viernes, 12 de diciembre de 2025

Trump y su imperio de arrogancia y brutalidad

Por Jeffrey D. Sachs* – Common Dreams*

El último memorándum del presidente sobre la Estrategia de Seguridad Nacional trata la libertad de coaccionar a otros como la esencia de la soberanía estadounidense. Se trata de un documento ominoso que, de mantenerse, volverá para atormentar a Estados Unidos.

La Estrategia de Seguridad Nacional (National Security Strategy, NSS) para 2025 recientemente publicada por el presidente Donald Trump se presenta como un plan para renovar la fuerza estadounidense. Está peligrosamente mal concebido de cuatro maneras.

Primero, la NSS se ancla en la grandiosidad: la creencia de que Estados Unidos disfruta de una supremacía sin igual en todas las dimensiones clave del poder. En segundo lugar, se basa en una visión del mundo claramente maquiavélica, que trata a otras naciones como instrumentos que pueden manipularse en beneficio de Estados Unidos. Tercero, descansa en un nacionalismo ingenuo que considera las instituciones y el derecho internacional como obstáculos para la soberanía estadounidense, en vez de infraestructuras que incrementan la seguridad de Estados Unidos y del mundo en su conjunto.

En cuarto lugar, demuestra la brutalidad con la que Trump utiliza a la CIA y al ejército. A los pocos días de la publicación de la NSS, Estados Unidos incautó descaradamente un barco que transportaba petróleo venezolano en alta mar, aduciendo que el buque había violado anteriormente sanciones estadounidenses contra Irán.

La incautación no fue una medida defensiva para evitar una amenaza inminente. Tampoco es ni remotamente legal incautar petroleros en alta mar debido a sanciones unilaterales de Estados Unidos. Solo el Consejo de Seguridad de la ONU tiene esa autoridad. Por el contrario, la incautación es un acto ilegal destinado a forzar un cambio de régimen en Venezuela. Se produce tras la declaración de Trump de que ha ordenado a la CIA llevar a cabo operaciones encubiertas dentro de Venezuela para desestabilizar el régimen.

La seguridad estadounidense no se reforzará con el matonaje. Se debilitará, tanto estructural como moral y estratégicamente. Una gran potencia que asusta a sus aliados, coacciona a sus vecinos y desprecia las normas internacionales acaba aislándose a sí misma.

En otras palabras, la NSS no es solo un ejercicio de arrogancia sobre el papel. Se está traduciendo rápidamente en una práctica descarada.

Un destello de realismo, luego una estacada de arrogancia

Para ser justos, la NSS contiene momentos de realismo con un largo retraso. Reconoce implícitamente que Estados Unidos no puede ni debe intentar dominar el mundo entero, y admite acertadamente que algunos aliados han elegido arrastrar a Washington a guerras costosas en desmedro de los verdaderos intereses de Estados Unidos. También da un paso atrás, al menos retóricamente, respecto a una cruzada de gran potencia que lo consume todo. La estrategia rechaza la fantasía de que Estados Unidos puede o debe imponer un orden político universal.

Pero la modestia dura poco. La NSS reafirma rápidamente que Estados Unidos posee «la economía más grande e innovadora del mundo», «el sistema financiero líder en el mundo» y «el sector tecnológico más avanzado y rentable del mundo», todo ello respaldado por «el ejército más poderoso y capaz del mundo». Estas declaraciones no sólo sirven como afirmaciones patrióticas, sino como justificación para el uso del predominio estadounidense para imponer condiciones a otros. Parece que los países más pequeños serán los más afectados por esta arrogancia, ya que Estados Unidos no puede derrotar a las otras grandes potencias, entre otras cosas porque estas poseen armas nucleares.

Doctrina de maquiavelismo al desnudo

La grandilocuencia de la NSS está ligada a un maquiavelismo descarado. La pregunta que plantea no es cómo pueden cooperar Estados Unidos y otros países en beneficio mutuo, sino cómo se puede aplicar la influencia estadounidense —sobre los mercados, las finanzas, la tecnología y la seguridad— para obtener las máximas concesiones de otros países.

Esto es más notorio en la discusión de la NSS dedicada al Hemisferio Occidental, donde declara que la Doctrina Monroe es un «Corolario de Trump». La NSS declara que Estados Unidos asegurará que América Latina «permanezca libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave», y que las alianzas y la ayuda estarán condicionadas a «reducir la influencia adversaria externa». Esa «influencia» se refiere claramente a la inversión, la infraestructura y los préstamos chinos.

La NSS es explícita: los acuerdos de Estados Unidos con los países «que más dependen de nosotros y sobre los que, por lo tanto, tenemos mayor influencia» deben dar lugar a contratos de proveedor único para las empresas estadounidenses. La política de Estados Unidos debe «hacer todo lo posible por expulsar a las empresas extranjeras» que construyen infraestructuras en la región, y Estados Unidos debe reformar las instituciones multilaterales de desarrollo, como el Banco Mundial, para que «sirvan a los intereses estadounidenses».

A los gobiernos latinoamericanos, muchos de los cuales mantienen un intenso comercio tanto con Estados Unidos como con China, efectivamente se les está diciendo: deben negociar con nosotros, no con China, o enfrentarán las consecuencias.

Esa estrategia es estratégicamente ingenua. China es el principal socio comercial de la mayor parte del mundo, incluidos muchos países del hemisferio occidental. Estados Unidos no podrá obligar a los países latinoamericanos a expulsar a las empresas chinas, pero dañará gravemente la diplomacia estadounidense en el intento.

Una violencia tan descarada que incluso los aliados cercanos están alarmados

La NSS proclama una doctrina de «soberanía y respeto», pero su comportamiento ya ha reducido ese principio a soberanía para Estados Unidos y vulnerabilidad para el resto. Lo que hace que la doctrina emergente sea aún más extraordinaria es que ahora está asustando no solo a los pequeños Estados de América Latina, sino incluso a los aliados más cercanos de Estados Unidos en Europa.

En un acontecimiento notable, Dinamarca, uno de los socios más leales de Estados Unidos en la OTAN, ha declarado abiertamente que Estados Unidos es una amenaza potencial para la seguridad nacional danesa. Los responsables de la planificación de la defensa danesa han declarado públicamente que no se puede dar por sentado que el Gobierno de Trump respete la soberanía del Reino de Dinamarca sobre Groenlandia, y que Dinamarca debe prepararse para la eventualidad de que Estados Unidos intente apoderarse de la isla por la fuerza.

Esto sorprende en varios niveles. Groenlandia ya alberga la base aérea estadounidense de Thule y forma parte integrante del sistema de seguridad occidental. Dinamarca no es antiamericana, ni pretende provocar a Washington. Simplemente está respondiendo de manera racional a un mundo en el que Estados Unidos ha comenzado a comportarse de manera impredecible, incluso con sus supuestos amigos.

El hecho de que Copenhague se vea obligada a contemplar medidas defensivas contra Washington lo dice todo. Sugiere que la legitimidad de la arquitectura de seguridad liderada por Estados Unidos se está erosionando desde dentro. Si incluso Dinamarca cree que debe protegerse contra Estados Unidos, el problema ya no es la vulnerabilidad de América Latina. Se trata de una crisis sistémica de confianza entre naciones que antes veían a Estados Unidos como el garante de la estabilidad, pero que ahora lo consideran un posible o probable agresor.

En resumen, la NSS parece canalizar la energía que antes se dedicaba a la confrontación entre grandes potencias hacia la intimidación de los Estados más pequeños. Si bien Estados Unidos parece estar un poco menos inclinado a lanzar guerras de billones de dólares en el extranjero, se muestra más propenso a utilizar como armas las sanciones, la coacción financiera, la incautación de activos y el robo en alta mar.

El pilar que falta: ley, reciprocidad y decencia

Quizás el defecto más grave de la NSS sea lo que omite: un compromiso con el derecho internacional, la reciprocidad y decencia básicas como fundamentos de la seguridad estadounidense.

La NSS considera que las estructuras de gobernanza global son un obstáculo para la acción de Estados Unidos. Desprecia la cooperación climática como «ideología» y, de hecho, como un «engaño», según el reciente discurso de Trump en la ONU. Minimiza la importancia de la Carta de las Naciones Unidas y concibe las instituciones internacionales principalmente como instrumentos que deben adaptarse a las preferencias estadounidenses. Sin embargo, son precisamente los marcos legales, los tratados y las normas predecibles los que han protegido históricamente los intereses estadounidenses.

Los fundadores de los Estados Unidos lo entendieron claramente. Tras la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, los trece nuevos estados soberanos adoptaron rápidamente una constitución para poner en común poderes clave —sobre impuestos, defensa y diplomacia— no para debilitar la soberanía de los estados, sino para garantizarla mediante la creación del Gobierno Federal de los Estados Unidos. La política exterior del Gobierno de los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial hizo lo mismo a través de la ONU, las instituciones de Bretton Woods, la Organización Mundial del Comercio y los acuerdos de control de armas.

La NSS de Trump ahora invierte esa lógica. Considera que la libertad de coaccionar a otros es la esencia de la soberanía. Desde esa perspectiva, la incautación del petrolero venezolano y las inquietudes de Dinamarca son manifestaciones de la nueva política.

Atenas, Melos y Washington

Tal arrogancia volverá para atormentar a Estados Unidos. El historiador griego Tucídides relata que cuando la Atenas imperial se enfrentó a la pequeña isla de Melos en el año 416 a. C., los atenienses declararon que «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Sin embargo, la arrogancia de Atenas también fue su perdición. Doce años más tarde, en el año 404 a. C., Atenas cayó ante Esparta. La arrogancia, la ambición desmesurada y el desprecio de Atenas hacia los estados más pequeños contribuyeron a galvanizar la alianza que finalmente la derrocó.

La NSS de 2025 habla en un tono similarmente arrogante. Es una doctrina de poder por encima de la ley, de coacción por encima del consentimiento y de dominio por encima de la diplomacia. La seguridad estadounidense no se reforzará con el matonaje. Se debilitará, tanto estructural como moral y estratégicamente. Una gran potencia que asusta a sus aliados, coacciona a sus vecinos y hace caso omiso de las normas internacionales acaba aislándose a sí misma.

La estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos debería basarse en premisas totalmente diferentes: la aceptación de un mundo plural; el reconocimiento de que la soberanía se fortalece, y no se debilita, a través del derecho internacional; el reconocimiento de que la cooperación mundial en materia de clima, salud y tecnología es indispensable; y la comprensión de que la influencia mundial de Estados Unidos depende más de la persuasión que de la coacción.

*Jeffrey D. Sachs: Economista de renombre mundial, es un referente en el campo del desarrollo sostenible. Director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia, también preside la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. Es autor de numerosos libros, entre ellos los éxitos de ventas El fin de la pobreza y El precio de la civilización.  

*Originalmente publicado en inglés.

Leer también: https://www.diario-red.com/opinion/william-serafino/donald-trump-quita-mascara-caribe/20251211190955060008.html

 

El humo de Gaza nubla las llamas de Cisjordania: el proyecto colonial se hace permanente

 Análisis – Rebelión*

Mientras los ojos internacionales siguen puestos en Gaza, Tel Aviv está ejecutando su campaña más agresiva de limpieza étnica y robo de tierras en la Cisjordania ocupada desde 1948.

En la mañana del 7 de octubre de 2023, mientras el mundo se preparaba para las consecuencias de la Operación Inundación de Al-Aqsa, otro frente de guerra se abrió silenciosamente. No con ataques aéreos ni artillería, sino con excavadoras, leyes y milicias de colonos. 

Mientras las bombas pulverizaban Gaza, la Cisjordania ocupada se encendió en un fuegodiferente: uno de expulsión sistemática, desposesión violenta y anexión legal.

El estado colono avanza 

Esta guerra no aparece en los titulares ni es tendencia en las redes sociales, a menos que uno siga estos acontecimientos. Pero sus consecuencias podrían ser aún más duraderas. Con el pretexto de la devastación de Gaza, Israel ha acelerado una campaña largamente planificada para desmembrar por la fuerza la Cisjordania ocupada, destruir la vida agrícola palestina y borrar cualquier perspectiva de un Estado palestino soberano. 

Sus instrumentos son a la vez brutales y burocráticos, e incluyen colonos armados, robo de agua, saqueo arqueológico, estrangulamiento económico y la neutralización política de lo que queda de la Autoridad Palestina (AP).

La violencia de los colonos se convierte en doctrina de Estado

Los ataques de colonos contra palestinos ya no son aleatorios ni descontrolados. Antiguamente, eran atribuidos a facciones marginales como la «Juventud de la Cima», esta violencia se ha transformado, desde el 7 de octubre, en una extensión paramilitar semioficial del Estado israelí. Turbas armadas de colonos operan ahora en plena coordinación con el ejército de ocupación, como ejecutores de una política de desplazamiento forzado.

En las zonas B y C de Cisjordania ocupada, los agricultores y aldeanos palestinos han sido perseguidos por estas milicias que irrumpen en las casas, destruyen paneles solares, envenenan los tanques de agua y queman los cultivos, no sólo para intimidar, sino para herir, matar y expulsar a la gente de sus tierras.

Estos ataques reflejan un cambio estratégico. Según la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), solo en octubre se registraron más de 260 ataques de colonos, la cifra más alta desde 2006. Estos ataques, con un promedio de ocho al día, son sistemáticos y se dirigen de forma desproporcionada a agricultores durante la temporada de cosecha y a comunidades de pastores en zonas remotas.

Sin embargo, la verdadera arma es la impunidad. Los colonos ahora actúan con plena confianza en que el Estado los protegerá, no los procesará. En un caso, incendiaron una mezquita en Deir Istiya y pintaron sus paredes con un mensaje desafiante: «No tememos a Avi Bluth», en referencia al jefe del Comando Central del ejército israelí. Respaldados por ministros extremistas como Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir, se sienten —y actúan— como los verdaderos soberanos del territorio.

El grupo israelí de derechos humanos Yesh Din informa que, incluso antes de la guerra, el 94 % de los casos de violencia de colonos terminaban sin acusación. Desde el inicio de la guerra, incluso la apariencia de un proceso legal se ha evaporado.

Criminalización de los olivos 

En la Cisjordania ocupada, la guerra de Israel se extiende literalmente a las raíces. El olivo, elemento vital de la sociedad y la economía rurales palestinas, es ahora un objetivo prioritario. Tel Aviv ha instrumentalizado el control de recursos y las leyes ambientales para desmantelar la agricultura palestina y despojar a la gente de sus tierras.

Según Amnistía Internacional, los agricultores palestinos están sometidos a un régimen de dominación que restringe severamente el acceso a recursos vitales. Israel controla el 85% del agua de la Cisjordania ocupada y prohíbe la excavación de pozos, lo que obliga a muchos a depender de la agricultura tradicional de secano, una práctica que se ha vuelto inestable debido al cambio climático y al robo de aguas subterráneas en beneficio de las exuberantes colonias de colonos cercanas.

Esta guerra contra la agricultura también se libra mediante legalidades kafkianas. Israel ha criminalizado la cosecha de plantas nativas palestinas como el tomillo, el akkoub y la salvia, alegando leyes de «protección de la naturaleza». Mientras las excavadoras arrasan miles de dunams de flora silvestre para expandir los asentamientos, los palestinos que recolectan akkoub para una comida familiar son multados y encarcelados. Los expertos argumentan que esto forma parte de una campaña más amplia para separar a los palestinos de sus tierras, incluso controlando su alimentación y su modo de vida.

Mientras tanto, los colonos lanzan ataques directos contra los cultivos, bloquean el acceso de los agricultores palestinos a cientos de hectáreas de olivares y paralizan la economía local. Cuando los palestinos se resisten, se les acusa de terrorismo. El objetivo es hacer que la permanencia en la tierra sea demasiado peligrosa, demasiado cara y, en última instancia, imposible.

¿Anexión ‘sigilosa’ o abierta?

Junto a la violencia, Israel impulsa una campaña más discreta, quizás más peligrosa: la absorción legal de la Cisjordania ocupada por el Estado colono. Esta anexión progresiva no se basa en declaraciones ni ceremonias. Opera mediante leyes de zonificación, gobernanza civil y arqueología estratégica.

Una de las manifestaciones más alarmantes de este cambio es la instrumentalización de la arqueología. El gobierno israelí pretende someter la Cisjordania ocupada a la autoridad de su «Autoridad de Antigüedades de Israel», despojando de jurisdicción a la administración militar y entregándosela a un organismo civil: una anexión de facto. 

Con el pretexto de preservar el “patrimonio bíblico”, se declaran vastas áreas “sitios arqueológicos” o “parques nacionales”, creando una narrativa exclusivamente judía que automáticamente prohíbe a los palestinos construir o cultivar en esas tierras.

Esta invención histórica borra el pasado multidimensional de la región en favor de un mito judío singular diseñado para justificar la colonización.

Al sustituir el régimen militar por la ley civil, Israel reclasifica la Cisjordania ocupada no como territorio ocupado, sino como una extensión soberana. La frontera entre Tel Aviv y Tulkarem se difumina, y el apartheid se formaliza.

Desmantelando el centro político

Mientras las excavadoras arrasan los campos y las leyes asfixian las aldeas, Tel Aviv también está reestructurando la vida política palestina. El objetivo no es desmantelar por completo la  Autoridad Palestina colaboracionista —que aún cumple una función administrativa y  de seguridad en la Zona A—, sino reducirla a un subcontratista municipal neutralizado.

Israel está ignorando por completo a la Autoridad Palestina, estableciendo relaciones directas con líderes tribales, consejos de aldea y figuras influyentes locales. Esta es una política colonial clásica de dividir la política indígena, promover a los colaboradores locales y eliminar la posibilidad de un liderazgo nacional unificado. 

Esto tiene como objetivo fracturar la cohesión palestina y transformar la causa, desde una lucha de liberación nacional hasta casos humanitarios aislados: aldeas como Hebrón, Nablus y Jenin presentadas como comunidades desconectadas que necesitan caridad. 

Paralelamente, Tel Aviv asfixia financieramente a la Autoridad Palestina al desviar sus ingresos fiscales, tal como lo permiten los Acuerdos de Oslo. A medida que la Autoridad se desmorona y se vuelve disfuncional, el caos resultante se utiliza para justificar un mayor control israelí. 

La nueva Nakba

La suma de estos factores —milicias de colonos, agricultura devastada, apropiaciones ilegales de tierras y fragmentación política— es una campaña de desplazamiento forzoso sin tanques. En resumen, una Nakba (catástrofe) silenciosa. 

Un informe de B’Tselem confirma que la violencia de los colonos ha desplazado a 44 comunidades de pastores palestinos desde el inicio de la guerra. Como explica Yair Dvir, miembro de B’Tselem: «Al observar lo que está sucediendo, se ve que hay todo un sistema en marcha. No se trata solo de colonos rebeldes. Cuentan con el apoyo del establishment israelí. El objetivo es claro: el desplazamiento forzado de palestinos».

Mientras la destrucción de Gaza acapara las cámaras, la Cisjordania ocupada se vacía metódicamente a causa del miedo, la pobreza y la sed. El objetivo estratégico de Israel es eliminar el sistema de dos Estados y consagrar la realidad de un solo Estado donde se reserven plenos derechos para los judíos, mientras que los palestinos son confinados en enclaves aislados, despojados de su soberanía y, finalmente, empujados hacia la orilla este del río Jordán.

Hablar del «día de después» en Gaza sin tener en cuenta lo que se está cimentando en las colinas de la Cisjordania ocupada es pasar por alto la esencia del proyecto. Puede que los aviones de guerra se callen, pero la maquinaria de la colonización —las vallas, los permisos, las leyes, las carreteras y las armas— sigue adelante. Es aquí, en el silencio, donde se completa la eliminación. Un futuro donde se niega el retorno, se proscribe la justicia y la historia se repavimenta con hormigón y mitos.

*Originalmente publicado en The Cradle, traducido del inglés por Marwan Pérez.