una expresión grave se disolvió en la superficie de su semblante abotagado; luego, calmosamente, agregó:

­

Tenés razón... el mundo está lleno de turros, de infelices... pero ¿cómo remediarlo? Esto es lo que a mí me preocupa. ¿De qué forma presentarle nuevamente las verdades sagradas a esa gente que no tiene fe?

­

Pero si la gente lo que necesita es plata... no sagradas verdades.

­

No, es que eso pasa por el olvido de las Escrituras. Un hombre que lleva en sí las sagradas verdades no lo roba a su patrón, no defrauda a la compañía en que trabaja, no se coloca en situación de ir a la cárcel del hoy al mañana.

Luego se rascó pensativamente la nariz y continuó:
­ Además, ¿quién no te dice que eso no sea para bien? ¿Quiénes van a hacer la revolución social, si no los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te creés que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos?

­

De acuerdo, de acuerdo... pero, en tanto llega la revolución social, ¿qué hace ese desdichado? ¿Qué hago yo?
Y Erdosain, tomándolo del brazo a Ergueta, exclamó:
­ Porque yo estoy a un paso de la cárcel, ¿sabés? He robado seiscientos pesos con siete centavos.
El farmacéutico guiñó lentamente el párpado izquierdo y luego dijo:
­ No te aflijás. Los tiempos de tribulación de que hablan las Escrituras han llegado. ¿No me he casado ya con la Coja, con la Ramera? ¿No se ha levantado el hijo contra el padre y el padre contra el hijo? La revolución está más cerca de lo que la desean los hombres. ¿No sos vos el fraudulento y el lobo que diezma el rebaño...?
­ Pero, decime, ¿vos no podés prestarme esos seiscientos pesos?
El otro movió lentamente la cabeza:
­ ¿Te pensás que porque leo la Biblia soy un otario?
Erdosain lo miró desesperado:
­ Te juro que los debo.
De pronto ocurrió algo inesperado.
El farmacéutico se levantó, extendió el brazo y haciendo chasquear la yema de los dedos, exclamó ante el mozo del café que miraba asombrado la escena:
­ Rajá, turrito, rajá.

Erdosain, rojo de vergüenza, se alejó. Cuando en la esquina volvió la cabeza, vió que Ergueta movía los brazos hablando con el camarero.