jueves, 9 de abril de 2020

Perdone la muerte del niño...

Abr 6 2020
Por Luis Casado*
El ‘mundo libre’, las organizaciones internacionales (comenzando por la OMS) y el ‘mercao’ han mostrado sus falencias de cara a la salud pública. Y el coronavirus sigue ahí… delante de nosotros

Cunde en el mundo, con encomiable premura, la preocupación relativa al qué hacer después de la pandemia. Los artículos, notas y crónicas abundan. El tono evoca los buenos propósitos de fin de año, y uno teme con alguna razón que la férrea voluntad que anima a los autores -como siempre- dure lo que ‘la virginidad y las flores’ (Ch. de Gaulle).
Entretanto la pandemia remite en Asia, se instala con fuerza en Europa y los EEUU, y se propaga –cansina, indolente, como en cámara lenta– en América Latina.
Los EEUU y Europa parecen ser las regiones que, hasta ahora, más brutalmente sufren los efectos del coronavirus. Tanto más cuanto que en la UE, décadas de incuria, irresponsabilidad y tacañería neoliberal dañó gravemente la Salud pública y su capacidad para hacerle frente a desafíos de esta naturaleza. Los EEUU, que carecen de algún sistema de protección social comparable a los que conocemos en Europa, asisten impotentes a lo que se parece malamente a una masacre, esta vez sin pistolas, ni rifles ni armas automáticas. El “mundo libre” (¿libre de qué?), ese “occidente” que se reserva el apelativo de “comunidad internacional”, ante el coronavirus se parece en demasía a Primo Carnera, boxeador italiano que la mafia yanqui coronó campeón del mundo de peso pesado en 1933.
Un gigante (1,95m por 125 kg), Carnera era lo que en la jerga del ring llaman un “paquete”, o sea un boxeador nulo, cuyos rivales eran aun más “paquetones” que él, y solían ‘dormirse’ en el primer round previo acuerdo a título oneroso. Transformado en ídolo del pueblo italiano bajo el fascismo, el propio Duce –Mussolini– asistió a sus combates en Roma. Las apuestas ilegales hicieron la fortuna del hampa neoyorquina, que no tardó en descubrir que podía ganar aún más dinero apostando contra su pupilo. Entonces el pobre Primo Carnera sufrió las peores palizas que haya recibido boxeador alguno, primero ante Max Baer y luego frente el célebre Joe Louis.
Ahí están los EEUU y la Unión Europea… tambaleantes, groggies, knock-out, como si hubiesen recibido el derechazo que Mohamed Alí le ajustó a Georges Foreman en el 8º round del combate que sostuvieron la noche del 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, Zaire (actual República Democrática del Congo).
Antes de pensar en el día después, sin embargo, hay que tomar en serio la proverbial expresión de la que usan y abusan los periodistas yanquis: “It gonna get worse, before it get better”. Esto se va a poner crudo antes de amainar.
La “estrategia” (según nuestros gobernantes estamos “en guerra”…) de lucha contra el coronavirus en “occidente” le debe mucho a los trucos, artilugios, trampas y pillerías del llamado marketing, que te aconseja transformar tus debilidades –o las de tu producto– en fortalezas. Así, el chillón color amarillo pato se transforma “en un elemento que llama la atención como una poderosa señal de identidad y reconocimiento”. Del mismo modo el marketing político ha logrado la hazaña de transformar –¡Oh magia!– algunos trous-du-cul en diputados, senadores, e incluso presidentes de alguna república al pedo . Si no me crees… mira los casos de Chile y EEUU.
De modo que en Francia, constatando que la Reserva Estratégica de Mascarillas había sido suprimida con el loable propósito de reducir el gasto público (orgullo supremo: la ministro de Salud era Marisol Touraine, una ‘shilena’…), el gobierno de Macron decretó que las mascarillas eran inútiles.
Al advertir que los reactivos y otros elementos necesarios para proceder a un diagnóstico masivo de la población ya no se fabrican en la dulce Francia visto que es más barato hacerlo en China, y que las reservas eran mínimas por las mismas razones de reducción del gasto público, la “estrategia” elegida fue la de confinar a toda la población, lo que –simple detallito– va a costar mil veces más que haber conservado esa industria en Francia.
Poco a poco, no obstante, la palabra de los científicos, de los médicos y el personal sanitario se va imponiendo. A correr llaman. Ahora las mascarillas sí sirven y hay que utilizarlas masivamente. ¿Cómo hacer si China no da abasto? Ahí comienza a operar el maravilloso “sistema D”, notable recurso galo conocido desde la noche de los tiempos. Démerde-toi, es la consigna. Mal traducido: Arréglatelas como puedas.
En el norte de Francia, a alguien se le ocurrió llamar a las numerosas costureras que durante la cuarentena no tienen mucho que hacer. En menos de 10 días recibió la respuesta de 18 mil costureras que comenzaron a fabricar mascarillas homologadas en su propia casa: unas 300 mascarillas al día cada una de ellas, en su máquina de coser personal. Ninguna exige remuneración: lo hacen por la patria, por la República, por sus semejantes. El tipo de la iniciativa tiene el respaldo de las autoridades locales que financian los materiales y declara, orgulloso: “En 10 días monté el más grande taller de costura del mundo”. No lo hizo movido por el lucro sino por su amor de la Humanidad: las mascarillas son distribuidas gratuitamente a médicos, enfermeras, centros médicos, fuerzas del orden y público en general.
Allí donde las autoridades políticas hacen lo de siempre, chamullar, otros actúan. Ciudadanos de a pie que rehúsan dejarse atropellar por un virus cuyos efectos hubiesen sido infinitamente menores si los políticos hubiesen hecho su trabajo y asumido sus responsabilidades, si solo hubiesen pensado un poquito menos en los “negocios”.
Los politólogos, economistas, filósofos, expertos y otros cantamañanas que se inquietan del día después, harían bien en considerar que solo los pueblos tienen la habilidad, la voluntad, la legitimidad, la fuerza y la inteligencia para reconstruir lo que 40 años de dogma neoliberal han destruido.
La consabida frase pronunciada por los mangantes que están en el poder, Perdone la muerte del niño… no es aceptable ni como respuesta, ni como excusa.
El día después comienza hoy. Comenzó ayer. Antes de ayer. El futuro no es lo que viene. Es lo que seamos capaces de construir nosotros mismos.
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*Editor de POLITIKA. . Ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, le llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes. Ha publicado varios libros  en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Un cataclismo previsto

Mar 23 2020
Por Juan Luis Cebrián*
Las principales instituciones mundiales denunciaron hace meses que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como realista y alertaron de que ningún Gobierno estaba preparado.

En septiembre del año pasado, un informe de Naciones Unidas y el Banco Mundial avisaba del serio peligro de una pandemia que, además de cercenar vidas humanas, destruiría las economías y provocaría un caos social. Llamaba a prepararse para lo peor: una epidemia planetaria de una gripe especialmente letal transmitida por vía respiratoria. Señalaba que un germen patógeno de esas características podía tanto originarse de forma natural como ser diseñado y creado en un laboratorio, a fin de producir un arma biológica. Y hacía un llamamiento a los Estados e instituciones internacionales para que tomaran medidas a fin de conjurar lo que ya se describía como una acechanza cierta. La presidenta del grupo que firmaba el informe, Gro Harlem Brundtland, antigua primera ministra de Noruega y ex directora de la Organización Mundial de la Salud, denunció que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como absolutamente realista y podía encaminarnos hacia el equivalente en el siglo XXI de la “gripe española” de 1918, que mató a cerca de 50 millones de personas. Denunció además que ningún Gobierno estaba preparado para ello, ni había implementado el Reglamento Sanitario Internacional al respecto, aunque todos lo habían aceptado. “No sorprende” —dijo— “que el mundo esté tan mal provisto ante una pandemia de avance rápido transmitida por el aire”.
Los llantos de cocodrilo de tantos gobernantes, en el sentido de que nadie podía haber imaginado una cosa así, no tienen por lo mismo ningún sentido. No solo hubo quienes lo imaginaron: lo previeron, y advirtieron seriamente al respecto. Ha habido sin ninguna duda una negligencia por parte de los diversos ministros de Sanidad y sus jefes, y en Francia tres médicos han presentado ya una querella contra el Gobierno por ese motivo. La consecuencia es que la mayoría de las naciones occidentales están hoy desbordadas en sus capacidades para luchar contra la epidemia. Se ha reaccionado tarde y mal. Faltan camas hospitalarias, falta personal médico, faltan respiradores, y falta también transparencia en la información oficial. En nuestro caso los periodistas tienen incluso que soportar que sus preguntas al poder sean filtradas por el secretario de Comunicación de La Moncloa.
El 24 de febrero la OMS declaró oficialmente la probabilidad de que nos encontráramos ante una pandemia. Pese a ello y a conocer la magnitud de la amenaza, ya hecha realidad con toda crudeza en varios países, apenas se tomaron medidas en la mayoría de los potenciales escenarios de propagación del virus. En nuestro caso se alentó la asistencia a gigantescas manifestaciones, se sugirió durante días la oportunidad de mantener masivas fiestas populares, no se arbitró financiación urgente para la investigación, se minimizó la amenaza por parte de las autoridades, e incluso el funcionario todavía hoy al frente de las recomendaciones científicas osó decir entre sonrisas que no había un riesgo poblacional.
No es momento de abrir un debate sobre el tema, pero es lícito suponer que además de las responsabilidades políticas los ciudadanos, que ofrecen a diario un ejemplo formidable de solidaridad en medio del sufrimiento generalizado, tendrán derecho a demandar reparación legal si hay negligencia culpable. Cunden a este respecto las dudas sobre la constitucionalidad en el ejercicio del estado de alarma. Se han suspendido en la práctica, aunque el decreto no lo establezca así, dos derechos fundamentales, el de libre circulación y el de reunión. No se discute el contenido de las medidas, del todo necesarias, sino la decisión de no declarar el estado de excepción que sí cubriría sin duda alguna dichos extremos, como también la movilización del Ejército. La impresión dominante es que el Gobierno es prisionero en sus decisiones de los pactos con sus socios de Podemos y los independentistas catalanes y vascos. En una palabra, la conveniencia política prima, incluso en ocasiones tan graves como esta, sobre la protección de la ciudadanía.
En descargo de nuestras autoridades puede apelarse por desgracia a parecidos errores cometidos en la Unión Europea, cuyo fracaso institucional, si no despierta a tiempo de la parálisis, amenaza con ser definitivo. La falta de coordinación entre los Gobiernos, la variedad de las decisiones adoptadas, la incapacidad para dar una respuesta global a un problema global, es ultrajante para la ciudadanía. La Comisión, el Consejo y el Parlamento europeos deberían haber adoptado medidas homogéneas para el conjunto de sus miembros. Europa ya venía fracasando en las políticas sobre emigración o refugiados, y solo se ha mostrado firme y coherente en la exigencia de austeridad que garantice los equilibrios presupuestarios. Dicha austeridad, aplicada con criterios cortoplacistas, está en la base de la escasa inversión en los sistemas de salud, cuyas carencias nos conducen ahora al mayor desequilibrio económico y fiscal imaginable. A medida que se cierran las fronteras y se expulsa a los extranjeros, crece el nacionalismo de viejo cuño, incapaz como es de dar respuesta a problemas planetarios, y en el que se engendran desde hace siglos sangrientos conflictos.
Pero el desorden no es solo europeo. No se han reunido el G20 y el G7, los supuestos amos del mundo; los llamamientos del secretario general de la ONU a proteger a los países más desfavorecidos e inermes ante la amenaza letal no son escuchados; y al presidente de Estados Unidos no se le cae de la boca la acusación a China de ser la responsable de esta catástrofe porque el primer ataque del virus tuvo lugar en Wuhan. Uno de los principales deberes pendientes, cuando la situación se haya estabilizado, será tratar de analizar el verdadero foco del patógeno, y establecer si tiene su origen natural o fue un invento humano. Al fin y al cabo, también la pandemia de 1918 recibió el apelativo de “gripe española” cuando en realidad la transmitieron soldados norteamericanos que habían desembarcado en un puerto francés.
Dure dos semanas o dos meses (más probablemente esto último) la batalla ciudadana contra el virus, lo que se avecina tras la victoria, cuyo precio habrá que contabilizar en vidas humanas antes que en datos económicos, es una convulsión del orden social de magnitudes todavía difíciles de concebir. El poder planetario se va a distribuir de forma distinta de como lo hemos conocido en los últimos 70 años. El nuevo contrato social ya ha comenzado a edificarse además gracias al empleo masivo de la digitalización durante el confinamiento de millones de ciudadanos en todo el orbe. En el nuevo escenario, China no será ya el actor invitado, sino el principal protagonista. La eficacia de sus respuestas en las dos últimas crisis globales, la financiera de 2008 y la pandemia de 2020, le va a permitir liderar el nuevo orden mundial, cuyo principal polo de atención se sitúa ya en Asia. No por casualidad países como Corea del Sur, Singapur y Japón sobresalen en el podio de los triunfadores frente al coronavirus. Este nuevo orden mundial ha de plantear interrogantes severos sobre el futuro de la democracia y el desarrollo del capitalismo. También sobre el significado y ejercicio de los derechos humanos, tan proclamados como pisoteados en todo el orbe. Por mucho que griten los populistas es la hora de los filósofos. Uno de los más respetados en el ámbito del Derecho, el profesor Luigi Ferrajoli, llamaba precisamente desde Roma, apenas días antes de que la ciudad se cerrara al mundo, a levantar un constitucionalismo planetario, “una conciencia general de nuestro común destino que, por ello mismo, requiere también de un sistema común de garantías de nuestros derechos y de nuestra pacífica y solidaria coexistencia”. Palabras que me hubiera gustado escucharan los españoles días atrás en alguno de los mensajes a la nación, tan bienintencionados como poco inspiradores.
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*Periodista, escritor y empresario español. Fue director-fundador del diario El País, que dirigió desde 1976 hasta noviembre de 1988. Desde el 19 de diciembre de 1996 es académico de la Real Academia Española. Artículo publicado en El País,  el 23.03.2020
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lunes, 23 de marzo de 2020

La peste será un acontecimiento decisivo y un punto de inflexión

Para muchos, la peste puede convertirse en un acontecimiento decisivo y basal para la continuidad de sus vidas. Cuando finalmente amaine, y la gente salga de sus casas y del prolongado encierro, puede ser que se formulen nuevas y sorprendentes posibilidades: Tal vez el tomar contacto con lo fundamental de la existencia lo haga. Quizás lo concreto de la muerte y el milagro de salvarse sacudan y conmuevan a mujeres y a hombres. Muchos perderán a sus seres queridos. Muchos perderán sus lugares de trabajo, su sustento, su dignidad. Pero cuando termine la peste, habrá quizás también quienes no quieran volver a su vida anterior
Por David Grossman – Traducción:  Margalit Mendelson

Es más potente que nosotros, la peste, y de algún modo, inconcebible. Más potente que todo enemigo de carne y hueso con que nos hemos topado y que todo superhéroe que hemos inventado en imaginarios y en films. A veces se nos cuela al alma la idea paralizante de que quizás esta vez, perdamos la guerra, la perdamos de verdad. Una derrota mundial. Como en los tiempos de la “gripe española”. Una idea que desechamos de inmediato, porque ¿cómo nos va a ganar? ¡Si nosotros somos la humanidad del siglo XXI! Perfeccionados, computarizados, armados con infinidad de armas destructivas, defendidos por antibióticos, inmunes… y sin embargo, algo en ella, en esta peste, nos dice que esta vez las leyes del juego han cambiado y ya no son las conocidas, hasta el punto de poder decir que este juego no tiene reglas. Aterrados contamos hora tras hora los enfermos y los muertos en todas partes del mundo. En cambio, el enemigo que tenemos enfrente no muestra signos de cansancio ni de moderación, y sigue golpeándonos sin impedimento alguno, valiéndose de nuestro cuerpo para multiplicarse.

Algo en la falta de rostro de esta peste, en su violento vacío, como amenazando absorber todo nuestro existir, que de pronto aparece tan frágil e indefenso. Las innumerables palabras vertidas sobre ella los últimos meses no logran hacerla un poco más comprensible y previsible.

“La peste no está hecha a la medida del hombre”, escribía Albert Camus en su libro La peste, “y por eso el hombre se dice que la peste no es concreta. Es una pesadilla que pasará. Pero no siempre pasa y de pesadilla en pesadilla, los hombres son los que pasan. Suponían que todo les era posible, lo que implica que las pestes están más allá de lo posible. Siguieron haciendo negocios, preparando viajes y sosteniendo concepciones. ¿Cómo podían pensar en la peste, que pondría fin a su futuro?”

Nosotros ya sabemos: cierto incierto porcentaje de población se contagiará del virus. Un porcentaje morirá. En EEUU hablan de más de un millón de personas que morirán. La muerte es ahora muy concreta. El que puede  lo niega. Pero quien tiene una imaginación muy activa – como quien suscribe, por ejemplo, razón por la cual hay que tomar lo que diga dubitativamente – se convierte en víctima de imaginarios que se reproducen a una velocidad que no le va en zaga al ritmo de contagio del virus. Casi todas las personas con las que me encuentro me devuelven en un instante las distintas posibilidades que le depara la ruleta de la peste. Y mi vida sin ella. Y su vida sin mí. Toda conversación puede ser la última.

Tal vez la conciencia de la brevedad de la vida y su fragilidad muevan a hombres y mujeres a fijarse una nueva escala de prioridades. Insistir mucho más en discriminar lo importante de lo superfluo. Comprender que el tiempo –y no el dinero– es el recurso más preciado cuando el círculo se va cerrando: al principio nos decían, “Se cierran los cielos” (¡qué expresión! Sólo “la barrera de la nostalgia” la iguala en cuanto a absurdo y preciso). Después se cerraron los cafés de tu preferencia, los teatros, las canchas, los museos. Los jardines de infantes, las escuelas, las universidades. Uno tras otro la humanidad apaga sus faroles. De pronto se da en nuestras vidas un drama catastrófico de bíblicas proporciones. “Y Dios azotó al pueblo”. Y el mundo fue azotado. Todos los humanos participan de este drama. Ninguno queda afuera. Ninguno participa en menor medida que los demás. Por una parte, debido a la naturaleza masiva de la catástrofe, los muertos que no conocemos son sólo un número, anónimos y carentes de rostro. Y por otra, cuando miramos hoy a nuestros parientes, a nuestros seres queridos, percibimos hasta qué punto cada uno es toda una cultura, interminable, cuya desaparición dejará al mundo con una falta irremediable. La unicidad de cada uno clama desde la persona, y así como el amor nos hacer darle un valor único a una persona entre las tantas que fluyen por nuestras vidas, así, resulta, que nos lo hace también la conciencia de la muerte.

Para muchos, la peste puede convertirse en un acontecimiento decisivo y basal para la continuidad de sus vidas. Cuando finalmente amaine, y la gente salga de sus casas y del prolongado encierro, puede ser que se formulen nuevas y sorprendentes posibilidades: Tal vez el tomar contacto con lo fundamental de la existencia lo haga. Quizás lo concreto de la muerte y el milagro de salvarse sacudan y conmuevan a mujeres y a hombres. Muchos perderán a sus seres queridos. Muchos perderán sus lugares de trabajo, su sustento, su dignidad. Pero cuando termine la peste, habrá quizás también quienes no quieran volver a su vida anterior. Habrá quienes – los que puedan, obviamente – dejen trabajos que por años los asfixió y los reprimió. Quienes decidan abandonar a sus familias. Separarse de sus parejas. Concebir un hijo, o evitar tenerlo. Habrá quienes salgan del armario (de todo tipo de armarios). Habrá quienes empiecen a creer en Dios. Habrá religiosos que dejen de serlo. Quizás la conciencia de la brevedad y la fragilidad de la vida induzcan a hombres y mujeres a plantearse una nueva escala de prioridades. A insistir mucho más en diferenciar lo importante de lo superfluo. A comprender que el tiempo – y no el dinero – es el recurso más preciado que tenemos.

Habrá quienes se pregunten por primera vez por qué hicieron las elecciones que hicieron, las renuncias y las concesiones. Amores que no se atrevieron a amar. Vidas que no se atrevieron a vivir. Hombres y mujeres se preguntarán –por poco tiempo, al parecer, pero la posibilidad sin embargo se dará– por qué dejan pasar sus días en vínculos que les amargan la vida. Habrá quienes cuyas concepciones políticas les parezcan de pronto erradas, basadas sólo en miedos y en valores que la peste desintegró. Quizás habrá quienes de pronto pongan en duda las razones que los han llevado a luchar contra un enemigo a lo largo de generaciones, creyendo que la guerra era un designio del cielo. Puede ser que superar una prueba humana tan dura y profunda ocasione que la gente deseche posiciones nacionalistas, por ejemplo, y todo aquello que preserve lo que separa, divide, margina y odia. Quizás haya quienes por primera vez se preguntarán, por ejemplo, por qué los israelíes y los palestinos siguen guerreando entre sí, dedicando sus energías vitales a eso desde hace más de cien años, una guerra que de qué rato ya podía haber terminado.

El solo hecho de poner en funcionamiento la imaginación desde el abismo de la desesperación y el miedo reinantes, tiene fuerza propia. La imaginación puede no sólo verlo todo negro, sino también preservar la libertad del alma. En tiempos paralizantes como estos, la imaginación es como un ancla que arrojamos a las profundidades de la desesperanza de futuro, para empezar a izarnos hacia él. La sola posibilidad de imaginar una situación mejor está diciendo que aún no le permitimos a la enfermedad, ni al temor a ella, nacionalizar todo nuestro ser. De ahí que podamos abrigar la esperanza de que cuando la peste se acabe y el aire se llene de sensaciones de sanación y rehabilitación, la gente se anime de otro espíritu. Un espíritu de levedad y de frescura renovada. Tal vez se corporicen en nosotros, por ejemplo, gratas señales de una ingenuidad desprovista de todo cinismo. Tal vez incluso la ternura se vuelva de pronto, por un tiempo, legal. Tal vez comprendamos que la peste asesina nos brinda la posibilidad de quitarnos de encima capas de grasa, de puerca codicia. De pensamiento grosero e indiscriminado. De una abundancia convertida en bulto que ya empezaba a asfixiar (y ¿por qué diablos hemos acumulado tantos objetos? ¿Por qué hemos amontonado tanta sobrecarga que nuestras vidas han quedado sepultadas bajo tantos objetos inútiles?)

Tal vez la gente mire todo tipo de distorsiones de la sociedad de consumo y le den ganas de vomitar. Quizás los ilumine de pronto la conciencia banal e ingenua, de que es horrible que haya gente tan rica y otros tan pobres. Que es horrible que un mundo tan rico y saciado no de igualdad de oportunidades a toda criatura que nace. Ya que somos todos un mismo tejido de contagio, tal como descubrimos ahora. Ya que el bien de los demás es finalmente nuestro propio bien. Que el bien del planeta que habitamos es nuestro propio bien, nuestro bienestar y nuestra posibilidad de respirar, el futuro de nuestros hijos.

Y quizás también los medios de comunicación, cuya presencia es casi absoluta en nuestras vidas y en nuestro tiempo, se pregunten honestamente qué responsabilidad les cabe en la sensación de hartazgo generalizado en que estábamos embarrados antes de la peste. Qué responsabilidad les cabe en la sensación de que ininterrumpidamente personas con intereses muy claros nos manipulan lavándonos el cerebro y derrochando nuestro dinero. Que nos narra el complejo y trágico relato de nuestras vidas cínica y groseramente. No hablo del periodismo serio, de investigación, valiente, sino de la supuesta “comunicación de masas” que desde hace tiempo se convirtió en una comunicación que convierte a las personas en una masa. Y no pocas veces, incluso en una horda primitiva.

¿Acaso algo de lo aquí descrito sucederá? Quién sabe. Y aun si sucede, temo que se esfume rápidamente y las cosas vuelvan a ser como antes de apestarnos, antes del diluvio. Qué sucederá hasta entonces es difícil de adivinar. Pero vale la pena seguir preguntando y repreguntándonos, a modo de remedio sanador, hasta que se le encuentre inmunización a la peste.


David Grossman es un reconocido escritor israelí.
* Fuente: Diario Haaretz, 19/3/2020

sábado, 18 de enero de 2020

Roberto Arlt: "Un hombre extraño" (de "Los siete locos")

A las diez de la mañana Erdosain llegó a Perú y Avenida de Mayo. Sabía que su problema no tenía otra solución que la cárcel, porque Barsut seguramente no le facilitaría el dinero. De pronto se sorprendió.

En la mesa de un café estaba el farmacéutico Ergueta.

Con el sombrero hundido hasta las orejas y las manos tocándose por los pulgares sobre el grueso vientre, cabeceaba con una expresión agria, abotagada, en su cara amarilla.

Lo vidrioso de sus ojos saltones, su gruesa nariz ganchuda, las mejillas fláccidas y el labio inferior casi colgando, le daban la apariencia de un cretino.

Enfundaba su macizo cuerpazo en un traje de color de canela y, a momentos, inclinado el rostro, apoyaba los dientes en el puño de marfil de su bastón.

Por ese desgano y la expresión canalla de su aburrimiento tenía el aspecto de un tratante de blancas. Inesperadamente sus ojos se encontraron con los de Erdosain, que iba a su encuentro, y el semblante del farmacéutico se iluminó con una sonrisa pueril. Aún sonreía cuando le estrechaba la mano a Erdosain, que pensó:

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¡Cuántas lo han querido por esa sonrisa!
Involuntariamente, la primera pregunta de Erdosain fue:
­ Y, ¿te casaste con Hipólita?
­ Sí, pero no te imaginás el bochinche que se armó en casa...
­ ¿Qué..., supieron que era de la vida?
­ No... eso lo dijo ella después. ¿Vos sabés que Hipólita antes de hacer la calle trabajó de sirvienta?...
­ ¿Y?
­ Poco después que no casamos, fuimos mamá, yo, Hipólita y mi hermanita a lo de una familia. ¿Te das cuenta qué memoria la de esa gente? Después de diez años reconocieron a Hipólita que fue sirvienta de ellos. ¡Algo que no tiene nombre! Yo y ella nos vinimos por un camino y mamá y Juana por otro. Toda la historia que yo inventé para justificar mi casamiento se vino abajo.
­ ¿Y por qué confesó que fue prostituta?
­ Un momento de rabia. Pero, ¿no tenía razón? ¿No se había regenerado? ¿No me aguantaba a mí, a mí, que les he sacado canas verdes a ellos?
­ ¿Y cómo te va?
­ Muy bien... La farmacia da sesenta pesos diarios. En Pico no hay otro que conozca la Biblia como yo. Lo desafié al cura a una controversia y no quiso agarrar viaje.

Erdosain miró repentinamente esperanzado a su extraño amigo. Luego le preguntó:
­ ¿Jugás siempre?
­ Sí, y Jesús, por mi mucha inocencia, me ha revelado el secreto de la ruleta.
­ ¿Qué es eso?
­ Vos no sabés... el gran secreto... una ley de sincronismo estático... ya fui dos veces a Montevideo y gané mucho dinero, pero esta noche salimos con Hipólita para hacer saltar la banca.

Y de pronto lanzó la embrollada explicación:
­ Mirá, le jugás hipotéticamente una cantidad a las tres primeras bolas, una a cada docena. Si no salen tres docenas distintas se produce ferozmente el desequilibrio. Marcás, entonces, con un punto la docena salida. Para las tres bolas que siguen quedará igual la docena que marcaste. Claro está que el cero no se cuenta y que jugás a las docenas en series de tres bolas. Aumentás entonces una unidad en la docena que no tiene alguna cruz, disminuís, en una, quiero decir, en dos unidades la docena que tiene tres cruces, y esta sola base te permite deducir la unidad menor que las mayores y se juega la diferencia a la docena o las docenas que resulten.

Erdosain no había entendido. Contenía su deseo de reír a medida que su esperanza crecía, pues era indudable que Ergueta estaba loco. Por eso replicó:
­ Jesús sabe revelar esos secretos a los que tienen el alma llena de santidad.

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Y también a los idiotas ­arguyó Ergueta, clavando en él una mirada burlona, a medida que guiñaba el párpado izquierdo­. Desde que yo me ocupo de esas cosas misteriosas he hecho macanas grandes como casas, por ejemplo, casarme con esa atorranta...

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¿Y sos feliz con ella?
­ ... creer en la bondad de la gente, cuando todo el mundo lo que tira es a hundirlo a uno y hacerle fama de loco...

Erdosain, impaciente, frunció el ceño; luego:
­ ¿Cómo no querés que te tengan por loco? Vos fuiste, según tus propias palabras, un gran pecador. Y de pronto te convertís, te casás con una prostituta porque eso está escrito en la Biblia, le hablás a la gente del cuarto sello y del caballo amarillo... claro... la gente tiene que creer que estás loco, porque esas cosas no las conoce ni por las tapas. ¿A mí no me tienen también por loco porque he dicho que habría que instalar una tintorería para perros y metalizar los puños de las camisas?... Pero yo no creo que estés loco. No, no lo creo. Lo que hay en vos es un exceso de vida, de caridad y de amor al prójimo. Ahora, eso de que Jesús te haya revelado el secreto de la ruleta me parece medio absurdo...

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Cinco mil pesos gané en las dos veces...

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Pongamos que sea cierto. Pero lo que te salva a vos no es el secreto de la ruleta, si no el hecho de tener una hermosa alma. Sos capaz de hacer el bien, de emocionarte ante un hombre que está a las puertas de la cárcel...

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Eso sí que es verdad ­interrumpió Ergueta­. Fijate que hay otro farmacéutico en el pueblo que es un tacaño viejo. El hijo le robó cinco mil pesos... y después vino a pedirme un consejo. ¿Sabés lo que le aconsejé yo? Que lo amenazara al padre con hacerlo meter preso por vender cocaína si lo denunciaba.

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¿Ves cómo te comprendo yo? Vos querías salvar el alma del viejo haciéndole cometer un pecado al hijo, pecado del que éste se arrepentirá toda la vida. ¿No es así?
­ Sí, en la biblia está escrito: "Y el padre se levantará contra el hijo y el hijo contra el padre"...
­ ¿Ves? Yo te entiendo a vos. No sé para lo que estás predestinado... El destino de los hombres es siempre incierto. Pero creo que tenés por delante un camino magnífico. ¿Sabés? Un camino raro...

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Seré el Rey del Mundo. ¿Te das cuenta? Ganaré en todas las ruletas el dinero que quiera. Iré a Palestina, a Jerusalén y reedificaré el gran templo de Salomón...

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Y salvarás de angustia a mucha gente buena. ¡Cuántos hay que por necesidad defraudaron a sus patrones, robaron dinero que les estaba confiado! ¿Sabés? La angustia... Un tipo angustiado no sabe lo que hace... Hoy roba un peso, mañana cinco, pasado veinte y cuando se acuerda debe cientos de pesos. Y el hombre piensa. Es poco... y de pronto se encuentra con que han desaparecido quinientos, no, seiscientos pesos con siete centavos. ¿Te das cuenta? Ésa es la gente que hay que salvar..., a los angustiados, a los fraudulentos.

El farmacéutico meditó un instante. Una expresión grave se disolvió en la superficie de su semblante abotagado; luego, calmosamente, agregó:

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Tenés razón... el mundo está lleno de turros, de infelices... pero ¿cómo remediarlo? Esto es lo que a mí me preocupa. ¿De qué forma presentarle nuevamente las verdades sagradas a esa gente que no tiene fe?

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Pero si la gente lo que necesita es plata... no sagradas verdades.

­

No, es que eso pasa por el olvido de las Escrituras. Un hombre que lleva en sí las sagradas verdades no lo roba a su patrón, no defrauda a la compañía en que trabaja, no se coloca en situación de ir a la cárcel del hoy al mañana.

Luego se rascó pensativamente la nariz y continuó:
­ Además, ¿quién no te dice que eso no sea para bien? ¿Quiénes van a hacer la revolución social, si no los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te creés que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos?

­

De acuerdo, de acuerdo... pero, en tanto llega la revolución social, ¿qué hace ese desdichado? ¿Qué hago yo?
Y Erdosain, tomándolo del brazo a Ergueta, exclamó:
­ Porque yo estoy a un paso de la cárcel, ¿sabés? He robado seiscientos pesos con siete centavos.
El farmacéutico guiñó lentamente el párpado izquierdo y luego dijo:
­ No te aflijás. Los tiempos de tribulación de que hablan las Escrituras han llegado. ¿No me he casado ya con la Coja, con la Ramera? ¿No se ha levantado el hijo contra el padre y el padre contra el hijo? La revolución está más cerca de lo que la desean los hombres. ¿No sos vos el fraudulento y el lobo que diezma el rebaño...?
­ Pero, decime, ¿vos no podés prestarme esos seiscientos pesos?
El otro movió lentamente la cabeza:
­ ¿Te pensás que porque leo la Biblia soy un otario?
Erdosain lo miró desesperado:
­ Te juro que los debo.
De pronto ocurrió algo inesperado.
El farmacéutico se levantó, extendió el brazo y haciendo chasquear la yema de los dedos, exclamó ante el mozo del café que miraba asombrado la escena:
­ Rajá, turrito, rajá.

Erdosain, rojo de vergüenza, se alejó. Cuando en la esquina volvió la cabeza, vió que Ergueta movía los brazos hablando con el camarero.

martes, 16 de julio de 2019

Lo que los mayores medios de información no están contando sobre EEUU

Jul 12 2019
Por Vicenç Navarro*
Se están produciendo grandes cambios en EEUU que apenas han sido dados a conocer en España por parte de los mayores medios de información que, en su intento de informar a los españoles sobre la situación política en aquel país, se centran en presentar (y predominantemente ridiculizar) la figura del presidente Trump, comentando sus extravagancias y falsedades. Tal atención a la figura de Trump crea una percepción errónea de que el mayor problema que tiene EEUU es su presidente, ignorando que el problema real, apenas citado por los medios, es que la mayoría de la clase trabajadora de raza blanca (que es la mayoría de la clase trabajadora en EEUU) vota a Trump y, muy probablemente, continuará votándolo en el futuro (es interesante señalar, por las razones que citaré más adelante, que parece haber un redescubrimiento en aquel país de la clase trabajadora, a la que se había dado por desaparecida u olvidada, siendo sustituida por las clases medias.)
Y es también interesante señalar que, aun cuando Trump ha sido votado por amplios sectores de la burguesía y la clase media, el hecho es que, sin el apoyo de la clase trabajadora de raza blanca, no habría sido elegido presidente de EEUU. En realidad, es incluso probable que sea reelegido de nuevo en 2020, y ello a pesar de que la mayoría de ciudadanos desaprueban su gestión. El sistema electoral de EEUU (que favorece a las fuerzas conservadoras), la enorme lealtad de sus votantes (el 82% de aquellos que lo votaron, volverían a hacerlo), y el desánimo y el rechazo de la clase trabajadora y de amplios sectores de las clases medias hacia el Partido Demócrata (que en su día se llamaba el Partido del Pueblo -the People’s Party­-, considerado, con una enorme generosidad, como el partido de izquierdas frente al partido de derechas, el Partido Republicano) son factores a favor de su reelección.

¿Por qué la clase trabajadora está votando a la ultraderecha? Por la misma razón que en Europa también lo hace
Tal como también ha ocurrido en Europa, el movimiento hacia la ultraderecha de votantes de la clase trabajadora se debe, en gran parte, al abandono por parte de los partidos de centroizquierda o izquierda de las políticas “labor friendly”, es decir, de las políticas públicas redistributivas que los habían caracterizado (y que habían favorecido al mundo del trabajo). Tal abandono ha ido acompañado de la adopción de políticas públicas de sensibilidad neoliberal que han incluido medidas que han debilitado mucho el mundo del trabajo, tales como las reformas laborales regresivas que han causado un gran aumento de las desigualdades (alcanzando niveles que nunca se habían conocido en los últimos cuarenta años y que han causado un claro deterioro de la calidad de vida y el bienestar de la clase trabajadora y demás componentes de las clases populares). Tales políticas neoliberales fueron iniciadas por el presidente Reagan en EEUU y por la Sra. Thatcher en el Reino Unido, habiendo sido continuadas más tarde incluso por partidos gobernantes que se definían de centroizquierda o izquierda, como en los gobiernos de Clinton y Obama en EEUU, y Blair, Schröder y Zapatero en Europa.
De estas observaciones se deduce que el foco principal de la atención mediática debería ser el comportamiento de estos partidos gobernantes, intentando entender por qué sus bases electorales los han abandonado. Si hicieran esto, verían que los datos muestran claramente que fueron estas políticas neoliberales las que crearon una enorme crisis social que ha afectado sobre todo a las clases populares. Y es esta realidad la que el establishment político-mediático en EEUU ignora, enfatizando en su lugar las excelencias del modelo económico liberal de aquel país, mostrando su continuo crecimiento económico como mejor prueba de ello. Otros indicadores que también utilizan para mostrar la excelencia del modelo liberal estadounidense es la evolución de los indicadores tradicionales de eficiencia económica, tales como la tasa de desempleo, sin tener en cuenta que la gran mayoría de empleo nuevo es precario y temporal.

La falsedad del éxito del modelo económico neoliberal en EEUU
La tasa de desempleo en EEUU más divulgada en los mayores medios de información es, en teoría, muy baja (3,6% en mayo de 2019), y es la que el presidente Trump utiliza constantemente. También es la que los grandes medios de información españoles reproducen. Pero esta cifra es de escaso valor para conocer el estado del mercado de trabajo estadounidense. Una tasa más realista es la publicada por la Agencia de Estadísticas Laborales (US Bureau of Labor Statistics, cuadro A-15, en “The employment situation – May 2019”) del gobierno federal, que utiliza la cifra de 7,1%, siendo mucho mayor para las personas con una educación inferior a la secundaria (que incluye la mayoría de la clase trabajadora no cualificada) y que es del 16% entre blancos y del 28% entre afroamericanos. Pero, además de la elevada tasa de desempleo, hay también una muy alta precariedad en el empleo, así como un proceso de uberización del mismo (es decir, la externalización de la relación laboral, pasando de ser empleado de una empresa a un autónomo, perdiendo así el trabajador toda capacidad de negociar los salarios y derechos laborales). Como consecuencia de estos hechos, ha habido un descenso de los salarios durante el período definido como “exitoso”. Para los trabajadores no cualificados, el salario por hora ha descendido desde 1973 un 17%.
Las consecuencias de estos cambios en unas cifras vitales para la población se muestran con toda claridad. Lo que los medios de información no dicen es que han aumentado de una manera muy notable las enfermedades y muertes por desesperación (“diseases of despair”) entre estos trabajadores no cualificados, incluyendo epidemias de consumo de opiáceos (habiendo crecido 17 veces el número de muertes por adicción a las drogas), epidemias de alcoholismo (causando tantos muertos en un año como el número de soldados muertos en las guerras de Corea y Vietnam), y así un largo etcétera.
El deterioro de la calidad de vida de las clases populares
Este deterioro, sin ser tan acentuado ahora como a principios del siglo XX, en los años 30 (durante la Gran Depresión), ha creado una enorme crisis de legitimidad del sistema liberal económico y de su establishment político-mediático. Y es esta crisis la que no se está analizando en los grandes medios y sobre la que no se está informando, lo cual es grave, porque sin entenderlo no se puede explicar el auge de la ultraderecha –representada por Trump– (que ha aparecido también en Europa por causas semejantes). Esta ultraderecha tiene características comunes con el fascismo, tales como un nacionalismo extremo y autoritario, una demonización y represión de las minorías y de los inmigrantes, una homofobia y machismo muy extremos, una narrativa antiestablishment que considera que el Estado está captado por las minorías raciales, un desprecio por el sistema parlamentario y por las instituciones representativas, un deseo de control de los medios de comunicación con intolerancia a la crítica, unas promesas de recuperar un pasado idealizado con eslóganes que contienen enormes promesas de imposible ejecución, un culto al líder al que se considera dotado de cualidades sobrehumanas, así como un canto a la fuerza, al orden y a la seguridad, con un ejercicio de la fuerza y la violencia sin frenos. Su gran agresividad, sin embargo, no aparece en forma de intervenciones militares (ya que son conscientes de los desastres que supusieron intervenciones previas de este tipo), sino en forma de bloqueos económicos como han sido los casos de Irán y Venezuela (que han provocado más muertos que los que hubiera habido en caso de conflicto armado). No hay duda de que el desarrollo y continuidad de tales políticas podrían llevar a un desastre.
Existe una diferencia, sin embargo, entre la ultraderecha gobernante en EEUU y el fascismo europeo en cuanto a sus políticas económicas. El fascismo conocido en Europa (y que era la defensa de la estructura del poder capitalista frente a la amenaza del socialismo y del comunismo) no era anti-Estado. Tenía un barniz social, con el cual intentaba llegar a la clase trabajadora. Así, el nacionalsocialismo era un intento de derivar a la derecha el enfado popular hacia el sistema capitalista. No así la ultraderecha actual en EEUU, que es profundamente anti-Estado, teniendo características del libertarismo. Vox ejemplifica en España el trumpismo, a diferencia de la ultraderecha francesa, por ejemplo, liderada por el partido de Le Pen.
Las limitaciones políticas de carácter identitario de lo “políticamente correcto”
Frente a esta amenaza, la estrategia de la izquierda estadounidense, a través del Partido Demócrata, fue enfatizar las políticas antidiscriminatorias de género y de raza, encaminadas a la integración de las mujeres y minorías en el establishment político-mediático del país. Se seguía una estrategia basada en lo “políticamente correcto”, es decir, con unas prácticas y un lenguaje antidiscriminatorio focalizados en políticas públicas de afirmación identitaria (repito, fundamentadas en el género y la raza).
Tales intervenciones, sin embargo, aunque importantes, han sido insuficientes. Su falta de atención hacia la discriminación de clase (es decir, hacia la discriminación contra las clases populares) ha sido su gran punto flaco. El fracaso de esta estrategia, en el caso del mayor movimiento feminista en EEUU (NOW), se ve claramente en que la mayoría de mujeres de clase trabajadora (la mayoría de mujeres) no votaron a la candidata feminista, Hillary Clinton, sino a Trump. El supuesto de que el movimiento feminista estaba hablando en nombre y en defensa de todas las mujeres no convenció a muchas mujeres, incluyendo la mayoría de mujeres de la clase trabajadora, que no votaron por la candidata de NOW, sino por Trump, que se presentó como el candidato antiestablishment neoliberal, centrado –según él- en el Estado federal.
La discriminación olvidada: la discriminación de clase
Las mujeres, como los hombres, pertenecen a distintas clases sociales, cada una de las cuales sufre distintas formas de discriminación, sosteniendo intereses distintos e incluso opuestos. Y la realidad es que parte de las dirigentes del movimiento feminista son mujeres de clase media alta ilustrada (es decir, con titulación universitaria) cuyas propuestas y cuyo discurso no atrae a las mujeres de clase trabajadora, o no las atrae con suficiente fuerza para superar su identidad de clase. Como cualquier ser humano, las mujeres tienen varias identidades, una de ellas la de ser mujer. Pero tiene también otras identidades, como la de la clase social a la cual pertenecen. Y esta última define también cómo se expresa la identidad como mujer. La mujer liberal burguesa (de clase alta) por ejemplo, tiene una visión de “ser mujer” distinta a la visión de la mujer trabajadora. Y esta realidad queda ocultada, sin embargo, cuando las primeras se presentan como representantes de todas las mujeres. Lo que ha ocurrido en las últimas elecciones presidenciales en EEUU es un claro ejemplo de ello.
Los derechos políticos y sociales están muy determinados por los derechos económicos
El discurso identitario se ha centrado en EEUU principalmente en los derechos políticos y sociales (como por ejemplo los derechos de representación, puestos de poder ocupados por las personas discriminadas, sean estas mujeres o minorías), pero muy poco en los derechos económicos.
Más concretamente, el discurso identitario en EEUU se ha centrado en corregir la discriminación de las minorías y de las mujeres, con propuestas para facilitar la integración de dichas personas discriminadas en la estructura del poder actual, asumiendo que tal integración ayudaría a todas las mujeres o miembros de las minorías. En este sentido, la estrategia feminista se ha centrado en los temas identitarios, facilitando la integración político-social de los sectores discriminados, con un énfasis en el desarrollo de los derechos políticos y sociales de representatividad, tanto en la esfera pública como en la privada. Sin embargo, ha ofrecido una atención muy limitada a los derechos económicos (los derechos que centran la atención de las clases populares -mujeres y hombres- tales como el trabajo y los salarios dignos, el acceso a la sanidad, a la educación, a la vivienda, a la jubilación digna, etc.). Al centrarse en combatir las discriminaciones por raza o género, han olvidado la discriminación por clase, facilitando así la imagen de que el objetivo de la estrategia del Partido Demócrata era la supuesta captura del Estado federal por parte de las minorías y las mujeres. Y así lo han percibido las clases discriminadas. El Partido Demócrata, por ejemplo, ha dejado de estar liderado por hombres blancos, siendo estos sustituidos ahora por mujeres y afroamericanos (la mayoría de clase media ilustrada, es decir, con formación académica), que continúan imponiendo políticas neoliberales como por ejemplo el estímulo de la movilidad de capitales e inversiones -la odiada globalización- que ha dañado a las clases populares. La Sra. Clinton, líder feminista, era la mejor promotora, como ministra de Asuntos Exteriores del gobierno Obama, de la globalización del capital estadounidense, lo que facilitó la desindustrialización de EEUU y dañó a la clase trabajadora industrial, eje del apoyo a Trump.
El socialismo como ideología transversal
Esta orientación exclusivamente identitaria evitó la transversalidad que ofrecía el concepto de clase social, lo cual habría permitido relacionar los distintos movimientos identitarios, mostrando su relación e interdependencia. De ahí la novedad y atractivo del socialismo: un proyecto basado en la universalización de los derechos sociales y de los derechos económicos, que mejore la calidad de vida de las clases populares (en su distinta y variada composición de género y raza) a través de un proyecto de empoderamiento y emancipación que una las distintas luchas para disminuir y erradicar la explotación con un hilo conductor, utilizando las instituciones representativas y las movilizaciones sociales para alcanzar su objetivo.
Y este es el proyecto que Bernie Sanders anunció en la presentación de su candidatura en Washington D.C. Habló del socialismo democrático como la continuación del New Deal iniciado por el presidente más popular que haya tenido EEUU, el presidente Franklin D. Roosevelt. Fue este el que habló de la necesidad de que el Estado federal garantizara, junto a los derechos sociales y políticos (la libertad de expresión, de asamblea y de religión, de participación en el proceso electoral, de acceso a la información y de organización, entre otros) los derechos económicos y sociales (como el derecho al trabajo digno y bien remunerado, a los servicios sanitarios, a la salud, a la educación -desde escuelas de infancia a la universidad-, a la vivienda digna y confortable, a un medioambiente de calidad y a la jubilación -también digna y satisfactoria-, entre otros).
La materialización de tales derechos exigía un cambio sustancial de las políticas públicas que, como había denunciado el presidente Roosevelt antes y Martin Luther King más tarde, habían sido favorables a ofrecer todo tipo de ayudas públicas a las rentas del capital y de las clases pudientes (el “socialismo para los ricos y para el mundo empresarial”, corporate socialism). España se podría haber añadido el socialismo bancario (por haber recibido la banca la ayuda pública más importante que el Estado haya hecho, con 60.000 millones de euros).
El socialismo para los ricos y el mundo empresarial
Lo que era necesario (según había apuntado Roosevelt) era un cambio de 180º en el tipo de socialismo. El socialismo democrático popular tenía que sustituir al “socialismo de las élites financieras y económicas”, socialismo este último que había sido un desastre y estaba (está) llevando a EEUU a la “barbarie”, forzando, como bien predijo Karl Marx, a tener que escoger entre “barbarie o socialismo”. Y la realidad lo está demostrando hoy también. Actualmente existe un gran rechazo hacia el capitalismo salvaje (el socialismo de los ricos) que Trump representa. La gran mayoría de los jóvenes y de las mujeres (los dos grupos con peores condiciones económicas) preferirían vivir en un socialismo democrático que no el capitalismo actual. En un país donde el 1% de la población estadounidense posee el 92% de todas las acciones bancarias y en el que el director ejecutivo de la compañía comercial más grande, Walmart (que tenía a la Sra. Clinton en su dirección), gana más de mil veces más que uno de sus empleados medios, no es sorprendente que las clases populares estén enfadadas. Y todo esto queda ocultado con el énfasis en Trump. Lo que es prácticamente nuevo en EEUU es que grupos que han sido víctimas del sistema, intenten romper con la monopolización de su victimismo para coordinarse e incluso unirse en un proyecto común que favorezca a todos los amplios sectores de la población que están explotados y discriminados. Para entender el elemento de transversalidad en su estrategia unitaria, hay que recuperar el concepto de poder de clase y el significado del socialismo. Este hecho, que es lo más importante en EEUU, es lo que el establishment político-mediático español quiere ocultar.
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*Vicenç Navarro ha sido Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona. Actualmente es Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España). Ha sido también profesor de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University (Baltimore, EEUU). Autor de la columna “Pensamiento Crítico” en el diario Público.es 

lunes, 20 de mayo de 2019

John Bolton, la peor pesadilla del mundo

May 20 2019
Por Amy Goodman y Denis Moynihan  – Democracy Now! /ALAI
El presidente Donald Trump adoptó como un pilar de campaña una postura aislacionista y criticó los enredos militares en el extranjero. Ya en 2013, tuiteó: “¿Pueden creer que la guerra de Afganistán sea la ‘guerra más larga’ de nuestra historia? Traigamos a nuestras tropas a casa, vamos a reconstruir Estados Unidos, hagamos que Estados Unidos sea grande de nuevo”. Como presidente, ha repetido esta postura en varias ocasiones. En una conferencia de prensa de abril de 2018 en torno a Siria, Trump declaró: “Quiero salir [de allí]. Quiero traer a nuestras tropas de vuelta a casa. Quiero comenzar a reconstruir nuestra nación. Habremos gastado, sin contar estos últimos tres meses, siete billones de dólares en Medio Oriente en los últimos 17 años. No obtenemos nada de eso, nada en absoluto”.
A pesar de su retórica, todos los movimientos de Trump en Medio Oriente parecen ahora dedicados a avivar el conflicto y, potencialmente, desatar una guerra contra Irán. John Bolton está claramente a la vanguardia, con el respaldo del secretario de Estado Mike Pompeo.
El diplomático iraní Seyed Hossein Mousavian fue uno de los principales miembros del equipo de negociación iraní en torno al problema nuclear y actualmente se desempeña como investigador en la Universidad de Princeton. Mousavian expresó su preocupación esta semana en una entrevista para Democracy Now!:
“Esperaba esta situación después de que el embajador John Bolton fue nombrado asesor de Seguridad Nacional”. Tomando en cuenta además el influyente rol de los principales aliados de Trump en Medio Oriente, Mousavian concluyó: “El equipo de las cuatro B –John Bolton, [el primer ministro israelí] Bibi Netanyahu, [los herederos de Arabia Saudí y Abu Dabi], bin Salman y bin Zayed– ahora tiene un excelente posicionamiento en la Casa Blanca para empujar a Estados Unidos [a]l sueño que han tenido durante largos años: arrastrar a Estados Unidos a una guerra con Irán”.
Citando al menos media docena de funcionarios anónimos del gobierno de Trump, el periódico The New York Times informó esta semana que el Pentágono ha presentado planes para enviar 120.000 soldados estadounidenses a la región en respuesta a las amenazas iraníes. Si bien el presidente negó la veracidad de este informe, declaró: “¿Es algo que yo haría? Por supuesto, pero no lo hemos planeado. Ojalá no tengamos que hacer planes para ello. Y si lo llegáramos a hacer, enviaríamos muchísimas más tropas”. La Casa Blanca ha enviado un portaaviones con su grupo de ataque y una flota de bombarderos a la región, según Bolton, con el fin de “enviar un mensaje claro e inequívoco al régimen iraní de que cualquier ataque a los intereses de Estados Unidos… será respondido con una fuerza implacable”.
El teniente general del Ejército británico Christopher Ghika, uno de los principales comandantes de la fuerza multinacional desplegada en Irak y Siria, refutó las afirmaciones de Estados Unidos: “No ha habido un aumento en la amenaza proveniente de fuerzas respaldadas por Irán en Irak y Siria”. Pero fue refutado velozmente por un portavoz del Comando Central de Estados Unidos, quien afirmó que un ataque de Irán posiblemente fuera “inminente”.
En medio de estas declaraciones contradictorias, Estados Unidos le ordenó al personal diplomático no esencial que evacuara la embajada y el consulado estadounidenses en la “Zona Verde” de Bagdad, a solo 160 kilómetros de la frontera iraní. Mientras los funcionarios estadounidenses han publicado fotos de pequeños barcos iraníes con misiles, varios funcionarios europeos, iraquíes y miembros del Congreso de Estados Unidos sostienen que el despliegue de misiles probablemente sea defensivo.
Mientras tanto, Arabia Saudí, reino aliado de Estados Unidos, ha informado que dos petroleros vacíos fueron saboteados cuando regresaban a cargar petróleo con destino a Estados Unidos. Una vez más, no han dicho quién fue responsable.
Al dejar a las fuerzas estadounidenses e iraníes tan cerca entre sí, el gobierno de Trump está montando un posible detonante. Cualquier accidente o escaramuza podría servir como pretexto para la escalada militar estadounidense.
John Bolton no ha ocultado su deseo de provocar un cambio de régimen en Irán, en Venezuela, en Cuba y más allá. Toca los tambores de la guerra, pero cuando era un joven egresado de la Universidad de Yale en 1970, con un número de reclutamiento que probablemente lo hubiera llevado a Vietnam, rápidamente se unió a la Guardia Nacional de Maryland para evitar ser desplegado. En el anuario del 25º aniversario de su graduación de Yale, escribió: “Confieso que no deseaba morir en un arrozal del sudeste asiático”.
Ahora, mientras le susurra al oído a Trump, quien recibió cinco exenciones del servicio militar durante la guerra en Vietnam, una de ellas en la primavera de 1968 por “espolones óseos”, John Bolton, junto al presidente, está dispuesto a enviar 120.000 soldados estadounidenses o más a la guerra.
Ahora es el momento para que todos –incluyendo el movimiento contra la guerra en Estados Unidos, miembros del Congreso y sí, los disidentes dentro del propio gobierno de Trump– se unan a otros países del mundo, para manifestarles enérgicamente a los que promueven los conflictos bélicos, pero eluden el frente de batalla: no a la guerra con Irán.
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* Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

martes, 16 de abril de 2019

Sed de reformas

Sed de reformas

Por Luis Casado*
La competencia reduce el precio de toda mercancía al mínimo de sus costos de producción. Así, el salario mínimo es el precio natural del trabajo (K. Marx)
¿Hasta dónde se puede exprimir un limón? Hasta que ya no dé más jugo. Lo mismo pasa con la mano de obra asalariada, sea esta altamente calificada o fuerza muscular pura. Reducir los salarios es el mejor camino hacia el aumento del lucro. David Ricardo (1772-1823) ya lo tenía claro.
Por donde vayas, los gobiernos anuncian reformas. Si las cosas van mal en la economía, es porque ‘no se han hecho las reformas necesarias e imprescindibles para liberar las energías, la innovación y la capacidad de emprendimiento’. Si hay currantes sin trabajo, si los que laburan ganan salarios de miseria, es porque ‘rehusan las reformas que la hora exige y el buen sentido reclama’. El culpable siempre es el pringao.
Por la mañana recibí una nota de la CGT, firmada por su secretario Manuel Ahumada Lillo, que toca el tema de la reforma laboral que impulsa Piñera. No me sorprende: hace décadas que el FMI sugiere, insinúa, ordena, manda… reducir al máximo las indemnizaciones de despido visto que los costes laborales están demasiado altos.
A tal punto que disuaden al Indiana Jones de la puñeta productiva –el empresario– de lanzarse en nuevas inversiones para hacerse aun más rico y de paso ofrecerle trabajo a una mano de obra inconstante, disipada, frívola y sacadora de vuelta.
En diciembre del 2003, como cada año, el FMI le hizo llegar sus consejos al gobierno de Chile. El FMI elogiaba las políticas en curso pero exigió hacer aun más flexible el mercado del trabajo y llamó a las autoridades chilenas: “A explorar el tema de los costes de despido que aparecen muy altos vistos desde una perspectiva internacional, así como a limitar los aumentos del salario mínimo, en particular para los trabajadores jóvenes (sic).”
Al mismo tiempo Dick Grasso –presidente de la Bolsa de New York que contribuyó poderosamente a su hundimiento– recibió en premio un bono equivalente a setenta y siete mil años de salario mínimo chileno (770 siglos), y 48 millones de dólares más como indemnización de despido.
El FMI tenía razón: los costes de despido estaban muy altos. Razón por la que “Las autoridades (chilenas) indicaron que están examinando formas de reducir los costes de despido…” En ese momento la autoridades eran las del gobierno de Ricardo Lagos. Sebastián Piñera – Ricardo Lagos, la misma jeringa con distinto bitoque.
De paso –decía el FMI– el salario mínimo se hace excesivo. Explorando los Balances (Annual Reports) de SQM(1)   constaté que el salario de Julio Ponce Lerou era de 700 millones de pesos (2) al año (julio 2014) por no hacer nada y sin contar los dividendos. Los ejecutivos que administraban la empresa (robada al patrimonio del Estado) eran otros. Miembro del Directorio, Hernán Büchi recibía una miseria: 11 millones mensuales por participar en media docena de reuniones al año, mayormente destinadas a mundanidades y degustaciones de whisky.
A este punto, la peor de las injusticias me golpeó con la fuerza de un vendaval. Los ejecutivos chilenos reciben salarios de miseria comparados con sus homólogos extranjeros. Mick Davies, por ejemplo, patrón de Xstrata devenida luego Glencore (minera Doña Inés de Collahuasi, North Chile, Energía Austral…), bien guarecido en Suiza, recibía 2 mil millones de pesos al mes (2012). Sorprendido, llamé a un dirigente sindical de la Confemin (Confederación Minera de Chile). “Guerrero, dije en un soplo, Mick Davies palpa 2 mil millones de pesos al mes”. Incrédulo, Guerrero retrucó: “No puede ser, cómo va a recibir 2 mil millones al año… (sic)”Tuve que sacarlo de su error: “Al año no… ¡2 mil millones al mes!”
Chile da para eso. Chile da para todo. Incluso para afirmar que el salario mínimo es excesivo, exceso que pone en peligro el crecimiento, atenta contra el empleo, disuade la inversión, desmejora la competitividad, perjudica el liderazgo, acelera la caída del pelo, debilita los esfínteres y retrasa la digestión.
La cuestión de la distribución de la riqueza creada con el trabajo de todos es vieja como el mundo. David Ricardo (1772-1823), gran teórico del capitalismo que no era ni sindicalista ni defensor de los asalariados sino un acaudalado corredor de Bolsa, afirmaba: “No puede haber un aumento del valor del trabajo sin una caída del lucro”.
Para Ricardo la distribución del producto funciona según el principio de los vasos comunicantes: si una columna sube, la otra baja, y viceversa. Ricardo lo precisó diciendo: “La proporción que puede ser pagada como salario es muy importante para la cuestión del lucro; porque debe notarse que los beneficios serán altos o bajos en exacta proporción a que los salarios sean bajos o altos”.
Mientras más bajos los salarios, más alto será el lucro, y a salario mínimo corresponde un lucro máximo. Ese es el sencillo principio aritmético que los patrones y los gobiernos se empeñan en presentar como el más alto objetivo de la especie humana.
Ahora quieren eliminar el chaleco salvavidas que representan las indemnizaciones de despido. ¿Existe alguna consciencia del daño que le provocan a millones y millones de familias, a hombres, mujeres y niños empujados lenta pero seguramente a la pobreza y a la miseria?
Andrea Fabra, parlamentaria del Partido Popular español (derecha) entregó una respuesta para el bronce el día miércoles 11 de julio de 2012 en Las Cortes de Madrid.
En medio del discurso del Presidente del gobierno español Mariano Rajoy, que le anunciaba al Parlamento la reducción de la indemnización que reciben los trabajadores en el paro, Andrea Fabra gritó en pleno hemiciclo:
“¡Que se jodan!”
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Notas
1 –  SQM, o Soquimich : Sociedad Química Minera de Chile
2 . 1 U$D : 662,40 pesos chilenos. 1 Euro : 747,10 pesos
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*Editor de POLITIKA. . Ingeniero del Centre d’Etudes Supérieures Industrielles (CESI – París). Ha sido profesor invitado del Institut National des Télécommunications de Francia y Consultor del Banco Mundial. Su vida profesional, ligada a las nuevas tecnologías destinadas a los Transportes Públicos, le llevó a trabajar en más de 40 países de los cinco continentes. Ha publicado varios libros  en los que aborda temas económicos, lingüísticos y políticos