jueves, 4 de enero de 2018

Lo que Estados Unidos no es y lo que no era

Por Paul Krugman

He recibido un correo: “Paul, usted es un traidor comunista infrahumano que debería ser deportado. Es una deshonra para los fundadores de EE UU y una afrenta a la Constitución. Los republicanos creen en la protección del dinero de los trabajadores, no de los que viven de las rentas. Todos los trabajadores, ricos y pobres, deberían ser protegidos por igual de los impuestos elevados”.
 
Recibo al menos uno de estos mensajes cada día. Pero es bastante interesante leer esto justo después de reseñar el libro de Piketty, porque uno de sus argumentos es que la idea moderna de que la redistribución y el “penalizar el éxito” no es estadounidense y es antiestadounidense choca frontalmente con la historia real de nuestro país. Un apartado del libro se titula Confiscatory Taxation of Excess Incomes: An American Invention [La tributación confiscatoria de las rentas excesivas: un invento estadounidense]; Piketty muestra que EE UU en realidad fue pionero en imponer impuestos muy elevados a los ricos:  “Cuando observamos la historia de la fiscalidad progresiva en el siglo XX, resulta sorprendente ver lo muy por delante que iban Gran Bretaña y EE UU, especialmente este último, que inventó el impuesto confiscatorio sobre las rentas y las fortunas “excesivas”.
 
¿Por qué era así? Piketty señala que se debió al ideal igualitario, junto con el temor de que se crease una aristocracia hereditaria. Los impuestos elevados, especialmente sobre los patrimonios, vinieron motivados en parte por “el temor de llegar a parecerse a la Vieja Europa”. Entre los que pedían una tributación sobre el patrimonio elevada por razones sociales y políticas se encontraba el gran economista Irving Fisher.

Solo para recalcar el argumento: durante la Era Progresiva, era normal y mucha gente aceptaba apoyar los impuestos elevados a los ricos concretamente para evitar que los ricos se hiciesen más ricos, que es una postura que hoy día pocas personas en la política se atreverían a adoptar. 
 
Y como las personas que me escriben ilustran tan gráficamente, mucha gente cree actualmente que la redistribución y los impuestos elevados a los ricos se oponen a los ideales estadounidenses, y que, de hecho, son prácticamente comunistas. No tiene ni idea (y no se lo creería) de que la redistribución es, en realidad, tan estadounidense como el pastel de manzana.| 09 de abril de 2014
 
(*) Profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en  2008.

Una guerra contra los pobres

Por Paul Krugman

Las bases republicanas son conscientes de que su condición de blancos es cada vez más minoritaria. Últimamente, John Kasich, gobernador republicano de Ohio, ha hecho algunas cosas sorprendentes.
 
En primer lugar, sorteó a la asamblea legislativa de su Estado controlada por su propio partido para llevar adelante el programa Medicaid, financiado con fondos federales y una pieza importante de la reforma sanitaria de Obama.
 
Luego, en defensa de su actuación, disparó contra sus aliados diciendo: Me preocupa el hecho de que, en apariencia, se está librando una guerra contra los pobres. O sea, que si eres pobre es que, de alguna manera, eres un incompetente y un vago .
 
Evidentemente, Kasich no es el primero en hacer esta observación. Pero el hecho de que venga de un republicano bien considerado (aunque, a lo mejor, ya no tanto), precisamente de alguien que tenía fama de ser un agitador de ideas conservadoras, es revelador. La hostilidad republicana hacia los pobres y los desfavorecidos se ha exacerbado hasta tal punto que en realidad el partido ya no defiende otra cosa, y solo un observador obstinado en su ceguera puede ser incapaz de verlo.
 
La gran pregunta es: ¿Por qué? . Pero antes vamos a hablar un poco de qué está corroyendo a la derecha.
 
A veces aún veo a algunos expertos declarar que lo que mueve al Tea Party es básicamente la preocupación por los déficits presupuestarios. Fantasías. Lean el chorrero de Rick Santelli, de la CNBC: no hay ni una sola mención a los déficits. En cambio, sí una andanada contra la posibilidad de que el Gobierno ayude a los perdedores a evitar la ejecución de sus hipotecas. O lean las transcripciones de Rush Limbaugh o de otros invitados radiofónicos de la derecha. No contienen mucho acerca de la responsabilidad fiscal, pero sí acerca de cómo el Gobierno recompensa a los vagos que no lo merecen.
 
Los líderes republicanos intentan moderar un tanto su lenguaje, pero es cuestión más bien de tono que de contenido. No cabe duda de que les sigue enardeciendo la idea de asegurarse de que los pobres y los desafortunados reciben la menor ayuda posible, y de que tal como lo expresó el diputado Paul Ryan, presidente de la Comisión Presupuestaria de la Cámara de Representantes el colchón de protección social se está convirtiendo en una hamaca en la que se acuna a gente físicamente sana para que vivan de la dependencia y la complacencia . Sus propuestas presupuestarias incluyen recortes salvajes de los programas de protección social como los cupones para alientos o el programa Medicaid.
 
Toda esta hostilidad contra los pobres ha culminado con la negativa verdaderamente increíble de muchos Estados a participar en la ampliación de Medicaid. Recuerden que el Gobierno federal pagaría esta ampliación, y que el dinero que se gastase iría en beneficio de los hospitales y de la economía local tanto como de los receptores directos. Pero resulta que la mayoría de los Gobiernos de los Estados bajo control republicano están dispuestos a pagar un alto precio económico y fiscal para asegurarse de que la ayuda no llega a los pobres.
 
La cuestión es que las cosas no siempre han sido así. Retrocedamos por un momento a 1936, cuando Alf Landon fue nombrado candidato a presidente por los republicanos. En muchos sentidos, su discurso de investidura anticipaba temas que los conservadores hacen suyos hoy día. Se lamentaba de que la recuperación económica era incompleta y de la persistencia del desempleo elevado, y atribuía la debilidad crónica de la economía a una excesiva intervención del Estado y a la incertidumbre que, según él, esta provocaba.
 
Pero también dijo: De la Depresión se desprende no solo la dificultad de la recuperación, sino también el problema igualmente grave de la protección de los desempleados hasta que se alcance la recuperación. Darles asistencia en todo momento es simplemente un deber. Nosotros, los miembros de mi partido, nos comprometemos a no descuidar nunca esta obligación .
 
¿Pueden imaginarse a un candidato republicano decir algo así hoy día? Desde luego, no en un partido comprometido con la idea de que los desempleados lo tienen muy fácil; de que el seguro de desempleo y los vales de comida los tiene tan consentidos que no encuentran ninguna motivación para salir y buscar trabajo.
 
Entonces, ¿cuál es el quid de la cuestión? En un reciente ensayo, el sociólogo Daniel Little insinuaba que una de las razones es la ideología del mercado: si el mercado siempre tiene razón, entonces la gente que acaba en la pobreza es porque merece ser pobre. Y yo añadiría que algunos dirigentes republicanos representan en sus mentes fantasías libertarias adolescentes. Es como si en este momento estuviésemos viviendo en una novela de Ayn Rand , decía Paul Ryan en 2009. Pero, como afirma Little, también está el estigma que nunca se borra: la raza.
 
En un informe reciente citado en múltiples ocasiones, Democracy Corps, una organización de tendencias demócratas dedicada a los estudios de opinión, exponía las conclusiones de los grupos de debate con miembros de diferentes facciones republicanas. Descubrieron que las bases republicanas son muy conscientes de su condición de blancos en un país en el que esto es cada vez más minoritario , y que consideraban que el sistema de protección social ayuda a los otros, no a la gente como ellos, y vincula a la población no blanca al Partido Demócrata. Y, efectivamente, la ampliación del programa Medicare que muchos Estados están rechazando habría favorecido de forma desproporcionada a los negros pobres.
 
Así que es verdad que se está librando una guerra contra los pobres, coincidiendo con y ahondando en el padecimiento que ocasiona una economía con problemas. Y esa guerra es ahora el asunto central y definitorio de la política en Estados Unidos.
 
 
(*) Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008. En “Bitácora” de Montevideo

"Atilio López", por Daniel Salzano



Tengo una frase que el día de mañana me servirá de contraseña para acceder al Paraíso terrenal:

– Aspiro al Paraíso, señores, porque el guarda de tranvías Hipólito Atilio López supo entregarme un boleto capicúa.

¿Cómo que qué López? El que además de Atilio, llevaba el nombre de Yrigoyen. El que pasó una buena parte de su corta vida como guarda de la línea 2, la que a ritmo de carabela unía el abismo de la calle Roma con el córner de la cancha de Belgrano. El que por expresa decisión electoral ocupó el sillón de vicegobernador de la Provincia. Y, entre otras muchas cosas – en nombre de los derechos humanos, el agua pura y la cordialidad provinciana – fue acribillado en un hotel de Buenos Aires donde, como los tauras de Borges, acaso muriera como si no le importara.

López Hipólito Atilio, vecino del pasaje Revol, alumno de la Escuela Olmos y atleta dominguero especializado en 200 metros llanos, era, ciudadanos, un gordito de mangas cortas, camisa a cuadros y bigotes peronistas, que mantenía un frasco de Glostora al alcance de la mano porque a él, el pelo le gustaba brillante y con onditas. Le gustaba tanto, en realidad, que cuando ocupaba su puesto en el tranvía, despreciaba ostensiblemente el uso de la gorra reglamentaria colgándola de un clavo. Lo que quiero decir es que su pinta era tan explícita que es el único López, en el Libro Gordo de Ilustres Argentinos, que carga un solo apellido en el currículum: López Buchardo, López Anaya, López y Planes, López Claro, López Furst, López Armentina y el Negro Atilio.

Convertido en líder sindical de los tranviarios, alcanzó la secretaría general prácticamente al mismo tiempo que, en una noche terrible, arriaron a todos los tranvías de la ciudad y los desguazaron en beneficio de unos colectivos que, desde 1969 y hasta ahora, seguimos esperando en la misma cola. Y no han pasado.

A partir de entonces y tras atravesar nadando con la cabeza fuera del agua la procelosa corriente del Cordobazo, López llegó, secundando a Obregón Cano, a ocupar la Casa de Gobierno.

Estamos hablando de 1973, ciudadanos, el año en que, por rojos, balearon hasta a los hinchas de Independiente, y que aquí, a Córdoba, lo mismo que en el poema de Kavafis, llegaron los bárbaros. Llegaron los bárbaros y Atilio López tuvo que irse para siempre. Y desde aquel día dejamos de soñar con los tranvías.

La Historia, ciudadanos, es como una casa vieja que mantiene, durante la noche, las luces encendidas. Y en su interior una explosión de susurros que proviene de los que se han ido. Para comprenderla, debemos entrar y escuchar lo que dicen. Y mirar los adornos diseminados en las estanterías y los cuadros que hay en las paredes. Y pisar la alfombra. Y contar los jarritos de aluminio que hay en la cocina. Y oler los olores. Y abrir los libros para ver si entre sus hojas se esconden pétalos de rosas.

La Historia, ciudadanos, es un boleto de tranvía.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Gramsci: "Nuestro Marx"

(Artículo de Gramsci publicado en e diario "Il Grido dil Popolo" el 4 de mayo de 1918)

¿Somos marxistas? ¿Existen marxistas? Tú sola, estupidez, eres eterna. Esa cuestión resucitará probablemente estos días, con ocasión del centenario, y consumirá ríos de tinta y de estulticia. La vana cháchara y el bizantinismo son herencia inmarcesible de los hombres. Marx no ha escrito un credillo, no es un mesías que hubiera dejado una ristra de parábolas cargadas de imperativos categóricos, de normas indiscutibles, absolutas, fuera de las categorías del tiempo y del espacio. Su único imperativo categórico, su única norma es: "Proletarios de todo el mundo, uníos". Por tanto, la discriminación entre marxistas y no marxistas tendría que consistir en el deber de la organización y la propaganda, en el deber de organizarse y asociarse. Demasiado y demasiado poco: ¿quién no sería marxista?

Y, sin embargo, así son las cosas: todos son un poco marxistas sin saberlo. Marx ha sido grande y su acción ha sido fecunda no porque haya inventado a partir de la nada, no por haber engendrado con su fantasía una original visión de la historia, sino porque con él lo fragmentario, lo irrealizado, lo inmaduro, se ha hecho madurez, sistema, conciencia. Su conciencia personal puede convertirse en la de todos, y es ya la de muchos; por eso Marx no es sólo un científico, sino también un hombre de acción; es grande y fecundo en la acción igual que en el pensamiento, y sus libros han transformado el mundo así como han trasformado el pensamiento.
Marx significa la entrada de la inteligencia en la historia de la humanidad, significa el reino de la conciencia.

Su obra cae precisamente en el mismo período en que se desarrolla la gran batalla entre Tomás Carlyle y Heriberto Spencer acerca de la función del hombre en la historia.

Carlyle: el héroe, la gran individualidad, mística síntesis de una comunión espiritual, que conduce los destinos de la humanidad hacia orillas desconocidas, evanescentes en el quimérico país de la perfección y de la santidad.

Spencer: la naturaleza, la evolución, abstracción mecánica e inanimada. El hombre: átomo de un organismo natural que obedece a una ley abstracta como tal, pero que se hace concreta históricamente en los individuos: la utilidad inmediata.

Marx se sitúa en la historia con el sólido aplomo de un gigante: no es un místico ni un metafísico positivista; es un historiador, un intérprete de los documentos del pasado, pero de todos los documentos, no sólo de una parte de ellos.

Este era el defecto intrínseco a las historias, a las investigaciones acerca de los acaecimientos humanos: el no examinar ni tener en cuenta más que una parte de los documentos. Y esa parte se escogía no por la voluntad histórica, sino por el prejuicio partidista, que lo sigue siendo aunque sea inconsciente y de buena fe. Las investigaciones no tenían como objetivo la verdad, la exactitud, la reconstrucción íntegra de la vida del pasado, sino la acentuación de una determinada actividad, la valoración de una tesis apriórica. La historia era dominio exclusivo de las ideas. El hombre se consideraba como espíritu, como conciencia pura. De esa concepción se derivaban dos consecuencias erróneas: las ideas acentuadas eran a menudo arbitrarias, ficticias. Y los hechos a los que se daba importancia eran anécdota, no historia. Si a pesar de todo se escribió historia, en el real sentido de la palabra, ello se debió a la intuición genial de algunos individuos, no a una actividad científica sistemática y consciente.

Con Marx la historia sigue siendo dominio de las ideas, del espíritu, de la actividad consciente de los individuos aislados o asociados. Pero las ideas, el espíritu, se realizan, pierden su arbitrariedad, no son ya ficticias abstracciones religiosas o sociológicas. La sustancia que cobran se encuentra en la economía, en la actividad práctica, en los sistemas y las relaciones de producción y de cambio. La historia como acaecimiento es pura actividad práctica (económica y moral). Una idea se realiza no en cuanto lógicamente coherente con la verdad pura, con la humanidad pura (la cual no existe sino como programa, como finalidad ética general de los hombres), sino en cuanto encuentra en la realidad económica justificación, instrumento para afirmarse. Para conocer con exactitud cuáles son los objetivos históricos de un país, de una sociedad, de un grupo, lo que importa ante todo es conocer cuáles son los sistemas y las relaciones de producción y cambio de aquel país, de aquella sociedad. Sin ese conocimiento es perfectamente posible redactar monografías parciales, disertaciones útiles para la historia de la cultura, y se captarán reflejos secundarios, consecuencias lejanas; pero no se hará historia, la actividad práctica no quedará explícita con toda su sólida compacidad.

Caen los ídolos de sus altares y las divinidades ven cómo se disipan las nubes de incienso oloroso. El hombre cobra conciencia de la realidad objetiva, se apodera del secreto que impulsa la sucesión real de los acaecimientos. El hombre se conoce a sí mismo, sabe cuánto puede valer su voluntad individual y cómo puede llegar a ser potente si, obedeciendo, disciplinándose a la necesidad, acaba por dominar la necesidad misma identificándola con sus fines. ¿Quién se conoce a sí mismo? No el hombre en general, sino el que sufre el yugo de la necesidad. La búsqueda de la sustancia histórica, el fijarla en el sistema y en las relaciones de producción y cambio, permite descubrir que la sociedad de los hombres está dividida en dos clases. La clase que posee el instrumento de producción se conoce ya necesariamente a sí misma, tiene conciencia, aunque sea confusa y fragmentaria, de su potencia y de su misión. Tiene fines individuales y los realiza a través de su organización, fríamente, objetivamente, sin preocuparse de si su camino está empedrado con cuerpos extenuados por el hambre o con los cadáveres de los campos de batalla.

La comprensión de la real causalidad histórica tiene valor de revelación para la otra clase, se convierte en principio de orden para el ilimitado rebaño sin pastor. La grey consigue conciencia de sí misma, de la tarea que tiene que realizar actualmente para que la otra clase se afirme, toma conciencia de que sus fines individuales quedarán en mera arbitrariedad, en pura palabra, en veleidad vacía y enfática mientras no disponga de los instrumentos, mientras la veleidad no se convierta en voluntad.

¿Voluntarismo? Esa palabra no significa nada, o se utiliza en el sentido de arbitrariedad. Desde el punto de vista marxista, voluntad significa conciencia de la finalidad, lo cual quiere decir, a su vez, noción exacta de la potencia que se tiene y de los medios para expresarla en la acción. Significa, por tanto, en primer lugar, distinción, identificación de la clase, vida política independiente de la de la otra clase, organización compacta y disciplinada a los fines específicos propios, sin desviaciones ni vacilaciones. Significa impulso rectilíneo hasta el objetivo máximo, sin excursiones por los verdes prados de la cordial fraternidad, enternecidos por las verdes hierbecillas y por las blandas declaraciones de estima y amor.

Pero la expresión "desde el punto de vista marxista" era superflua, y hasta puede producir equívocos e inundaciones fatuamente palabreras. Marxistas, desde un punto de vista marxista...: todas expresiones desgastadas como monedas que hubieran pasado por demasiadas manos.

Carlos Marx es para nosotros maestro de vida espiritual y moral, no pastor con báculo. Es estimulador de las perezas mentales, es el que despierta las buenas energías dormidas que hay que despertar para la buena batalla. Es un ejemplo de trabajo intenso y tenaz para conseguir la clara honradez de las ideas, la sólida cultura necesaria para no hablar vacuamente de abstracciones. Es bloque monolítico de humanidad que sabe y piensa, que no se contempla la lengua al hablar, ni se pone la mano en el corazón para sentir, sino que construye silogismos de hierro que aferran la realidad en su esencia y la dominan, que penetran en los cerebros, disuelven las sedimentaciones del prejuicio y la idea fija y robustecen el carácter moral.

Carlos Marx no es para nosotros ni el infante que gime en la cuna ni el barbudo terror de los sacristanes. No es ninguno de los episodios anecdóticos de su biografía, ningún gesto brillante o grosero de su exterior animalidad humana. Es un vasto y sereno cerebro que piensa, un momento singular de la laboriosa, secular, búsqueda que realiza la humanidad por conseguir conciencia de su ser y su cambio, para captar el ritmo misterioso de la historia y disipar su misterio, para ser más fuerte en el pensar y en el hacer. Es una parte necesaria e integrante de nuestro espíritu, que no sería lo que es si Marx no hubiera vivido, pensado, arrancado chispas de luz con el choque de sus pasiones y de sus ideas, de sus miserias y de sus ideales.

Glorificando a Carlos Marx en el centenario de su nacimiento, el proletariado internacional se glorifica a sí mismo, glorifica su fuerza consciente, el dinamismo de su agresividad conquistadora que va desquiciando el dominio del privilegio y se prepara para la lucha final que coronará todos los esfuerzos y todos los sacrificios.

Saúl Bellow: "Son más los que mueren de desamor" (fragmento)

"(...) Hacia el fin de la vida, uno tiene que cubrir una especie de programa de dolor, un programa largo como un documento oficial, solo que es tu programa de dolor. Categorías infinitas. Primero, causas físicas como la artritis, las piedras en la vesícula, los espasmos menstruales. En la siguiente categoría, el orgullo herido, la traición, la estafa, la injusticia. Pero los artículos más duros son los que se refieren al amor. La cuestión es entonces: ¿por qué persisten? Si el amor destroza y sus estragos se ven por todas partes, ¿por qué no se actúa con sensatez y se retira uno pronto?
- Por anhelos inmortales -dije-. O tal vez porque uno espera un golpe de suerte."

Jorge Abelardo Ramos: "Prólogo a la 'Vida del Chacho' de José Hernández"

Jorge Abelardo Ramos: "Prólogo a 'Vida del Chacho' de José Hernández" (Editorial Coyoacán, 1963)


En el mes de noviembre de 1863 aparecieron en el diario “El Argentino”, de Paraná, unos artículos firmados por José Hernández. Todo el país se había estremecido por el asesinato del general Peñaloza, y el joven periodista, afincado en la tierra entrerriana, transmitió la indignación general a la prosa ardiente de su “Vida del Chacho”.

En su alma nacía ya Martín Fierro, esa especie de arquetipo de todo el gauchaje ultimado por la misma burguesía comercial porteña que había degollado al general Peñaloza. En esas páginas vemos a un José Hernández poco conocido; es el “anti Facundo” por excelencia. Pero no es de lectura obligatoria en las escuelas, como el otro. Tal es la fuerza adquirida por la tradición letal de la cultura oligárquica. Ese solo hecho demuestra que la reorganización de la enseñanza en el país habrá de hacerse de arriba abajo, en los tres ciclos y rehaciendo la ideología de todo el profesorado. Pero esta no será la tarea de un ministro, sino de algo más profundo. Para lograr que las nuevas generaciones adquieran una versión veraz de la historia nacional, será preciso modificar las bases mismas de la sociedad argentina. Algo de eso vio el cantor inmortal cuando habló de que en esta tierra nunca se acaba el embrollo; y que sería preciso esperar a “que un criollo viniera a esta tierra a mandar”. Según se vio más tarde, con un criollo solo no bastaba: pues uno solo puede morir o envejecer, o ablandarse, o defeccionar, que a fin de cuentas es lo mismo. Hacían falta muchos criollos, y que todos ellos “mandasen”, o, dicho en palabras más puebleras, que ordenasen por sí mismos colectivamente su destino. No otro es el fin supremo de la política, y Hernández era un político revolucionario. Cuando los mitristas le quitaron la espada de la mano, empuñó la pluma y cantó para los siglos. La vida y la muerte del Chacho se insertó en su espíritu como un episodio típico de la gesta. La importancia de su “Vida del Chacho”, desde el punto de vista histórico, es en cierto modo similar a la del “Martín Fierro”. Pues, como en el poema genial, Hernández expone aquí, en una prosa sencilla, el itinerario vital de un soldado de nuestras guerras civiles, dotado de una grandeza sin énfasis. Y revela por qué Hernández tanto como Peñaloza eran hostiles a Rosas, al mismo tiempo que a Mitre y a los unitarios.

¿Cómo se explica esto? Es del más alto interés político e histórico esclarecerlo. El autor y su héroe eran federales, pero federales nacionales. Esta distinción es fundamental y la subrayan las crónicas de provincias y algunos libros perdidos del pasado. Pero no ha tenido los honores de ser incluida en los libros que habitualmente circularon desde Buenos Aires, secular usina de prestigio, que tiñe a las ideas políticas de su propio color, aunque nunca es natural sino de tintorería. Pues, en efecto, si había un solo unitarismo, había en cambio dos federalismos. El nacionalismo rosista ha prescindido de este análisis, que debe fundarse no sólo en las distintas ideas políticas del partido unitario y del partido de Rosas, sino en la situación de las clases sociales que los sostenían. Como los nacionalistas aborrecen la idea misma de las “clases”, que consideran una invención infernal del marxismo, se ven obligados a participar con la escuela liberal de la concepción idealista de la historia que sólo ve en la gran pantalla las “sombras” ideológicas desprendidas de los cuerpos reales que las originan.

El partido federal bonaerense de Rosas difería del partido unitario porteño en un “criollismo” fundado en la estructura agraria de la provincia. Eran productores directos y abastecedores del mercado exterior, y si eran “socios” de sus compradores extranjeros, no eran sus lacayos. Su base de poder estaba en los campos y las haciendas, en los saladeros y hasta en las flotillas de transporte. El partido unitario porteño en cambio, era un órgano de la ciudad-puerto. Tendencia de los tenderos, los doctores y los importadores, el célebre partido de las “luces” retrataba en sus ínfulas y su política los intereses de la burguesía compradora y de todos los sectores intermediarios con el capital europeo. Para un hacendado, pactar con las escuadras francesas era un baldón; para los unitarios, un honor. Pero tanto la Provincia como la Ciudad estaban unidas en esa superior unidad geoeconómica que la Corona española llamó la “Provincia Metrópoli”, donde se concentraba todo el poderío rentístico del Virreynato, que la Revolución de Mayo no alteró.
La provincia bonaerense vendía sus frutos a través del puerto de la ciudad y percibía los beneficios de su producción en la ciudad misma, donde los estancieros, generalmente, tenían su hogar. Tanto los hacendados como los comerciantes usufructuaban en común la ventaja exclusiva del puerto único, que alimentaba la Aduana y ésta el Crédito Público, según lo enseñó Alberdi. Este grupo de intereses se enfrentaba a las provincias, que no podían comerciar con el extranjero sino por medio de Buenos Aires; y Buenos Aires se embolsaba todas las ganancias derivadas del trabajo del conjunto del país. Alberdi planteó incisivamente en esos términos el dilema entre Buenos Aires y las provincias.

Cuando Rivadavia quiso “unificar el país a palos”, llevado por la ceguera de quien había vivido en Londres pero jamás había pisado La Rioja, todo el país se levantó contra él; y los hacendados bonaerenses advirtieron que era mucho mejor dejar el país desorganizado que provocar una guerra de unidad nacional encabezada por las montoneras provincianas, capaces de conquistar Buenos Aires y nacionalizar la Aduana. Entonces se hicieron “federales”, transformando esa palabra en sinónimo de localismo. Pero este federalismo, que convenía a Buenos Aires tan sólo y le permitía disfrutar a solas la suculenta Aduana nacional, llevaba la postración a las provincias, que sólo podían progresar mediante los recursos aduaneros distribuidos igualitariamente y empleados para industrializarlas.
De ahí que hubo un partido “federal” en el Buenos Aires de Rosas, cuya política consistía tan sólo en dejar en paz a las provincias, para que se comieran su propia pobreza, y un partido unitario porteño, obstinado en “organizar” el país en beneficio del capital extranjero, ávido del mercado interior. A su vez, las provincias se llamaron federales, pero no por separatistas, que maldito si les convenía, sino para enfrentar a las fuerzas unitarias porteñas, siempre dispuestas a imponer su orden en las provincias a sangre y fuego. Las provincias federales toleraron a Rosas mientras no tuvieron más remedio que defenderse de las continuas tentativas intervencionistas. Pero recibieron con alegría su caída cuando el entrerriano Urquiza se levantó contra el Restaurador en 1851. Creyeron que al fin podría “organizarse el país”, esto es, que la hora de las privaciones había terminado. Ese fue el sentido nacional de la empresa que Urquiza abandonó luego y cuya traición le costó la vida a mano de sus propios adictos. Por eso apoyaron a Urquiza al principio desde los guerreros de la Independencia hasta José Hernández y Juan Bautista Alberdi, caudillos como Peñaloza e intelectuales como Gutiérrez.
Eso explica que el general Ángel Vicente Peñaloza, el célebre Chacho, haya sido capitán de Juan Facundo Quiroga y aliado de Brizuela contra Rosas, que haya acompañado a Urquiza y se levantara contra Mitre. Por la misma razón Hernández increpa a Sarmiento y al partido unitario y se llama federal, al mismo tiempo que condena el gobierno de Rosas.
Hernández y todo el partido federal de provincias se comprenden tan sólo si se los juzga, en el lenguaje contemporáneo, como expresiones del nacionalismo democrático, que es la verdadera tradición histórica de las fuerzas populares argentinas.

Gramsci: "Jefe"

(Artículo de Antonio Gramsci. Publicado en el diario "L'Ordine Nuovo" el 1º de marzo de 1924, Lenin murió el 21 de enero de 1924)

Todo Estado es una dictadura. Ningún Estado puede carecer de un Gobierno constituido por un reducido número de hombres que se organizan a su vez alrededor de uno dotado de más capacidad y de mayor clarividencia. 

Mientras haga falta el Estado, mientras sea históricamente necesario gobernar a los hombres, cualquiera que sea la clase dominante, se planteará el problema de tener jefes, de tener un "jefe". El que algunos socialistas que siguen llamándose marxistas y revolucionarios digan que quieren la dictadura del proletariado, pero no la dictadura de los "jefes", la individualización, la personalización del mando; que digan, esto es, que quieren la dictadura, pero no en la única forma en que es históricamente posible, basta para revelar toda una orientación política, toda una preparación teórica "revolucionaria".

En la cuestión de la dictadura proletaria el problema esencial no es el de la personalización física de la función de mando. El problema esencial consiste en la naturaleza de las relaciones que los jefes o el jefe tengan con el partido de la clase obrera, y de las relaciones que existan entre ese partido y la clase obrera. ¿Son relaciones puramente jerárquicas, de tipo militar, o lo son de carácter histórico y orgánico? El jefe, el partido, ¿son elementos de la clase obrera, son una parte de la clase obrera, representan sus intereses y sus aspiraciones más profundas y vitales, o son una excrecencia de ella, una simple sobreexposición violenta? ¿Cómo se ha formado ese partido, cómo se ha desarrollado, mediante qué proceso se ha producido la selección de los hombres que lo dirigen? ¿Por qué se ha convertido en partido de la clase obrera? ¿Ha ocurrido eso por casualidad? El problema lo es, pues, de todo el desarrollo histórico de la clase obrera, que se constituye lentamente en la lucha contra la burguesía, registra alguna victoria y sufre muchas derrotas; y no sólo de la clase obrera de un solo país, sino de toda la clase obrera mundial, con sus diferenciaciones superficiales y, sin embargo, tan importantes en cada momento aislado, y con su sustancial unidad y homogeneidad.

El problema se convierte en el de la vitalidad del marxismo, de su ser o no ser la interpretación más segura y profunda de la naturaleza y de la historia, de la posibilidad de que dé a la intuición genial del hombre político un método infalible, un instrumento de precisión extrema para explorar el futuro, para prever los acontecimientos de masa, para dirigirlos y hacerse dueño de ellos.

El proletariado internacional ha tenido y sigue teniendo un ejemplo vivo de partido revolucionario que ejerce la dictadura de clase; ha tenido y desgraciadamente no tiene ya el ejemplo vivo más característico y expresivo de lo que es un jefe revolucionario: el camarada Lenin.

El camarada Lenin ha sido el iniciador de un nuevo proceso de desarrollo de la historia, pero lo ha sido porque él mismo era el exponente y el último momento más individualizado de todo un proceso de desarrollo de la historia pasada, no sólo de Rusia, sino del mundo entero. ¿Era por casualidad jefe del partido bolchevique? Y el partido bolchevique, ¿era por casualidad el partido dirigente del proletariado ruso y, por tanto, de la nación rusa? La selección duró treinta años, fue laboriosísima y tomó a menudo las formas aparentemente más extrañas y absurdas. Se produjo en el campo internacional, en contacto con las civilizaciones capitalistas más adelantadas de la Europa central y occidental [56], en la lucha de los partidos y de las fracciones que constituían la Segunda Internacional antes de la guerra. Continuó luego en el seno de la minoría del socialismo internacional que quedó, al menos parcialmente, inmune del contagio socialpatriótico. Y luego en Rusia, en la lucha por conseguir la mayoría del proletariado, en la lucha por comprender e interpretar las necesidades y las aspiraciones de una clase campesina innumerable, dispersa por un territorio inmenso. Y aún sigue hoy, porque cada día hay que comprender, prever, proveer. Esa selección ha sido una lucha de fracciones, de pequeños grupos; ha sido lucha individual, ha significado escisiones y unificaciones, detenciones, exilios, prisión, atentados; ha sido resistencia al desánimo y al orgullo, ha significado sufrir hambre teniendo a disposición millones en oro, ha querido decir conservar el espíritu de un sencillo obrero en el tren del zar, no desesperar nunca aunque todo pareciera perdido, sino volver a empezar con paciencia, con tenacidad, conservando la sangre fría y la sonrisa en los labios cuando los demás perdían la cabeza. El Partido Comunista ruso, con su jefe Lenin, se había ligado de tal modo a todo el desarrollo del proletariado ruso, a todo el desarrollo, por tanto, de la entera nación rusa, que no es siquiera posible imaginarios separados, ni al proletariado como clase dominante sin que el Partido Comunista sea el partido de Gobierno, y, por tanto, sin que el Comité Central del partido sea el inspirador de la política del Gobierno y sin que Lenin fuera el jefe del Estado. La actitud misma de la gran mayoría de los burgueses rusos --que decían: sería también nuestro ideal una república con Lenin en cabeza, pero sin el Partido Comunista-- tenía una gran significación histórica. Era la prueba de que el proletariado no ejercía ya sólo el dominio físico, sino que dominaba también espiritualmente. En el fondo y confusamente, hasta el burgués ruso comprendía que Lenin no habría podido llegar a la jefatura del Estado ni mantenerse en ella sin el dominio del proletariado, sin que el Partido Comunista fuera el partido de Gobierno: su conciencia de clase le impedía reconocer, además de su derrota física directa, su derrota ideológica e histórica; pero ya dudaba, y su duda se expresaba en aquella frase.
56 El subrayado tiene una intención polémica contra una tesis de la fracción izquierdista del P.C.d'I. que atribuía los métodos del partido ruso al atraso de la situación social rusa.

Se presenta también otra cuestión. ¿Es posible hoy, en el período de la revolución mundial, que existan "jefes" fuera de la clase obrera, que existan jefes no-marxistas, que no estén ligados estrechamente a la clase que encarna el desarrollo progresivo de todo el género humano? En Italia conocemos el régimen fascista, y en cabeza del fascismo está Benito Mussolini, y hay una ideología oficial en la cual se definía al "jefe", declarándolo infalible, preconizándolo como organizador e inspirador de un renacido Sacro Imperio Romano. Vemos impresos diariamente en los periódicos decenas y centenares de telegramas de homenaje de las vastas tribus locales al "jefe". Vemos sus fotografías: la máscara endurecida de un rostro que conocimos en las concentraciones socialistas. Conocemos ese rostro. Conocemos el movimiento de esos ojos en las órbitas, que en el pasado se proponían aterrar a la burguesía con su mecánica ferocidad, y hoy aterrar al proletariado. Conocemos ese puño siempre cerrado en amenaza. Conocemos todo ese mecanismo, todo ese arsenal, y comprendemos que pueda impresionar y agitar las vísceras de la juventud en las escuelas burguesas; es de verdad impresionante, incluso visto de cerca, y asombra. Pero ¿"jefe"? Hemos visto la semana roja de junio de 1914. Más de tres millones de trabajadores se lanzaron a la calle por el llamamiento de Benito Mussolini, que desde hacía un año, desde la hecatombe de Roccagorga, los habían preparado para aquella gran jornada con todos los medios periodísticos y tribunalicios que estaban entonces a disposición del "jefe" del Partido Socialista, de Benito Mussolini: desde los dibujos de Scalarini hasta el gran proceso de Milán. Tres millones de trabajadores salieron a la calle; y faltó el "jefe", que era Benito Mussolini. Faltó como "jefe", no como individuo, porque dicen que como individuo era valiente, y que en Milán desafió el cordón y los fusiles de los guardias. Faltó como "jefe" porque no lo era, porque, según confesión propia, en la dirección del Partido Socialista no conseguía dominar las miserables intrigas de Arturo Vella o de Angelica Balabanof.

Ya entonces era, como lo es hoy, el tipo concentrado del pequeño-burgués italiano, rabiosa, feroz mezcla de todos los detritus dejados en el suelo nacional por los varios siglos de dominio de los extranjeros y del clero: no podía ser el jefe del proletariado; se convirtió en dictador de la burguesía, que ama los rostros feroces cuando vuelve a hacerse borbónica, que espera ver en la clase obrera el mismo terror que ella sentía por el giro de aquellos ojos y por aquel puño amenazador.

La dictadura del proletariado es expansiva, no represiva. Se produce un continuo movimiento de arriba abajo, un recambio continuo a través de todas las capilaridades sociales, una continua circulación de hombres. El jefe que hoy lloramos encontró una sociedad en descomposición, un polvo de hombres sin orden ni disciplina, porque en cinco años de guerra se había agotado la producción fuente de toda vida social. Todo se ha reordenado y reconstruido, desde la fábrica hasta el gobierno, con los medios, bajo la dirección y el control del proletariado, o sea, de una clase nueva en el gobierno y en la historia.

Benito Mussolini ha conquistado el gobierno y lo mantiene con la represión más violenta y arbitraria. No ha tenido que organizar una clase, sino sólo el personal de una administración. Ha desmontado algún mecanismo del Estado, más para ver cómo era y hacer prácticas del oficio que por una necesidad originaria. Su doctrina está enteramente contenida en la máscara física, en el rodar de los ojos en las órbitas, en el puño siempre dispuesto a la amenaza...

Estos espectáculos no son nuevos para Roma. Roma ha visto a Rómulo, ha visto a César Augusto y ha visto, en su ocaso, a Rómulo Augusto.